LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO


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RECONSIDERANDO EL PROGRESO

«A primera vista, nada resulta más difícil de creer que el hecho de que los órganos e instintos más complejos se fuesen perfeccionado a sí mismos, por medios no superiores sino análogos a la razón humana.»

Ch. Darwin112.


El capitalismo preindustrial cultivaba ya el factor riesgo y metas de eficiencia, aunque no encontró modos seguros de multiplicar el beneficio hasta que sus tradiciones se vieron superadas sistemáticamente por innovaciones, merced a inventores-fabricantes guiados por el principio llamado más tarde destrucción creativa. Ese tipo de destrucción es el que pone en práctica la vida, y empezar a imitar sus procesos con ingenios mecánicos sutiles cambió la faz del mundo, haciendo que la intemperie retrocediese en medida antes inimaginable. Por lo demás, el capitalismo industrial imitó también su exigencia competitiva, cosa estimulante solo para algunos, y al establecerse puso de relieve que era una proeza humana poco obediente al humano designio, donde imponer pautas equivale normalmente a despilfarrar, y a menudo empeora el estado de cosas.

Destinado por eso a vencer sin convencer, dejando atrás bastiones del orden vencido, el capitalismo industrial añadió al círculo ideológico clásico —el conservador, el liberal y el enemigo del comercio— un socialista obligado a replantear el debate, cuya condición de «criatura culturalmente proteica» (Schumpeter) parte de no poder ni aceptar ni rechazar en bloque la modernidad. Debe apoyar la evolución económica en ciertos sentidos y rectificarla en otros, cuando solo el futuro sabe qué dirección tomará el mundo, y esforzarse por discernir entre lo inevitable y lo superable lo convierte en conciencia de la nueva civilización113. Lo «proteico» de esa criatura se manifiesta en un terceto de exponentes precoces, que incluyen a Tom Paine (1737-1809), el Homero del panfleto político, al marqués de Condorcet (1743-1794) y a William Godwin (1756-1836), padre del anarquismo, hombres perfectamente dispares cuyo único punto común es saludar la caída del Viejo Régimen. Los dos primeros padecerán como cruz personal, físicamente, el sino capitalista de vencer sin convencer y el tercero brillará por un anacronismo solo aparente.


I. El caso ejemplar de Paine

Siendo corsetero en origen, y luego linotipista, el autodidacta Paine emigró a Nueva Inglaterra en 1774, donde dos años después su Sentido común le convierte en uno de los Padres Fundadores de Norteamérica. Durante la Guerra de Independencia irá publicando textos decisivos para que no decaiga el ánimo, reunidos en La crisis americana (1776-1783), y podemos considerarlo el primer socialdemócrata —cuatro generaciones antes de acuñarse el término—, dada su insistencia en que la «igualdad de oportunidades» se asegure institucionalmente. Tiene apenas diez años menos que su compatriota Smith, con el cual coincide en defender el librecambio y el fin de los privilegios, si bien la vida de Smith es un oasis de tranquilidad y la suya todo lo contrario, pues a despecho de pensar básicamente igual uno logra no ofender y el otro provoca ríos de indignación.

Por lo demás, Smith limita la acción provisora del Estado a obras públicas y fomento de la educación popular, y él anticipa el Estado del bienestar afirmando que le incumbe también una redistribución gradual y periódica de la riqueza, a través de impuestos orientados a paliar la miseria y asegurar el retiro114. Coincide con su amigo Jefferson en oponer la aristocracia del mérito a la hereditaria, y su Derechos del hombre (1792) parte de que el gobierno jamás podrá concederlos graciosamente, ya que ninguna autoridad legítima existe sin el compromiso expreso de velar por su preservación. Las «sociedades militares» han vivido de pretender otra cosa, pero las «sociedades comerciales»115 oponen al imperio de la mitra y la espada «democracia, paz y civilización». Eso significa reunir «derechos naturales e intereses»116, dos aspectos de lo mismo que la dinámica paternalista escindía de modo tan artificioso como sistemático, explotando relaciones involuntarias como la cuna, la nación y el credo en detrimento de las voluntarias, cuya creatividad tiene como prototipo actos de comprar y vender:

«Las leyes del intercambio y el comercio son las leyes naturales del interés recíproco […] donde ni los pobres son oprimidos ni los ricos privilegiados […] por la ávida mano de un gobierno hecho a embutirse en cada rincón y ranura de la industria»117.

En su último texto publicado, Justicia agraria (1795), argumenta que la propiedad de la tierra nació «al comenzar el cultivo, dada la imposibilidad de separar la mejora debida a él del terreno mismo». Así como no cabe poner en duda la legitimidad del propietario actual, tampoco debería demorarse la creación de «un fondo nacional que pagará a todo desposeído cincuenta libras cuando cumpla veintiún años, para compensar la pérdida de su herencia natural, y asimismo la suma de diez anuales a todos los mayores de cincuenta años». El valor en moneda actual de aquella libra se obtiene multiplicándola por poco menos de dos mil, y comparar ese esquema de pensiones con su desarrollo posterior muestra que todo cambió salvo su proporción relativa.

Lo más instructivo de Paine es la articulación de vida y obra, que empieza como campeón de la independencia norteamericana y culmina con su periodo como diputado en París, cuando acaba de publicarse allí con inmenso éxito la traducción de su Derechos del hombre. Al igual que otros Padres Fundadores, Paine fue nombrado ciudadano honorífico de Francia en 1790, y dos años después el distrito de Pas de Calais le elige como representante para la nueva asamblea nacional que es la Convención. Su Derechos del hombre, que escribe para defender el proceso revolucionario francés de críticas precoces como las de Bentham y Burke, acaba de costarle ser procesado de nuevo en Inglaterra —ahora por «libelo sedicioso» e «incitación al disturbio»118—, y mudarse a Francia responde al deseo de inyectar common sense en el momento más delicado.

En efecto, la perspectiva de ejecutar a Luis XVI y María Antonieta amenaza con desencadenar una guerra civil en toda regla, así como un conflicto entre Francia y el resto de Europa que adivina catastrófico. Es imposible ser menos clerical y monárquico que él, pero aprovecha la enésima reedición de su panfleto para incluir una segunda parte —donde «la teoría se lleva a la práctica»— que insiste en evitar «convulsión o venganza», aprendiendo de la experiencia americana. Por otra parte, al poco de instalarse en París la minoría jacobina logra aniquilar a los mayoritarios girondinos, y Derechos del hombre —que está batiendo en Europa todos los récords de ventas conocidos— ya no representa para ella un himno al espíritu francés y a la paz civilizada, sino vitriolo intelectual.

No en vano contiene el elogio más elocuente a las libertades prosaicas, cuando quienes gobiernan las derogan una por una en nombre de la Liberté sublime, convirtiéndola por decreto en diosa del panteón laico e icono oficialmente venerado. Ni en la peor de sus pesadillas hubiese podido imaginar Paine que ese fetiche ocuparía junto a sus hermanas —la Razón y la Patria— el lugar de la Virgen y otros santos en los templos del culto católico, pero así es119. Un semestre después de tomar posesión de su escaño, en diciembre, Robespierre impone a la intimidada Convención que expulse a cualquier persona no nacida en Francia, y acto seguido Paine resulta sometido a un juicio-farsa120, donde es rápidamente condenado a pasar por la guillotina, de la que se salva por un error del carcelero y sobrecarga del verdugo.

Se le acusa de ser un saboteador monárquico, agente a sueldo de Jorge III, cosa tanto más peregrina cuanto que ese monarca le odia muy sinceramente desde 1776. No obstante, en Inglaterra la sociedad comercial es un secreto a voces, y su procesamiento in absentia cumple de modo escrupuloso las garantías procesales. Nada parejo ocurre en el país que se propone reivindicar, pues el fiscal convence al jurado de que se retire a deliberar sin necesidad de oír el alegato de su defensa. El cargo formal que se le imputa es alta traición, y el sustantivo defender la libertad de comercio, a su juicio la única garantía para contar con recursos que hagan valer la igualdad de oportunidades.

El Incorruptible decide en ese momento imitar a Diocleciano con una ley reguladora de los precios para «suprimir el interés de la codicia, condenando al comercio a que deje vivir al prójimo»121. Aplicar dicha norma sume al país en una crisis de existencias sin precedente, como ya ocurriera en tiempos de Diocleciano; pero oponer el «derecho de subsistencia» a los usos mercantiles —como hace Robespierre— sella la mala fama de la sociedad comercial, logrando que la condición de traidor originario le tocase precisamente al precursor de los socialdemócratas.

1. El optimismo girondino. El marqués de Condorcet, un hombre de cultura portentosa, no logra sobrevivir al Incorruptible y nos deja dudas sobre si murió en un calabozo o suicidado. Algunas fuentes, entre ellas la Encyclopaedia Britannica, afirman que tras vivir algunos meses escondido fue descubierto, aunque su amigo Jefferson —quizá apoyado en datos directos de Paine— le atribuye usar el «eutanásico más elegante, un extracto de datura estramonio»122. Ese final se adapta mejor a su fortaleza de ánimo, manifiesta ya cuando dijo en la Convención que el proyecto constitucional de la Montaña es «una chapuza dictada por la prisa», y Robespierre «un despótico clérigo disfrazado de civil». Su viuda se ocuparía de preservar esos y otros actos de valentía memorable.

Condorcet no esperó en su domicilio al verdugo porque el curso adoptado por la revolución mandaba mostrar más de cerca «cómo los hombres tienden a la igualdad en la medida en que tienden a la libertad». Para poder argumentarlo estuvo algún tiempo huido, escribiendo a ritmo febril un himno a la dignidad cívica que hiciese frente a la previsible desmoralización del demócrata, aparecido póstumamente como Ensayo sobre los progresos del espíritu humano (1795). Antes de asumir responsabilidades públicas se había distinguido como matemático, jurista y «filósofo universal», según Voltaire, «volcán recubierto de nieve» según D'Alembert; luego dirigió la Casa de la Moneda hasta 1791, y suyos son los planes de una reforma educativa que en buena medida subsiste hasta el día de hoy.

Un escrito pionero sobre ciencia política fue su Ensayo sobre aplicación del análisis a la probabilidad de decisiones mayoritarias (1785) que desemboca en dos célebres conclusiones. La primera, también llamada teorema de los jurados, establece que aumentar el número de deliberantes (electores) reduce el margen de decisión incorrecta; la segunda, conocida como paradoja de Condorcet, descarta esa ventaja de electores crecientes cuando en vez de dos quepan tres o más veredictos. Por lo demás, su gran legado es el escrito sobre el progreso, piedra miliar para el tipo de movimiento contradictorio y a pesar de todo positivo —Condorcet lo llama «agonístico»— que desde Hegel define al evolucionismo. Puede imputársele ingenuidad en el tránsito de la mente divina al mecanicismo materialista, y de éste a las operaciones del espíritu humano, pero su pronóstico se acerca mucho más al estado futuro de cosas que las fantasías paranoides de Malthus y su escuela:

«No solo la misma cantidad de tierra mantendrá a más personas, sino que todos tendrán menos trabajo que hacer, producirán más y satisfarán sus deseos con más plenitud […] La duración de la vida es indefinida en el más estricto sentido de la palabra […] El lapso vital seguirá creciendo si no lo impiden revoluciones físicas del sistema. […] Y no será imposible transmitir la agudeza sensorial alcanzada […] ni las facultades intelectuales y morales»123.


2. El anarquismo godwiniano. W. Godwin (1756-1836), también buen amigo de Paine, suegro de Shelley y abuelo espiritual del doctor Frankenstein a través de su hija Mary, empezó siendo ministro bautista y acabó queriendo emancipar al hombre «de esos sueños sobre el más allá que agitan sus miedos». En 1793 —cuando la guillotina funcionaba ya a pleno rendimiento— simpatizó con los ideales jacobinos sin transigir con su terrorismo, y expuso un modelo ácrata o de «sociedad sin gobierno» que será el faro de la nueva generación romántica124, previamente congregada en torno a Rousseau.

Conocido desde entonces como anarquismo intelectual, este sistema ético-político postula que la individualidad —depositaria única del intelecto (mind) y fuente por tanto de cualquier idea correcta— es ancestralmente oprimida por gobiernos cuyo interés se cifra en perpetuar la dependencia y la ignorancia. Así seguiríamos indefinidamente, de no ser porque la difusión del conocimiento opera en sentido inverso al de la imposición autoritaria, y acabará consagrando el «más riguroso ejercicio del juicio privado».

El triunfo eventual de la inteligencia vaticinado por Condorcet y Godwin indica que la cultura empieza a percibirse como una empresa donde ser libre y ser sabio coinciden. Aristóteles dijo que el intelecto (nous) es lo divino del hombre, y Godwin apostilla que «solo la más plena independencia de criterio dispara la conquista de la materia por la mente»125. Imagina que la Humanidad se acerca al momento donde «la justicia se cumplirá sin coacción, como en la Edad de Oro», y que habrán desaparecido para entonces propiedad privada, policías, cárceles y tribunales. Su tratado sobre la justicia política ignora olímpicamente las condiciones sociales y económicas126, y medio siglo después provocará la indignación de Engels como «una obra completamente asocial, donde el hombre debería emanciparse todo lo posible de la sociedad y usarla como un artículo accesorio»127.

Condorcet aventuraba que las revoluciones futuras no requerirían nada remotamente parecido a tomar la Bastilla, pensando en progresos concretos del conocimiento. Godwin liga el mañana con un rechazo sentimental de la industrialización, y superpone a la idea de un orden autoorganizado un modelo provinciano de existencia. El Estado será trascendido por «pequeñas comunidades autárquicas», donde cada cabeza de familia tendrá la parcela «justa» para mantenerse, y el dinero volverá a hacerse innecesario. El lujo «no es socialmente útil […] sino directamente opuesto a la propagación de la felicidad», y si los individuos se limitasen a producir «las cosas necesarias» tendrían bastante trabajando «media hora al día»128.

De ahí que la libertad incondicional no incluya libertad para emprender, pues el comercio sigue entendiéndose en términos ebionitas, que plantean la compraventa como fraude inevitable para alguna de las partes contratantes. Por ejemplo, las grandes fábricas y compañías se habrían desintegrado solas (by themselves) si no contaran con el apoyo de tiranos y privilegiados. A su juicio las sociedades comerciales no fueron los enterradores del feudalismo; más bien acólitos especialmente dañinos que concentraron la anarquía en el único campo del obrar humano donde el anarquismo crea «infelicidad colectiva». La soberanía del juicio privado coincide en la práctica con un destierro del laissez faire, y su tratado concluye esperando «barrer los prejuicios que nos atan a la complejidad, merced a una forma sencilla de gobierno».


II. Los brumosos perfiles del capitalismo

Paine, Condorcet y Godwin ofrecen tres primeros planos sobre el telón de fondo que contiene la gran incógnita del momento; esto es: si las sociedades fabriles «hacen más rico al rico y más pobre al pobre, siquiera en términos relativos […] o si cambian sustancialmente las participaciones a favor de los grupos con menores ingresos»129. Sólo con el tiempo sabríamos que a una primera ola130 de crecimiento —la propia Revolución Industrial (entre 1770 y 1840 aproximadamente)— iba a seguir un orden por fluctuaciones, donde los periodos expansivos serían algo más prolongados que sus inversos, sin esquivar jamás crisis más o menos agudas. El desarrollo inglés, por ejemplo, comprende periodos de crecimiento lento, nulo e incluso negativo entre 1815-1834 y 1870-1884, a los cuales corresponden fases de recuperación (1828-1842), prosperidad (1843-1857) y nueva recuperación (1886-1897), que pueden considerarse no solo domésticos sino mundiales tras la crisis iniciada en 1873 con el crack de la Bolsa de Viena y la Larga Depresión, que fue para el siglo xix lo análogo a la Gran Depresión del XX131.

Al trazar la curva que resulta de correlacionar años y producto vemos, por ejemplo, que desde la producción en serie del motor térmico (1784) hasta la Gran Guerra (1914) el poder adquisitivo crece en Europa a un promedio del 2 por 100 anual132, elevando la renta per cápita en casi trescientos puntos. De ello puede inducirse que «elevar el nivel de vida con formas distintas de distribuir la producción nada ha sido, en comparación con la capacidad aparentemente ilimitada de lograrlo incrementando la producción»133. Quizá sería demagógico decir que el capitalismo industrial «cambió sustancialmente las participaciones a favor de los grupos con menores ingresos», como pretende Schumpeter, pues no lo hizo de modo substancial, y más demagógico aún decir que «las diferencias crecen». Solo es evidente que la movilidad social no se detuvo, y que los pobres fueron haciéndose menos pobres allí donde los ricos fueron haciéndose más ricos.

1. Un progreso sin mayúscula. Esto era de sentido común para Hume, Montesquieu y tantos otros sabios anteriores a la gran fábrica, aunque empezó a ponerse en duda cuando al humo polucionante de sus chimeneas se añadió como atmósfera espiritual un aluvión de literatura profética, incentivada por la crisis ética, política y económica del absolutismo. Para los ciudadanos del momento era algo tan innegable como desconcertante que el intento de instaurar la democracia en Europa hubiese empezado produciendo el reino de un Terror autosatisfecho, cuya enervación del sentimiento nacionalista permitió a Bonaparte exportar la Révolution a costa de cuatro o cinco millones de muertos, y el doble o triple de inválidos. Para colmo, la paz continental sancionada por el Congreso de Viena en 1815 hubo de pagarse con una larga crisis para las industrias que absorbían mano de obra masiva, creando paro, quiebras y desunión. En la década siguiente, pocos se resistirán a añorar un siglo XVIII donde la riqueza crecía sin alimentar discordia.

Nominalmente la Restauración ha vuelto, y el espíritu público se inclina al rechazo romántico del maquinismo, aunque ni el impulso democrático ni el desarrollo industrial sean ya asuntos librados a la jurisdicción del deseo particular, sino posibilidades que antes o después se concretarán, en el marco de algo tan novedoso como que la red de los negocios ya no esté desgarrada por guerras134. Las ventajas de economías no militarizadas distan de ser obvias, y es curioso comprobar que la Factory Act de 1833 arbitre paliativos —sin duda demasiado tímidos— para evitar que «el sistema fabril mine la salud, la moral y el bienestar (welfare) de la población»135. Con todo, en 1750 el número de niños muertos antes de cumplir los cinco años era del 74,5 por 100, y en 1829 es del 31,8 por 100136. La versión nostálgica del ayer, y melodramática del presente, nunca se felicitarán de que con el sistema fabril lleguen a la juventud más del doble de los que llegaban otrora.

El tópico de la sociedad fabril será una disyunción entre Capital y Trabajo, que parte del concepto de plusvalía y nace precisamente en 1818, cuando Owen lee el tratado económico de Ricardo. Pero entre el último tercio del XVIII y el primero del XIX —durante la primera fase de la revolución tecnológica137—, el fenómeno que amplía y prolonga substancialmente la vida es lo contrario de algún divorcio entre empresarios y otros trabajadores. El mismo año en que Owen extrae sus conclusiones leyendo a Ricardo aparece la primera trade union británica gracias a J. Gast —uno de los grandes héroes sindicales ingleses, sobre cuya figura volveremos—, y los estatutos precisan:

«Las clases industriosas son la riqueza y la fuerza de las naciones, y solo su propia conducta podrá hacerlas pobres e impotentes […] Nuestras metas de sindicación no nos impiden apreciar el interés común de empleadores y empleados, ni la confianza recíproca que en todo momento resulta tan esencial para ambos»138.

Gast llamará Hércules Filantrópico al proyecto posterior de una confederación sindical, y son energías ciertamente hercúleas las desplegadas entonces por una nueva generación de empresarios, fieles a una épica de frontera y descubrimiento donde amasar dinero es sólo la confirmación externa de haber triunfado en un empeño vocacional, indiscernible del que anima al artista y el científico. En comparación con esos entrepreneurs, tanto el gremialista tendero como el menos gregario importador-exportador son mercaderes timoratos y miopes, ajenos a la posibilidad de endeudarse a fondo, y a la de traficar con cosas intangibles. Sin un perfil sociológico que lo condicione, como comprobaremos, este tipo de individuo introduce el desarrollo económico propiamente dicho, transformando el flujo circular de producción-consumo «en un dramático movimiento ascendente del poder adquisitivo, marcado por ciclos comerciales»139.

Tan novedosa es dicha actitud que los nuevos empresarios serán mutantes, apenas visibles fuera de un círculo muy restringido, pues periodistas, economistas y reformadores insisten en confundirlos con quien aporta metálico o tierras a un negocio, y a lo sumo —ya en la segunda mitad del siglo, gracias a Disraeli— empezarán a ser identificados como industrialists. Por lo demás, la revolución material creada por ellos descansa sobre una previa desmaterialización tanto de la moneda como de la propiedad, y como la introducción del dinero de confianza merece algo más de detenimiento140 atendamos a la segunda de esas condiciones, pues una legislación pensada para amparar derechos adquiridos se torna útil para introducir innovaciones.

2. El surgimiento de la propiedad intelectual. La industria había vivido siempre de custodiar secretos, algunos tan elementales como la relación entre el gusano y la seda, que con tanta eficacia supo mantener China hasta verse traicionada por misioneros nestorianos en el siglo VI. Europa acaba descubriendo un recurso mucho más rentable y permanente que el secretismo, al institucionalizar la compraventa de invenciones. Por lo demás, tampoco aquí ocurren las cosas de la noche a la mañana o a saltos, pues vemos que desde el Renacimiento tanto las repúblicas italianas como algunos monarcas prudentes se proponen evitar la fuga de cerebros y «artes» concediendo patentes141. Ya en 1421 la Señoría de Florencia asegura al arquitecto Brunelleschi que un tipo concreto de polea descubierto por él le pertenece en exclusiva hasta terminar cierta obra; y en 1474 es Venecia quien decide proteger durante diez años cualquier «muestra de nuevo ingenio» en su industria del cristal. Son también muy precoces las iniciativas inglesas en ese sentido, que empiezan estimulando la inmigración de técnicos flamencos y germanos.

También resultaba posible corromper el sentido de la patente hasta convertirla en una regalía renovable, que se vendía a particulares y gremios, y lograba precisamente lo contrario de incentivar el ingenio, creando miles de mezquinos monopolios sobre productos y servicios que en países como Francia y España se prolongaron hasta la era moderna. Lo mismo ocurrió en Inglaterra, pero allí una de las consecuencias de la guerra civil que libraron nominalmente la Corona y el Parlamento fue la Ley sobre Monopolios de 1623, «uno de los hitos en la transición de la economía feudal a la capitalista»142, que derogó sin contemplaciones las corruptelas acumuladas. En su sección sexta encontramos el párrafo memorable por excelencia:

«Que la nulidad de todos los monopolios pasados, presentes y futuros no se extenderá a patentes otorgadas por un periodo de catorce años, o menos, cuando cubran cualquier nueva manufactura, y se limiten al verdadero y primer inventor, sin ser contrarias a la ley ni perjudiciales para el Estado, por elevar el precio de las mercancías domésticas, lesionar al comercio o resultar inconvenientes en general»143.

Siglo y medio después la llamada cláusula de propiedad intelectual de la Constitución norteamericana (1787) promueve «el progreso de la ciencia y las artes útiles, asegurando durante un tiempo limitado a autores e inventores el derecho de exclusividad sobre sus respectivos escritos y descubrimientos»144. Algo antes, la existencia de un registro de patentes resulta decisiva para que la cardadora (1775) y la máquina de vapor (1784) revolucionen las modalidades de trabajo, el volumen de empleo y la realidad en general, demostrando que el activo nuclear del género humano es su capacidad —por otra parte exclusivamente individual— para el hallazgo que llamamos también concepto, un arte inaugurado con monumentos anónimos aunque nunca colectivos como el pedernal o la rueda. Constatemos también que el Statute of Monopolies de 1623 se limita a proteger hallazgos de tipo técnico, y que el nexo de unión entre esa maestría y la propiedad intelectual en sentido amplio va a ser otra vez un precepto inglés en origen —la Ley Anne de 1709145—, cuya meta es «estimular a hombres instruidos para que compongan y escriban libros útiles».

Leer su articulado nos enseña que no solo pretende defender a autores y editores del plagio y el anonimato que llama «piratería». Quiere ofrecer también con su registro146 una alternativa al «imprímase» de la censura civil o clerical, y asegurarse de que trascurridos dichos plazos toda cristalización de la inteligencia será de «dominio público», en vez de pertenecer a sus depositarios privados. Se protege temporalmente al creador para que su obra no pertenezca luego a nadie, estimulando así al máximo «la educación popular». Cuando buscamos el origen último de este respeto de la ley por las creaciones de la mente humana acaba apareciendo la coincidencia de opuestos mencionada por Heráclito, porque el Index expurgatorius de 1559 —el primer catálogo de libros a incinerar—, fue también el primer reconocimiento oficial sobre el valor que este tipo de objeto tiene para nuestra civilización. Jefferson, que entre otras funciones públicas asumió la de presidir la Oficina de Patentes norteamericana, lega una reflexión en profundidad sobre el asunto:

«La propiedad estable es un regalo del orden social, que llega tarde en la historia de su progreso. Es curioso que una idea, la fermentación fugitiva de un cerebro individual, pueda reivindicarse como propiedad exclusiva y estable, pues quien enciende su candil con el mío recibe luz sin sumirme en oscuridad. Que las ideas se diseminen libremente sobre el globo, para instrucción moral mutua, parece haber sido un designio peculiar y benevolente de la naturaleza [...] que impide sujetarlas a una apropiación excluyente. Pero confiriendo un derecho exclusivo a los beneficios que se derivan de ellas las sociedades pueden estimular una búsqueda de las más útiles, y si no me equivoco fue Inglaterra —hasta copiarla nosotros— el único país en reconocerla, así como el territorio más fértil en nuevos artilugios (devices147.

Aquellos años reafirmaron su convencimiento de que la patente «no es un derecho natural, sino algo creado por la sociedad en beneficio propio», prototipo del tipo de realidad que Hume llamó artifice en sentido positivo, un rasgo característico —si no diferencial— de los grupos humanos. También le sirvieron para comprender «cuán difícil es trazar una frontera entre aquellas cosas que le merecen al público la incomodidad de una patente exclusiva y las que no. Como miembro de la Oficina durante bastantes años, pude comprobar cuán lentamente madura un sistema de reglas generales al respecto»148.


III. Grandeza y miserias de la competencia

El desarrollo de la propiedad intelectual no puede separarse del desarrollo industrial, como comprobaremos al examinar el nacimiento de la primera fábrica-ciudad. Si se prefiere, ninguna proeza es menos mecánica que aprender a producir algo mecánicamente, y cuesta imaginar un empeño más individualista y más cargado también de función social. El artículo que la máquina multiplica cuesta menos, su consumo se democratiza en proporción a ello, y los beneficios de producir en masa bastan para sostener una demanda creciente de operarios, que los últimos campesinos atados a su gleba (los indentured servants) aprovechan para emanciparse.

Precisamente entonces el vallado y la mecanización del cultivo están creando en Inglaterra explotaciones donde sobran muchos sirvientes, y el señorío rural puede compensar la pérdida de braceros asociándose con los inventores-fabricantes, que además de metálico necesitan tierras y edificios. A fin de cuentas, un mismo e insólito negocio —el de abaratar drásticamente tal o cual producto— reúne a nobles, banqueros, genios empresariales y antiguos siervos, y una vez más el desarrollo económico sostiene sin necesidad de buscarlo el de las libertades ciudadanas. Hasta en los últimos rincones del campo, un contrato de servicios sustituye al juramento que el vasallo hacía de rodillas: «Nunca tendré derecho a retirarme de vuestro poder y protección».

Por otra parte, la desigualdad impuesta en función de cuna y estamento mantenía a raya la desigualdad personal, un elemento que se agiganta cuando el antiguo inferior tenga ante sí una opción de empleo por cuenta propia o ajena, y nada le impida eventualmente acabar apostando por lo uno o por lo otro. Ambos caminos deben adaptarse a la vigencia de oferta y demanda llamada «mercado», en un caso decidiéndose por la innovación y desplegando un esfuerzo intensamente competitivo para prosperar, y en el otro aprendiendo a serle útil a cada empleador. La división del mundo en benditos pobres y malditos ricos no se sostiene ya sobre la rigidez estamental del amo y el siervo, y mediada por la producción a gran escala tropieza con un medio donde ser próspero o indigente deriva cada vez más de suerte y empeño subjetivo, y cada vez menos del lugar prefijado por la cuna.

1. Nuevas razones para el miedo. «La práctica precede largamente a la ciencia»149, y las relaciones entre libertad y riqueza van a revelarse inextricables sin la distancia estética que solo el muy largo plazo otorga. Sin perjuicio de que la renta esté creciendo a una media de veinte puntos por década, ya antes de ser tomada La Bastilla, a pie de calle reina la sensación de que «los salarios caerán, pronto o tarde […] pues por desgracia es mucho más difícil elevar que bajar el nivel de vida»150, y un modo de simplificar la febril movilización de energías será replantear la dualidad previa del inferior y el superior como oposición entre Capital y Trabajo. Curiosamente, el capitalista por definición —la pequeña franja de entrepreneurs— resulta ser un adicto al trabajo, y el rótulo de trabajador recae sobre quien espera con impaciencia el fin de cada jornada. No es menos cierto que estos segundos serían masoquistas si acatasen de buena gana jornadas de doce horas, condiciones insalubres y peligros evitables en el manejo de la maquinaria.

La gran cuestión del mañana consiste en dilucidar si esos inconvenientes pueden superarse por algún camino distinto de ver potenciada la eficiencia. En todo caso, el empresario ha asumido el esfuerzo competidor que los griegos llamaban agon151, introduciendo una racionalidad en el comprar y el vender que no necesita líder o programa para dejar atrás el mundo crónicamente infraproductivo. No será difícil demostrar, por ejemplo, que es factible seguir obteniendo beneficios sin perjuicio de mejorar a fondo las condiciones del trabajo, aunque es también en Inglaterra donde la sensación de haberle encendido la mecha a un barril de pólvora cobra tonos apocalípticos en el antes aludido Ensayo sobre la población (1798) de Malthus, que presenta el avance tecnológico como cebo para un crecimiento insostenible de bocas hambrientas.

El subtítulo advierte contra «las especulaciones del señor Godwin y el señor Condorcet», que alimentan «la inconsciencia» reinante con su confianza antropológica. Son insensibles ante la «bomba» demográfica, y a la posibilidad de que un ahorro y una inversión multiplicados funcionen como «plétoras» contraproducentes, capaces de «destruir los motivos de la producción, y disminuir aún más los ya bajos beneficios»152. Como acabamos de ver, Condorcet sí confía en la sociedad comercial, mientras Godwin vaticina que «en el futuro aprenderemos a mirar con desprecio la especulación mercantil y el lucro»153. Verlos a ambos confundidos demuestra las dotes persuasivas del miedo, que justifica el éxito formidable del Ensayo y es el único hilo conductor del texto154.

Esos defectos no alteran su valor como reflejo de una tercera postura, ni ácrata ni demócrata, que propone ingeniería social y tiene como prioridad absoluta «la gran doctrina benthamita de asegurar pleno empleo con salarios altos a toda la población trabajadora, mediante una restricción voluntaria de sus números»155. Una industria nacida poco a poco ha logrado ya por entonces que el operario no hile un metro al día sino más bien al minuto, y avances análogos en otros campos concretan algo tan estimulante como inquietante: un sistema productivo que a su capacidad inaudita añade la de tener vida propia. Los cultivadores del patetismo postularán que la fase más «salvaje» de la industrialización ocurrió mientras el público miraba hacia otra parte, y sin perjuicio de ver más adelante qué pensaban Watt, Boulton, Arkwright y Dale, los Padres del maquinismo, ganaremos precisión terminando este capítulo con los primeros tratados novecentistas sobre economía política, cuando la industrialización a gran escala es ya un hecho.

En cualquier caso, ya antes de caer Bonaparte toda Europa admira fervientemente a Owen (1781-1858), viva demostración de cómo conciliar lo humanitario y lo rentable. Su opúsculo Una nueva visión de la sociedad (1813) está avalado por probar cómo una gigantesca fábrica puede obtener buenos rendimientos año tras año, sin perjuicio de invertir en vivienda, higiene e instrucción de los obreros, además de subirles el sueldo y reducir su jornada. Formado profesionalmente en Manchester, donde esos métodos para elevar la productividad no eran en modo alguno desconocidos, Owen explicaba el «milagro» a sus innumerables visitantes —entre ellos el futuro zar Nicolás I— diciendo que «a Malthus se le olvidó calcular cuánto mayor sería la cantidad producida por personas inteligentes y laboriosas»156.


IV. Una bifurcación precoz del liberalismo157

En el París de 1803, diez años antes de que Owen se torne escritor, la gran Révolution está entrando en su etapa de dictadura bonapartista. El afán de grandezas imperiales va a desembocar en un desarrollo material sensiblemente retrasado, y en una catástrofe sin precedentes para los varones en edad militar, ya que en los próximos doce años uno entre cada tres muere o queda inválido. La paz interior basta para que la urbe deje atrás las hambrunas previas, y el sombrío pronóstico maltusiano tropieza con dos libros muy bien recibidos por la crítica y el público culto. Uno es el Tratado de economía política del hugonote J. B. Say (1767-1832), que se convierte casi de inmediato en un clásico158; el otro es De la riqueza comercial, un ensayo de J. C. L. Simonde (1773-1842), mejor conocido como Sismondi, que empieza diciendo:

«Las obras se multiplican y cambian el aspecto del mundo; las tiendas están llenas, en las fábricas son admirables los poderes que el hombre ha sabido rescatar del viento, del agua y del fuego para realizar su propia obra [...] Cada ciudad, cada nación rebosa riquezas, cada una desea enviar a sus vecinas las mercancías que le sobran, y nuevos descubrimientos científicos permiten transportarlas con una velocidad asombrosa. Es el triunfo de la crematística»159.

1. El análisis de la oferta. Say, uno de los pioneros en mecanizar las hilaturas de algodón en Francia, se ha negado a bendecir el dirigismo napoleónico y hasta después de Waterloo ve prohibida la reedición de su Tratado, en el cual se presenta como mero introductor de Smith. Con todo, Smith suponía que el producto era computable como suma de las rentas inmobiliarias, las del capital mobiliario y los ingresos salariales, un esquema modificado en profundidad por Say cuando le añade «la empresa». Siempre hubo empresarios, pero la férula de políticas proteccionistas y el poder gremial restringió tradicionalmente al aristócrata del intelecto y el esfuerzo representado por el entrepreneur, un multiplicador de recursos cuya reproducción «gregaria» resulta imposible, «pues tiene demasiados obstáculos que remontar, ansiedades que reprimir, contratiempos que subsanar y expedientes que proyectar»160.

Al desarrollo de la empresa en cuanto tal, que asume simultáneamente la inventiva y el riesgo de los negocios, corresponde en gran medida el tránsito de la penuria a la abundancia. Sería excelente que los mercados pudiesen crecer por algún procedimiento distinto de arriesgarse e ir tanteando en la oscuridad, como hacen los empresarios, pero más aún desterrar los años de mala cosecha, por ejemplo, y Europa se irá acostumbrando a que los periodos donde abundan compradores se vean seguidos por otros donde escasean. Tras milenios de miseria por no producir lo bastante, es algo a caballo entre la futilidad y la mala fe temblar ante el hecho de que la abundancia crezca con desvíos e incluso retrocesos.

La segunda aportación de Say es la forma del equilibrio general expresada en que «la oferta de X crea la demanda de Y», no limitándose a producir aquello destinado a adquirirse inmediatamente. Un mismo «fondo», del que surgen bienes y consumidores, condiciona una dinámica de magnitudes interdependientes donde el desfase de expectativas en un sector reacondiciona sin pausa demanda y oferta totales, y por eso en momentos de crisis la producción declina antes y se recobra antes también que el consumo, sin que el conjunto deje de producir cosas complementarias o equivalentes. Si se prefiere, «las demandas aumentarán en la mayoría de los casos si aumentan las ofertas, y disminuirán si ellas disminuyen»161. Lo que no harán es ser indiferentes a ellas.

Solo más adelante, en el prólogo a la edición norteamericana de su Tratado, encontramos la llamada desde entonces ley de Say o de los mercados, según la cual «la demanda de un artículo es inaugurada por su propia producción»162. Huyendo siempre de la actitud doctrinaria163, no ve allí una ley o siquiera un argumento sino un reflejo del «continuo» generación-consumo, llamado a crecer no solo a despecho de, sino merced a sus crisis, que en la práctica son ajustes orientados a restablecer precios viables para los negocios, tras fases donde demasiados activos se sobrevaloran. Le habría asombrado, quizá, ver cómo el emparejamiento de ofertas y demandas acabó otorgando un estatus de autonomía al marketing, una técnica de condicionamiento cuya rama publicitaria está diseñada para invertir el orden espontáneo del deseo. Sin embargo, hasta los críticos más acérrimos de la autorregulación asimilarán su idea de la interdependencia, que equivale a la posterior ley keynesiana: los ingresos de una persona son los gastos de otra164. Un mismo precio gobierna ambos lados, si se toman «agregadamente».

2. El análisis de la demanda. Su colega Sismondi fue también un hombre notable por muchos motivos. Hijo de un pastor calvinista ginebrino, arruinado por invertir en el último salvavidas de Luis xvi que fueron los bonos de Necker, hubo de ponerse a trabajar desde los quince años pero no tardó en recuperar el tiempo perdido para sus estudios, y sobresaldría espectacularmente en varias ramas del conocimiento. «Muy amigo de la compañía femenina», generoso y gentil, conocer a Owen en París a principios de 1818 le puso al corriente de la situación en su admirada Inglaterra, «cuya opulencia golpea los ojos de todos sin atender a la ventaja del pobre»165, y de paso le informó sobre los remedios propuestos por el propio Owen y algo antes por Fourier. Ambos resultan sencillamente disparatados para un hombre de su formación, y llevan a preguntarles: «¿Quién será, caballeros, lo bastante poderoso para concebir una organización inexistente aún y ver el futuro, cuando tantas dificultades hallamos en percibir el presente?»166.

Por lo demás, tampoco se conforma con el canto a la crematística publicado en 1803, y leer ese mismo año el tratado de Ricardo le decide a componer sus Nuevos principios de economía política (1819). Inglaterra, que ha abandonado el patrón oro para hacer frente a su guerra con Francia, crece alternando la inflación con caídas de precios en sectores afectados por el empacho (glut) de oferta, que repercute en el operario con desempleo y salarios a la baja, y si bien a largo plazo el equilibrio se restablecerá automáticamente no dejará de provocar «aterradoras cantidades de sufrimiento». Nos equivocaríamos suponiendo que Sismondi aboga por algún tipo de planificación, pues detesta cualquier «centralismo», venera la libertad política y económica como valor supremo, y está en realidad inventando el liberalismo acorde con la industrialización, que quiere mejorar los ingresos del trabajador no especializado:

«Say y Ricardo167 han llegado a la conclusión de que el consumo es un poder limitado solo por la producción, cuando de hecho está limitado por el ingreso […] Anunciando que cualquier abundancia producida encontraría consumidores, ambos estimularon al productor a causar el empacho de manufacturas que tanto perturba hoy al mundo civilizado, en vez de advertir que todo incremento de la producción no acompañado por el correspondiente incremento en ingreso ocasionará pérdidas a algunos. Con análogo despiste, el sr. Malthus ignora que la cantidad de alimento producida por la tierra podrá crecer con extrema rapidez durante mucho tiempo, y que la causa de todas las penalidades de la clase trabajadora no es el crecimiento incontrolado de su número, sino la desproporción de su ingreso»168.

Uno a uno, los fenómenos de sobreproducción fluyen de errores inevitables antes o después, dada nuestra limitada capacidad para calcular el deseo ajeno (e incluso el propio), pero eso no modifica que dependan globalmente de algo evitable como el subconsumo. Definitivo o no, dicho análisis asegura a Sismondi un puesto destacado en la historia del pensamiento económico, ya que adivina los conceptos de ciclo económico y demanda total o agregada169, introduciendo el tiempo de un modo más preciso170. Nadie había dicho tampoco que una economía donde los productores no pueden adquirir gran parte de la producción es ineficiente, y que dicho criterio solo puede adoptar visos de necesidad objetiva desde hábitos mentales heredados del sistema preindustrial. La «civilización» depende de que la mayoría del cuerpo social acepte motu proprio las reglas del orden establecido, y es absurdo imaginar que la masa laboral asumirá una mentalidad de clase media sin incorporarse al consumo y a la propiedad. Algunos verán en ello un mero desiderátum filantrópico, pero él insiste en que resulta esencial a la vez para asegurar la concordia y mantener el crecimiento.

Por otra parte, su lucidez alterna con sentimentalismo, yuxtaponiendo el ideario liberal171 con toques de nostalgia provinciana, a la manera de Godwin. A sugestiones como promover la sindicación del obrero o el salario mínimo añade otras como volver a la pequeña empresa, e incluso aprovechar el registro de patentes para «limitar el crecimiento de la técnica, evitando la obsolescencia de procedimientos y manufacturas tradicionales»172. La poderosa idea de suavizar los altibajos del desarrollo se ancla a la quintaesencia de la actitud retrógrada que es oponerse a la innovación, y aunque sea de modo indirecto —al frenar la libertad de innovación— los primeros sistemas de seguridad social se montarán puenteando a la clase media activa con un pacto entre aristocracia y plebe. Los conservadores solo podían contrarrestar la influencia de los renovadores organizando una alianza de propietarios pequeños con no propietarios, y esto es precisamente lo que veremos puesto en práctica por Bismarck y Disraeli en Alemania e Inglaterra.

A despecho de sus nostalgias, la impronta liberal de Sismondi le hizo ser tan poco doctrinario como Say, y subrayó siempre que un plan detallado para robustecer la demanda desbordaba su capacidad. A tales efectos es preciso «unir las luces de todos»173, como dicen sus Nuevos principios de economía política. Un brote de melancolía hizo que poco antes de morir escribiese: «Abandono este mundo sin dejar la más mínima huella, y nada puedo hacer ya por remediarlo»174. En realidad, había contribuido decisivamente a que el Estado asumiese funciones de estabilizador e impulsor de la economía, dirigiéndose «tanto al corazón como a la cabeza», prefigurando todo lo comprendido bajo la expresión «actividad económica anticíclica».

Además de troquelar conceptos nuevos y ecuánimes, sobresalió como alguien asombrosamente erudito en una época donde empezaban a abundar scholars de erudición formidable175, y aunque nunca se alinease con la autogestión obrera todos los convencidos de su conveniencia le tomaron por precursor. No en vano había devuelto al habla común la expresión proletarius, y precisado lo más oportuno al respecto; esto es: «que el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, y la sociedad moderna vive a costa del proletariado»176.

 

NOTAS

112 - Darwin 1979, pág. 454.

113 - Cf. Schumpeter 1975, pág. 170. Anticipando conceptos, Rodbertus sería un socialista conservador; Sismondi un socialista liberal y Marx un socialista comunista, sin perjuicio de que el socialismo y el comunismo se distingan troncalmente por lo flexible o fijo de su programa. También hallaremos socialistas-socialistas, como Saint-Simon, Bernstein y Jaurès.

114 - Su Justicia agraria (1795) y su Derechos del hombre (1792) serán el fundamento teórico para la Welfare Reform, que introduce D. Lloyd George como líder del Liberal Party inglés a principios del siglo XX; véase más adelante, págs. x-y.

115 - Paine fue el primero en contraponer sociedad militar y comercial, según Halévy; cf. 1904, vol. I, pág. 71.

116 - Paine 1793, pág. 106.

117 - Ibíd., págs. 109 y 105.

118 - En 1776 fue condenado a muerte por complicidad en la Declaración de Independencia norteamericana, e «injurias» a la Corona

119 - De ahí La edad de la razón (1794), quizá el más profundo de sus escritos, donde lanza un demoledor ataque a la germinal religión política del jacobinismo, y de paso se gana el odio más enconado de católicos y reformados.

120 - Sobre los procesos del Tribunal Revolucionario, que tanto tomaron de las causas inquisitoriales, y tanto enseñaron a Stalin, véase vol. I, págs. 511-512. Años después Napoleón intentó convertirle en asesor, alegando que Derechos del hombre era su libro de cabecera, aunque tras algún tiempo de confiar en su buena fe Paine volvió a Norteamérica, porque «el Primer Cónsul francés es el mayor charlatán que he conocido»

121 - Véase un extracto más amplio del discurso de Robespierre, el 2/12/1793, en vol. I, pág. 528. Sobre el edicto de Diocleciano y sus consecuencias, véase vol. I, págs. 171-172

122 - «Su casera le halló sin vida sobre la cama pocos minutos después de pasar a su lado, y hasta la zapatilla que ella vio colgando de uno de sus pies no salió despedida, pues suscita el sueño de la muerte tan serenamente como la fatiga o el sueño ordinario, sin la menor convulsión»; Jefferson 1987 (1813), pág. 672.

123 - Ensayo sobre los progresos del espíritu humano, Décima época, párrafos antepenúltimo y penúltimo; cf. Condorcet, en libertyfund.org.

124 - En Una investigación sobre la justicia política y sus influencias sobre la virtud y la felicidad general. A despecho de vender pocos ejemplares, escandaliza al conservador y conmueve a los «poetas revolucionarios» ingleses del momento, que son ante todo Wordsworth, Southey, Coleridge y Shelley.

125 - Godwin, en Halévy 1904, pág. 86. La Física aristotélica, como se recordará, describe la progresiva penetración de la materia (hylé) por la forma (morphé).

126 - Lo más próximo a ese análisis es en su novela Las cosas como son, o aventuras de Caleb Williams (1794), donde narra aspiraciones y agravios sufridos por algunos oficios —en particular herreros, tenderos, granjeros, veterinarios, herboristas y reverendos de feligresías pobres—, a quienes muestra oprimidos por latifundistas y grandes comerciantes. Algún crítico comparó esta sátira con el Quijote, y otros —como Dickens— vieron en ella «un libro mal escrito».

127 - Carta a Marx del 17/3/1845.

128 - Godwin, en Halévy 1904, págs. 115-117. Sobre Mandeville, que fue el primer valedor del lujo como motor del desarrollo, véase vol. I, págs. 411-413. Más adelante veremos cómo actualizó Hayek ese punto de vista.

129 - Schumpeter 1975, pág. 65

130 - Las olas o superciclos —subdivididas luego en «estaciones» por economistas ulteriores— son un concepto del infeliz N. Kondratiev (1892-1938), encarcelado largamente y luego ejecutado por Stalin.

131 - La depresión «larga» de 1873 se prolongaría más de treinta años, en contraste con los diez de la «grande», aunque fue menos aguda. Sobre la secuencia del XIX es particularmente esclarecedora la correspondencia entre Schumpeter y W. C. Mitchell; cf. McCraw 2007, pág. 617.

132 - Cf. Schumpeter 1975, pág. 65. Norteamérica experimenta un crecimiento bastante superior. Entre 1870 y 1930, por ejemplo, su tasa media alcanza el 4,3 por 100 anual en el sector de manufacturas (Ibíd., pág. 64).

133 - R. Lucas Jr., 2003, en minneapolis.org, (subrayado de Lucas).

134 - Desde Waterloo (1815) a la Gran Guerra transcurren 99 años casi justos. Un conflicto grave, aunque periférico, iba a ser el de Crimea (1854-6), que se cobró un millón de muertos ante todo rusos, levados en masa y armados ridículamente. Hubo también alguna batalla entre Francia, Austria y Prusia, pero nada comparable a lo que había ocurrido hasta Waterloo y volvería —multiplicado por diez— en 1914.

135 - Son palabras de Owen, dirigidas al Parlamento en 1817, cuando es ya gerente y condueño de la mayor fábrica del planeta.

136 - Cf. Buer 1926, pág. 30.

137 - Concretamente, la comprendida entre mecanizar las hilaturas (gracias a herramientas progresivamente metálicas) y la introducción de procesos análogos en minería, química industrial y metalurgia. La siguiente «ola» se centrará en una revolución del transporte y las comunicaciones, que culmina en la generación masiva de energía eléctrica.

138 - Prólogo al reglamento de la Thames Shipwright Provident Union, redactado por Gast en 1818; cf. Prothero 1983, págs. 165 y 184-86.

139 - Schumpeter 1983 (1911), pág. 68. Allí analiza por primera vez «el efecto de la innovación en un sector como avalancha de innovaciones en otros […] que no se distribuye de modo continuo en el tiempo sino a través de grupos o enjambres». Los editores del libro en otras lenguas le impondrán llamar «desarrollo» (development) a algo que para él es «evolución» (Entwicklung), en el sentido hegeliano y luego darwinista del término.

140 - Véase más adelante, págs. x-y.

141 - En origen «cartas abiertas» (literae patentes) —para distinguirlas de las «cerradas» o no públicas— que artesanos y gremios exhibían como prueba de que sus invenciones estaban protegidas del plagio durante periodos determinados.

142 - Bloxam 1957, pág. 157.

143 - Cf. Wikipedia, Statute of Monopolies 1624.

144 - Art. 1, 8, 8.

145 - Cf. Wikipedia, voz copyright.

146 - En nuestros días, el ISBN.

147 - Carta a I. McPherson, del 13/8/1813; en Jefferson 1987, págs. 673-674.

148 - Dicha Oficina se resistió, por ejemplo, durante seis años a admitir como patentable el empleo de remaches metálicos para bolsillos de pantalones, como pedía el inmigrante judío alemán Levi Strauss para lanzarse a la aventura de fabricar masivamente sus jeans. En 1848 obtuvo al fin la patente, y un tercio de la población planetaria se convertiría en cliente suyo.

149 - Stuart Mill 2004 (1848), pág. 6.

150 - Stuart Mill, ibíd., pág. 135.

151 - Su prototipo es la «agonía» del atleta olímpico, que sale triunfante de su apuesta competitiva combinando lo sufrido del guerrero con lo diestro del sabio. La rivalidad de ese «jugador» parte de «reglas absolutamente obligatorias aunque aceptadas sin coacción […] unidas a la conciencia de "ser de otro modo" en la vida corriente» (Huizinga 1969, pág. 7).

152 - Esa será la tesis del Malthus viejo, en sus Principios de economía política (1820); cf. Malthus, en Siegel 1973, págs. 353-354.

153 - Godwin, cap. X in fine.

154 - Véase más adelante, pág. x.

155 - Stuart Mill 1984 (1848), pág. 385.

146 - Owen, en Spiegel 1973, pág. 516.

157 - Aunque España no se distinga entonces por sus iniciativas democráticas, sino más bien por el patriótico «vivan las cadenas» que restaura a Fernando VII, también corresponde al breve interludio representado por sus Cortes de Cádiz (1812) poner en circulación el sentido político de los términos «liberal» y «liberalismo».

158 - Jefferson, por ejemplo, se propuso ofrecer a Say una cátedra en la recién fundada Universidad de Virginia, considerando que su texto era «más corto, más claro y más sólido» que el tratado de Smith. Su orden expositivo (distribuyendo la materia en producción, distribución y consumo) será imitado por innumerables manuales.

159 - Sismondi, en Durkheim 1982, pág. 163.

160 - Say, en Spiegel 1973, pág. 312.

161 - Lerner 1939, en Schumpeter 1995, pág. 685.

162 - Say, en Spiegel ibíd.

163 - El tratado de Say quiere calcarse sobre la famosa declaración de su predecesor: «El doctrinario cree que puede organizar a los diferentes miembros de una sociedad grande de un modo tan desenvuelto como quien dispone las piezas de ajedrez sobre un tablero […] sin percibir que en el vasto tablero de la sociedad humana cada pieza tiene un motor propio, independiente por completo del que la legislación elija imponerle» (Smith 1997, pág. 418).

164 - En su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Keynes dirá: «La oferta crea su propia demanda en el sentido de que el precio de la demanda agregada es igual al precio de la oferta agregada» (Keynes 2008, pág. 21).

165 - Sismondi 1847, Prefacio, en liberdtyfund.org.

166 - Sismondi en Halévy 1965, pág. 13.

167 - Los Principles de Ricardo han aparecido dos años antes de que Sismondi publique los suyos.

168 - Sismondi, ibíd. Algo más adelante vuelve sobre Malthus, pare recordarle: «Los límites naturales de la población son siempre respetados por quienes tienen algo, e ignorados por quienes nada tienen».

169 - El conjunto de bienes y servicios demandados por una economía compleja, que desde Keynes se obtiene sumando consumo, inversión, gasto estatal y exportación neta.

170 - El eje técnico de su crítica al equilibrio automático es precisamente el llamado análisis de periodos. La renta monetaria de cualquier fase t, por ejemplo, depende de procesos cuyas mercancías sólo están disponibles desde el momento t+1, aunque pueden ser gastadas en el momento t-1.

171 - Su estoicismo brilla en el De la riqueza comercial (1803), cuando comienza diciendo: «Un benéfico decreto de la Providencia, que nos dio escasez y sufrimientos, despertó nuestra actividad y nos impulsó a desarrollar la totalidad de nuestro ser»; Sismondi 1803, en socserv.mcmaster.ca/econ.

172 - Sismondi 1847, en libertyfund.org.

173 - Sismondi, en Durkheim 1982, pág. 169.

174 - Sismondi, en Spiegel 1973, pág. 365.

175 - Junto a su obra de economista acometió empeños como una insuperada Historia de las repúblicas medievales italianas en 16 volúmenes, que le hizo famoso ya desde 1804, y una Historia de los franceses en veintitantos. También renovó profundamente la crítica literaria, introduciendo la disciplina que hoy llamamos literatura comparada.

176 - Marx 1985, pág. 209. Sobre la annona romana, véase vol. I, pág. 82. En efecto, proletarius era sinónimo de hombre libre venido a menos, que recibía vales de alimentación cuando el erario público de cada ciudad podía permitírselo.

 




 

© Antonio Escohotado 2013
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