LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

DE CÓMO LA PROPIEDAD SE INDUSTRIALIZÓ

 

«A menudo se ha descrito el cuadro de un ciego que al recobrar súbitamente la vista percibe la luz del alba y su sol llameante. Ante esa pura claridad lo inmediato es el olvido de sí, la admiración absoluta, pero a medida que el sol se eleva va percibiendo objetos en el medio, desciende hacia su propio fuero interno y descubre la relación recíproca. Cuando llega la noche el sol externo le ha ayudado a construir un sol interno, cuyas luces son más dignas de atención aún […] Retengamos esta imagen: contiene ya el curso de la historia universal, la gran jornada del espíritu.»

G. F. W. Hegel1


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Recapitulación y secuencia

«Los historiadores no tienen que pasar casi nunca por el riesgo de la destitución. Quizá serían mejores historiadores si corriesen ese riesgo.»

R. Carr2.


Cuenta el Libro que Adán y Eva vivían en un paraíso, del cual fueron expulsados «cuando una serpiente astuta les propuso «hacerse como dioses»3 si cataban lo único prohibido de su entorno, que era la manzana ofrecida por el árbol del conocimiento sobre el bien y el mal. La serpiente no dejaba de tener razón, ya que su prole —optando por conocer— acabaría por enseñorearse de la tierra y el resto de los animales; pero la desobediencia seguía mereciendo castigo, y fueron condenados a anticipar la muerte y ganarse laboriosamente la vida. El genio literario que narró así el fin de la inconsciencia quizá no quiso ser tomado al pie de la letra, y menos aún supuso que una aspersión con agua bendita borraría eventualmente el pecado original.

Pensó algo tan inaudito como vivir al amparo de la muerte y el esfuerzo, alumbrando una esperanza que la rama profética del judaísmo alimentó hasta descubrir la redención mesiánica y el más allá de vida celestial, prometido a quien en el más acá promueva una sociedad libre de avaricia, donde no existan ni el Tuyo ni el Mío. Desde entonces partimos una lanza a favor o en contra del proyecto comunista, ignorando por sistema aquello que la historia de su empresa enseña sobre nosotros mismos, y dos milenios más tarde unos verán en Marx «la razón objetiva absoluta»4, tanto como otros «una doctrina ilógica y tosca»5.

Ambos se revelan igualmente ajenos al principio de neutralidad valorativa, y a la evidencia de que abolir el Tuyo y el Mío era una semilla llamada a alternar fases de germinación y de espora, pero en ningún caso a desaparecer. El comunista moderno preferiría ignorar sus orígenes, el anticomunista ignorar la sempiternidad de su adversario, y a esa coincidencia de intereses cabe atribuir el rústico estado de conocimientos que reina en la materia.

Contribuye ciertamente a ello que ningún proyecto plantee con intensidad pareja el conflicto entre sentido común y fanatismo, deber y ser, justicia intemporal y «suerte guiada por circunstancias de competición»6; y verificaremos hasta la saciedad que en este orden de cosas el nexo entre designio y resultado, voluntad e inteligencia debe inscribirse en el marco de la historia general o se condena a distorsionarla. La primera parte de esta investigación expuso el periodo comprendido entre el escriba bíblico y la Revolución francesa, siendo el objeto de esta segunda la eclosión del socialismo, pero median cinco años entre aquel volumen y este, durante los cuales aprendí a matizar algunos conceptos, y antes de reanudar la crónica no parece ocioso un resumen drástico de lo descubierto.

I. El equívoco acerca de la sociedad esclavista

La Biblia hebrea manda «amar al prójimo como a ti mismo»7, y desde el siglo IV a. C. todas las escuelas socráticas —en particular la estoica, con mucho la más influyente— denuncian la esclavitud. Aprendimos a suponer que cuanto más nos remontásemos en el tiempo más común e inhumana se iría haciendo la servidumbre, y que la existencia de personas sin personalidad jurídica solo fue cuestionada seriamente cuando Jesús mandó amar a los demás. Pero repasar el asunto demuestra que la relación entre el cristianismo y el abolicionismo no solo es inexistente, sino algo análogo al recuerdo encubridor en sentido psicoanalítico.

Hacia el año 100, cuando aparecen las primeras ediciones del Nuevo Testamento, el mundo mediterráneo es un medio de amos y esclavos ajenos por igual a mitigar la intemperie con ingenio técnico y tenacidad. La senda del trabajo especializado solo ha sido recorrida como fuente de independencia y orgullo por griegos y fenicios8, obligados a florecer fugitivamente ante el acoso de Roma, una cultura para la cual el bien nacido solo puede refinarse practicando el ocio, pues «la retribución no es sino pago de la servidumbre»9. Allí todos los oficios salvo el bélico y el pontificado acaban confiándose a un servus que constituye un mueble de naturaleza especial, duerme a menudo custodiado por grilletes y se insurge a la menor ocasión. «Tantos esclavos, tantos enemigos», reza el refrán romano, y fue un hito sin precedente religioso que el Nuevo Testamento les ordenara no solo obedecer sino «servir a sus amos terrenales con temor y temblor, de corazón»10.

En ámbitos distintos del romano el siervo era un miembro humilde de las familias, que a juzgar por la literatura griega muchas veces quiere y resulta querido entrañablemente11. En Egipto —donde la huelga no estuvo prohibida antes de caer bajo el yugo romano12— la esclavitud nunca fue una institución difundida, y hoy sabemos que las tres grandes pirámides son obra de trabajadores libres13. En Mesopotamia sabemos también que durante un lapso temporal muy dilatado —desde el Código de Hammurabi (2100 a. C.) hasta el periodo neo-babilonio (517 a. C.)— el esclavo estuvo capacitado, por ejemplo, para adquirir propiedad y emanciparse mediante matrimonio con una mujer libre14. Solo los romanos podían disponer de su vida a discreción15, y eso explica que a despecho de ser empresas suicidas, castigadas siempre con la crucifixión, la República haga frente a tres «guerras serviles». Las dos primeras sublevan toda Sicilia, del 135 al 132, y de 104 al 100 a. C., la tercera se extiende a toda Italia con Espartaco (73-71 a. C.)16, y revueltas de menor entidad resultan sencillamente innumerables.

No contento con mandar al esclavo que sirva fielmente a su amo, el Nuevo Testamento rearma moralmente el culto de Roma a la fuerza bruta, declarando que «quien se resiste a la autoridad se rebela contra Dios»17. El Evangelio es el primer culto en proponer cosa análoga, pues prefiere la sociedad militar a la comercial y su destino será perpetuarla como sociedad clerical-militar. Con ello se desvía también del Antiguo Testamento, que manda al amo no prolongar la sumisión del esclavo más allá de seis años, dándole al séptimo medios para reanudar decorosamente una vida libre18. Las primeras versiones escritas de la Biblia hebrea no son anteriores al VI a. C., y casi con certeza fueron influidas por el edicto de Ciro el Grande, que emancipó entre otros a los rehenes judíos de Babilonia:

«Las personas serán libres en todas las regiones de mi imperio para desplazarse, adorar a sus dioses y emplearse, mientras no violen los derechos de otros. Prohíbo la esclavitud, y mis gobernadores y sus dependientes quedan obligados a prohibir la compraventa de hombres y mujeres»19.

Ciro empezó derrotando a Asiria, una nación precozmente dedicada a la captura y reventa de poblaciones20, y reunió el imperio más extenso de los conocidos hasta entonces por un procedimiento tan insólito —y políticamente eficaz— como preferir la aquiescencia al terror de sus súbditos. Si cargásemos con la fábula del Nuevo Testamento como campeón del abolicionismo Ciro sería un humanista excéntrico en vez de lo que es: una etapa tardía de la reacción antigua ante el hecho de que el trabajo voluntario se transforme poco a poco en involuntario, y arrastre el baldón de la infamia.

Siglos antes había dicho Hesíodo que el trabajo no es un castigo divino sino lo más valioso para el «hombre común», gracias al cual «su nobleza se torna comparable a la virtud de los héroes antiguos»21. Hacia esos años, en el 712 a. C., el faraón Bocoris deroga la costumbre «nueva y perversa» de que puedan pagarse las deudas de juego vendiendo la libertad de la esposa o los hijos22. En 594 a. C., cincuenta años antes del edicto de Ciro, el legislador ateniense Solón deroga a toda prisa una esclavitud debida al impago de préstamos que suscita zarpazos de guerra civil, y añade a lo dicho por Hesíodo que ninguna polis será próspera si «trabajar es infamante, y la vocación del mercader no resulta honorable»23.

En la centuria siguiente, cuando Herodoto componga sus Historias, la más repetida digresión del texto es que naciones tan distintas como las de su tiempo tengan en común un principio de reciprocidad, lo cual significa que no son todavía sociedades esclavistas. Durante el apogeo de Atenas que representa la égida de Pericles (461-429 a. C.), asegurar el empleo de artesanos, comerciantes y otros hombres libres determina que la Acrópolis —una tarea de cuatro décadas— se levante sin recurrir apenas a mano de obra servil. La ciudad es consciente aún de que su democracia ha nacido de profesionales emprendedores, cuya existencia se vería socavada antes o después por un competidor como el esclavo, y entiende que el crecimiento de los recursos peligra si su generación y distribución se delega en alguien cuyo único estímulo es evitar castigos.

Pero el defecto más ostensible del entendimiento humano es su debilidad a la hora de considerar el largo plazo, y un par de generaciones después las clases medias griegas se muestran dispuestas a cavar su propia tumba, invirtiendo masivamente en «herramientas humanas»24 hasta convertirse en una sociedad deficitaria más. Han hecho justamente lo contrario de aquello que recomendaba Solón, exaltando cualquier vocación distinta de la mercantil, y su mundo no tardará en ser sometido por quienes nunca desarrollaron maestría distinta de la bélica.

1. La consolidación de un mundo extramercantil. Añadido al desahogo inmediato, el éxito de las legiones romanas pareció confirmar que los sabios de Egipto, Grecia, Persia e Israel estaban equivocados, y que la sociedad esclavista no solo era deseable sino sostenible. A tal punto es esto así que ni un solo escritor latino —y ni un solo apologeta cristiano— relaciona el reino del trabajo sin incentivo económico con la lenta agonía material de Roma, ni con el hecho de que los profesionales libres fuesen desapareciendo hasta convertirse en gentes mantenidas con vales de racionamiento, precoz manifestación de masas proletarizadas por carecer de propiedades y empleo.

Por lo demás, a partir del último gran botín —el tesoro de Marco Antonio y Cleopatra—, el expolio del exterior no tiene otra alternativa que ir girando hacia el interior, y el bálsamo que el Nuevo Testamento derrama sobre un Imperio condenado a autodevorarse es la renuncia a «este mundo». La inmortalidad se conquista practicando el desgarramiento entre la pureza del más allá y la inmundicia del más acá, que santifica la pobreza y odia la concupiscencia25. Tanto rechaza los dones convencionales que bendice en primer término al «pobre de espíritu»26, mientras espera con viva impaciencia el fin del mundo anunciado por su Apocalipsis.

Las comunas cristianas ven en esa catástrofe «inminente» un motivo adicional para compartir los bienes —pues ayuda a evitar el contagio con oficios paganos—, y aunque el cataclismo cósmico se posponga hay por delante mil años de miseria creciente, donde el ideal del aristócrata ocioso y el del pobre por ánimo o rango social se funden en detrimento de cualquier estrato intermedio27. Uno realimenta la escasez viviendo de trabajo no remunerado, el otro sanciona el destierro de la eficiencia con grados crecientes de desprecio por el profesionalismo, y ambos identifican al «hombre de negocios» como embajador del Maligno28, insistiendo en lo incompatible de Dios y el Dinero.

Nada más consolador, por otra parte, cuando el abastecimiento comienza a desplomarse y toca volver al trueque en especie, una condición que reduce espectacularmente la cantidad y calidad de los bienes disponibles. Al asegurar al esclavo que sus oportunidades de salvación son óptimas29, el Nuevo Testamento encuentra en esa muchedumbre de infelices su feligresía inicial y va penetrando por la puerta trasera de los hogares paganos, fortalecido con cada empeoramiento de la vida en un Bajo Imperio donde reina la pena de muerte para quien pretenda cambiar de oficio o tan solo de domicilio.

Eventualmente, el plan de mantenerse humano a costa de un subhumano logra que todos sean lacayos de la penuria, empezando por el títere de vida muy breve llamado Emperador, y no hay entonces otra alternativa que compartir el gobierno con la resignación cristiana, como ocurre desde Constantino, pues solo ella aplaca al menesteroso con su promesa de un más allá halagüeño para el pobre en general. Promovidos a gobernadores adjuntos, los obispos sustituyen el principio de compartir los bienes por una práctica de limosnas piadosas, que les granjea los primeros reproches de traición al espíritu evangélico. Sin embargo, asegurarles todo un hemisferio del poder político confirma que se ha dado efectivamente el paso hacia una sociedad donde el trabajo deja de pagarse, provocando el colapso de todo otro mercado distinto del de esclavos. Con ello se abre camino también la idea de «prestar sin esperanza de que te sea devuelto»30 como forma idónea para perpetuar el crédito, mientras la Patrística desarrolla una teoría de la compraventa como fraude inevitable para alguna de las partes contratantes31.

En vez de padecer la movilidad social que san Basilio y san Agustín llaman «mórbida» —donde acabarían prosperando los mercaderes—, el juego de oferta y demanda es sustituido por un sistema de obsequios mutuos entre superiores e inferiores. El trabajo ya no es una mercancía, contaminada por la vileza del dinero, y se reconduce al obsequio que el pueblo hace a cambio de la protección regalada por «quienes siempre rezan y quienes siempre luchan». Como observa Engels:

«Hace casi exactamente mil seiscientos años actuaba también un peligroso partido de la subversión, que llevaba muchos años haciendo un trabajo de zapa. [...] Este partido de la revuelta, conocido como los cristianos, tenía también una fuerte representación en el ejército. Diocleciano dictó una ley contra los socialistas, digo, contra los cristianos. Y la persecución dio tan buen resultado que diecisiete años más tarde el ejército estaba compuesto predominantemente por ellos, y Constantino proclamó el cristianismo como religión estatal»32.

Trabajar deja de ser el baldón del esclavo en cierto sentido, pues este resulta ser el favorito de Dios, aunque sigue ejerciendo una actividad obligatoria y no remunerada. En 476, cuando Roma caiga definitivamente y los bárbaros asuman la carga de sostener la civilización, acercarse al mundo donde todos regalan a todos sus energías —eventualmente llamado Paz de Dios— exacerba el déficit productivo, diezma a la población y promueve una desidia elevada a extremos artísticos: el inferior corresponde al superior sembrando sus tierras con un kilo de grano, sin obtener cosechas superiores a dos o tres. La historia políticamente correcta33 no niega estas circunstancias aunque tampoco las correlaciona, y una bruma piadosa envuelve el experimento de crear la sociedad realmente extramercantil.


II. Las edades oscuras

A partir del siglo VIII, el señorío europeo admite sin ambages que su única fuente de liquidez es capturar buenos ejemplares de europeos de ambos sexos —jóvenes, sanos y si posible apuestos— para vendérselos a bizantinos y árabes34. Con todo, esa misma penuria hace inviable seguir prestando los auxilia debidos tradicionalmente al esclavo, y de dicha situación parte el siervo, un individuo que carga con su propio sostén sin dejar de deber sumisión, atadura a la gleba y tres días semanales de trabajo gratuito.

Para entonces los intercambios patrimoniales se han hecho inviables, los negotiatores han desaparecido, y el desvanecimiento del metálico es saludado como cura idónea para la codicia35. Paralelamente, ha desaparecido el derecho de ciudadanía —que aseguraba al nacido libre en cierto territorio ser considerado humano a todos los efectos—, y su lugar lo ocupa el rito de reconocimiento expreso de cada homo, llamado por eso homenaje o selección (Mannschaft), donde el aspirante se arrodilla y juntando las manos promete a algún superior: «Jamás tendré derecho a retirarme de vuestro poder y protección». Aquello mismo que había hecho demasiado caro mantener al esclavo impedía sufragar una represión eficaz del desertor, y empezaron a ser desafiadas tanto la atadura a una gleba como la condena de la compraventa.

Los primeros en hacerlo fueron marinos y caravaneros, gente lo bastante recia como para reanudar el comercio en un medio donde a los invasores vikingos, magiares y sarracenos se sumaban bandidos locales y la soldadesca de cada señor, prestos todos a requisar cualquier cargamento. Arrostrando no solo tales peligros sino el desarraigo físico, y la condena moral del prójimo, esos pioneros decidieron emanciparse por el procedimiento de cobrar su trabajo, y no iban a faltarles cómplices en un horizonte de leprosarios y guerras privadas, donde restablecer las comunicaciones equivalía a posibilitar el burgo y, con él, una alternativa cívica a las seguridades de la servidumbre.

1. Los altibajos del resentimiento. En la transición del alto al bajo Medievo la piedra de escándalo es el contraste entre campesinos conformes con regalar trabajo y el número mucho menor aunque creciente de objetores, cuyos herederos acabarán intercambiando rango social por crédito. San Bernardo, convocante de la primera Cruzada, les acusa de ampliar las relaciones voluntarias a expensas de las heredadas, y sembrar necesidades artificiales que empiezan por el dinero mismo. Por otra parte, la impiedad de esos aventureros tuvo como beneficiario inmediato al señorío clerical y militar —enriquecido de modo espectacular por la aparición de ciudades que pagaban tributo y multiplicaban el valor de sus tierras—, y como beneficiario mediato al campesino, que disponiendo de compradores convirtió su refinada indolencia en capacidad para sembrar un kilo de grano y recoger doce o catorce, en vez de los dos o tres acostumbrados.

Entretanto, el principio de sumisión a los poderes heredados excluía odiar al rico por cuna o estamento, y el rencor legítimo se concentraba en quienes iban promocionando merced a suerte y esfuerzo personal. Esos nuevos ricos habían encontrado en el notario un héroe civil tan imprevisto como lo fuera el caravanero generaciones antes, cuya colaboración permitió difundir instrumentos jurídicos y contables aptos para movilizar la propiedad enfeudada y administrar negocios. A ellos dedica en 1270 su diatriba el Roman de la rose:

«La tierra concedía pródigamente toda la riqueza necesaria […] hasta aparecer demonios enloquecidos de rabia y envidia […] que inventaron la Codicia creadora de dinero y la Avaricia que lo pone bajo llave»36.

Y, en efecto, desde el siglo previo la llamada revolución comercial37, va derogando los decretos de Carlomagno, Luis el Piadoso y otros monarcas europeos que facultaban para requisar a comerciantes distintos de sus particulares fideles, provocando un progreso paralelo de la renta y la discordia. En teoría, la estabilidad estaba asegurada con los estamentos encargados de laborar, orar y luchar respectivamente; pero dentro del orden plebeyo unos cifraban su honor en el inmovilismo y otros se emancipaban, amparados en ciudades comerciales cuyos perímetros fueron blindándose con murallas, hasta tornarse inexpugnables.

Preservada otrora por el estancamiento económico, la hegemonía del imaginario pobrista38 experimenta esa movilidad social como renuncia al esquema protector-protegido, en momentos donde la resurrección de ferias y mercados erosiona los ideales del eremita, el misionero y el caballero andante. Tras una espiral de tumultos y saqueos en el campo y las ciudades, que incluyen la aparición de fugaces reyes mendigos, el primer ensayo masivo de «restitución» se proyecta hacia fuera y es la cruzada de santos indigentes (pauperes), que tras reunir a cientos de miles se lanza en 1097 a conquistar en Jerusalem un sepulcro remoto y por fuerza vacío39.

Lo siguiente serán cruzadas internas, donde clero y nobleza apartan por un momento sus diferencias para frenar los cambios con el terror inquisitorial, en un marco de premoniciones apocalípticas que inspira el éxito simultáneo de las órdenes mendicantes y el de herejes afectos al civismo, cuyo prototipo son las diversas ramas valdenses. El siglo XIV empieza y termina con alzamientos de campesinos y burguenses contra los privilegios del señorío, donde los nostálgicos de la comuna evangélica luchan unidos con quienes quieren consolidar la incipiente sociedad comercial.

Al llegar la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) los nostálgicos del ayer y los aspirantes a un futuro distinto están ya tan divorciados como el agua y el aceite, pues sin perjuicio de guerrear sin cuartel la confesión de Lutero y la de Trento coinciden en que el buen cristiano debe hacerse razonablemente próspero. Exaltan al profesional previsor, ignorando al pobre de espíritu y hacienda bendecido por el Sermón de la Montaña40, y esa traición al ideal de la santa indigencia desata un rosario de guerras campesinas guiadas por teólogos de la expropiación como Zelivski, Müntzer y Leiden. Marx les considera exponentes del «comunismo elemental, donde consumar la envidia hace de ella una potencia autónoma»41.


III. Hacia el comunismo moderno

Tras la derrota del integrismo husita, que se impone en Bohemia durante varias décadas, y la ulterior de los campesinos alemanes, cualquier iniciativa análoga al alzamiento comunista desaparece del mapa europeo hasta finales del XVIII. Entretanto, la revolución comercial ligada al medio urbano se prolonga hasta lo más profundo del campo mediante granjeros que desde el siglo XVI se toman el trabajo de construir establos sólidos, y son capaces por eso mismo de omitir el periodo de inactividad o barbecho, tradicionalmente aplicado a un tercio del terreno cultivado. Animales mejor atendidos multiplican el estiércol requerido para mantener más superficie sembrada, y alternar cereales con forrajes y plantas como el trébol, útiles para fijar el nitrógeno, eleva la resistencia del terreno ante plagas hasta entonces endémicas.

La tierra rindió poco a poco más, y luego mucho más, hasta tornarse suficiente para sostener no ya crecimiento sino una transición demográfica, como la que se observa en aquellos países donde prosperan la Reforma y el espíritu profesional. Aunque los líderes comunistas desaparecen durante dos centurias largas, ese eclipse de la práctica es paralelo a un despertar del comunismo teórico, que desde el Utopía (1506) de Tomás Moro racionaliza el principio de igualdad material con un género literario cada vez más popular42, cuya seriedad moral retorna con el comunismo ilustrado de Mably y Morelly. El Código de la naturaleza (1755) de este último inspira en 1795 la Conjura de los Iguales de Babeuf, guiada por el Manifiesto que dice: «El bien común es la comunidad de bienes, y vuelven los días de la restitución general»43.

El eslabón entre Morelly y Babeuf es el esfuerzo jacobino por fundar en Francia una nueva Esparta44, que transforma el ensayo de democratizar el país en la primera figura del Estado totalitario, poniendo en circulación el término capitaliste como sinónimo de antipatriota y confiando su exterminio al sans culotte45. El fin de las guerras de religión no ha minado el ánimo capaz de sentir la disparidad de criterio como crimen, ni el hábito de agredir en legítima defensa, y la recién creada religión política tiene su eminencia moral en Marat, cuya filantropía se combina con pedir «a los buenos ciudadanos que acudan a las cárceles, para degollar allí a los traidores». Un año después propone una dictadura ejercida por «la masa de infelices movidos a trabajar para vivir»46, y cuando sea asesinado su cadáver desfilará por París como «un Dios, que detestaba como Jesús a los ricos y las sabandijas»47.

Entre las tesis de la Montaña, donde se agrupan Marat, Robespierre y el resto del integrismo jacobino, está que el derecho a conquistar, requisar e imponer trabajos forzosos —recién suprimido con la abolición del feudalismo— debe restaurarse y pasar a manos de los tribunos revolucionarios, o la masa infeliz no disfrutará del desahogo derivado de incautar a sus parásitos. Lógicamente, sobran la Declaración de Derechos del Hombre —que «otorga al contrarrevolucionario medios tramposos para oponerse a su merecido exterminio»48— y cualquier precepto ajeno a la necesidad de un poder omnipotente, pues «llega la guerra abierta de los ricos contra los pobres, donde para no ser aplastados debemos adelantarnos […] rindiendo a la diosa Libertad el homenaje de un holocausto»49.

A esta inmolación añade el patriota un propósito de regimentar la actividad económica con una Ley de Precios Máximos —que crea el mayor fenómeno de desabastecimiento conocido en la historia de Francia—, mientras la Montaña redescubre el dinero metálico como vileza y concibe otra vez el mercado como «cueva de ladrones»50, derogando de paso cualquier medida previa adoptada para moderar la autoridad coactiva. Vigilar al vigilante se convierte en una suspicacia infundada, contigua al sabotaje, dado que buena fe e inspiración son rasgos inherentes al empeño patriótico51, y tras pasar Robespierre por la guillotina la añoranza de ese fervor perdido inspira a Babeuf su «libertad política significa para nosotros igualdad económica», que podemos considerar acta de nacimiento para el milenarismo laico.

En principio, el Milenio Laico —como lo bautiza Owen en 1817— es racionalista y deja atrás las bendiciones ascéticas centradas en el pobre de espíritu y el afligido, viendo en el desarrollo tecnológico el germen de una existencia «muy superior al quimérico Edén»52. Su meta es simplemente la más completa autonomía teórica y práctica del género humano, y lo único que la distingue de otros proyectos libertarios es no poder ser desmentida por fracasos. La formidable energía filantrópica de Owen le permitirá poner en práctica hasta tres ensayos de sociedad comunista, donde miles de personas inician cada experimento apoyándose en el obsequio de la maquinaria más moderna. Comprobar cómo cada uno de esos «proyectos de concordia» se desintegra precisamente en virtud de discordias no le mueve a revisar su planteamiento, pues es «innegablemente el racional»53.

Atípico por pacífico, su comunismo es el primer ejemplo de una iniciativa racionalista tan segura de sí como de alguna verdad religiosamente revelada, y la pregunta oportuna es ¿de qué depende que un proyecto laico pueda ser inmune al desaliento? Para averiguar algo preciso al respecto necesitamos conocer el detalle de cada empresa igualitarista, y a eso se dedican las páginas siguientes, aunque lo descubierto en el primer volumen no se completa sin considerar la magia y el refuerzo del inconsciente, innegables ancestros de la razón humana.

 

NOTAS

1 - Hegel, 1967, pág. 82.

2 - Carr 1986, pág. 10.

3 - Génesis 3.22.

4 - Sartre 1963, vol I, pág. 42.

5 - Keynes 2004, pág. 33.

6 - Keynes, ibíd, pág. 20.

7 - Levítico 19:18.

8 - Zenón de Citio, por ejemplo, fundador del estoicismo, fue hijo de un comerciante fenicio y se ganaba la vida con esa profesión hasta abrir su escuela, o al menos eso afirma Diógenes Laercio. Vimos ya en el volumen previo que la distinción entre judíos y fenicios es en alta medida artificiosa.

9 - Cicerón, Sobre los oficios I, 42.

10 - Pablo, Epístola a los efesios 6:5-7.

11 - En la Hélade nunca reinó un poder absoluto del amo. El maltrato infundado era denunciable por cualquier testigo, y los siervos resultaban recibidos en los hogares como las novias, presentándoles una fuente con nueces y fruta fresca. Hay un amplio y documentado análisis en Wikipedia (Slavery in Ancient Greece).

12 - Véase más adelante, pág. X.

13 - La evidencia apareció en 1990, estudiando sus tumbas; cf. news.bbc.co.uk/2/hi/8451538.stm.

14 - Cf. Westermann 1937. Su primera mención escrita parece ser un ideograma sumerio cuyo sentido es «varón foráneo», y no ofrece duda que esta institución fue originalmente la suerte de los derrotados en combate. Esclavo es por su parte un neologismo carolingio derivado de «eslavo», pues los principados balcánicos fueron durante la alta Edad Media el principal campo de caza con presa humana.

15 - La ferocidad empezó a moderarse con el emperador Claudio. Desde Antonino Pío y Marco Aurelio matar al siervo es homicidio, abandonarlo equivale a emanciparlo y maltratarlo exige proceder a su venta (confiando en un amo menos cruel). Sin embargo, ya a partir de Cómodo —el sucesor de este último— la normativa humanitaria irá cayendo en desuso.

16 - En esta última los sublevados empiezan derrotando a los dos cónsules de Roma, cada uno al frente de su ejército, y solo sucumben ante diez legiones de Craso, apoyadas por otras cuatro de Pompeyo, la mayor fuerza militar reunida hasta entonces.

17 - Pablo, Epístola a los romanos, 13:2.

18 - Deuteronomio 15:12-13.

19 - Fechable hacia el año 539 a. C., el cilindro que contiene su texto en caracteres cuneiformes se exhibe en la sede de la Asamblea General de Naciones Unidas.

20 - Lo mismo puede decirse de Esparta desde la segunda guerra mesenia (685-668 a. C.), que convierte a todo ese pueblo en esclavo estatal o ilota.

21 - Los trabajos y los días, IV, 30 y ss. En otro pasaje alude a que el trabajo es el destino universal del hombre, «aunque solo podrá con él» quien esté dispuesto a abrazarlo de modo entusiasta (III, 300). Hesíodo puede considerarse el fundador de la economía política, porque además de rechazar el ideal de ociosidad propone hacer frente a «la escasez» con un espíritu competitivo que llama «buena emulación».

22 - Westermann, ibíd.

23 - Plutarco, Vida de Solón 2, 3.

24 - En la Atenas del siglo iv hay ya una docena de esclavos por cada ciudadano laboralmente activo. Sobre los puntos de partida y consecuencias concretas de esa delegación, véase vol. I, págs. 48-53.

25 - Santa Teresa resume con elegante sencillez el conflicto entre el espíritu y la carne cuando escribe: «Y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Sin embargo, el cristianismo es hasta el Renacimiento un culto donde los objetos más venerados resultan ser huesos, y el gusto por la mutilación determina que «cuanto más nauseabunda fuese una reliquia más garantizado estaba su carácter sagrado» (Harnack 1959, pág. 314). Flavio Josefo, un contemporáneo de Juan Bautista, atestigua que los esenios como él «tienen lo feo por hermoso» (Guerras 2,7).

26 - Mateo, 5:3. El Sermón de la Montaña menciona a continuación «los afligidos […] los sedientos de justicia […] los misericordiosos […] los corazones puros […] los pacíficos […] y los perseguidos por la justicia» (5:4-10).

27 - Como observan Engels y Marx, «con la concentración en latifundios y al convertirse las tierras de labranza en pastos (algo acelerado por la importación de cereales robados a otros en concepto de tributos) casi desapareció la población libre, mientras los esclavos debían ser constantemente reemplazados por otros nuevos […] Los plebeyos, que ocupaban una posición intermedia entre el libre y el esclavo, no pasaron nunca de ser otra cosa que una especie de lumpenproletariado (Engels-Marx 1965, págs 275-276, subrayado suyo).

28 - Apocalipsis 18:15. En el párrafo siguiente menciona a los que «fletan y gobiernan barcos».

29 - San Pablo precisa: «¿Eres esclavo? No te preocupes. Aunque puedas convertirte en libre, aprovecha más bien esa condición. Pues el esclavo es un liberto de Dios, tal como el libre es un esclavo de Cristo» (Corintios, 7:20-23).

30 - Lucas 6, 34-35.

31 - Véase vol. I, págs. 201-204. Lógicamente, la única compraventa sin damnificado forzoso es la de esclavos, pues tanto él como su amo se salvan «siendo sumisos a toda ordenación humana» (Epístola de Pedro, 2:13).

32 - Engels 1995, págs 82-83.

33 - En definitiva, púdica al tiempo con el catolicismo y con el comunismo.

34 - Desde el Concilio de Clichy (626), una larga y unánime serie de sínodos atestigua la conformidad de la Iglesia, preocupada únicamente por los casos donde el cautivo pueda perder no solo su libertad sino la vida eterna (por ser vendido a judíos o musulmanes); véase vol. I, págs. 222-224.

35 - «Lucro», por ejemplo, será un término lo bastante obsceno como para abandonar las crónicas desde el siglo VII al X, como demostrará la ingeniosa investigación del medievalista McCormick. También las expresiones «deudor» y «acreedor» se ven sustituidas por «sufragador» y «sufragáneo», depuradas de resonancia mercantil. Véase vol. I, págs. 210-224.

36 - J. de Meung, vv. 9561-9598.

37 - Unida a la letra de cambio, el cheque rudimentario descubierto por la Orden del Temple, la contabilidad por partida doble y los usos que acabarán codificados como ius mercatorum o derecho comercial.

38 - Sobre las tesis pobristas o ebionitas originales, véase vol. I, págs. 139-150.

39 - Por supuesto, hallar allí el más mínimo residuo orgánico desmontaría la creencia de que Cristo resucitó, moviendo a pensar que el Nuevo Testamento no es verídico.

40 - Jesús dijo: «No os inquietéis por lo que comeréis y beberéis, o por cómo iréis vestidos, cosas que solo preocupan a los gentiles» (Mateo 6:31-33). El cristiano posrenacentista piensa más bien que alms is no charity («la limosna no es caridad»), y amenaza al indolente no enfermo o impedido con casas de corrección, donde solo comerá quien trabaje.

41 - Marx 1965, pág. 71. «Su secreto a voces», añade, «es compartir a las mujeres». En su panfleto Contra las hordas asesinas (1525) Lutero argumenta que «el Evangelio condiciona la comunidad a compartir los propios bienes de modo espontáneo y voluntario, como hicieron los apóstoles y sus discípulos […] Nuestros campesinos se empeñan en apoderarse de lo ajeno, y retener para sí los bienes propios» (Lutero, en Engels 2009, pág. 397).

42 - Desde La ciudad del sol de Campanella, la descripción de «islas igualitarias felices» suscita una decena de superventas (véase vol. I, págs. 454-458) precursores de la ciencia-ficción, entre ellos la sátira de Swift al propio género que es Los viajes de Gulliver (1726).

43 - En el vol. I, pág. 553, el lector encuentra un fragmento más amplio del Manifiesto, redactado por S. Maréchal a petición de Babeuf.

44 - Sobre la Nueva Esparta jacobina véase vol. I, págs. 512-513; y sobre el comunismo espartano propiamente dicho, págs. 62-65.

45 - El sans culotte —llamado así porque no vestía los calzones de seda propios del hombre distinguido— detestaba al aristócrata y al burgués con algo análogo al odio de clase, aunque no fue una clase, sino «una actitud repartida entre tenderos, empleados, sirvientes, operarios y canaille» (Soboul 1983, pág. 653). Babeuf llama a este grupo unas veces «la gran secta» y otras «los patriotas».

46 - Carta de Marat a la Convención, del 21/9/1793. Inmediatamente antes, la misiva explica que «los ricos, conspiradores y maliciosos van en masa a las asambleas populares de distrito, y las llevan a tomar las decisiones más liberticidas […], desviándolas de participar en la represión de las maniobras criminales de los enemigos de la libertad».

47 - Cf. Schama 1989, pág. 744.

48 - Marat, en L'Ami de Peuple, 12/8/1792, pág. 2.

49 - Son términos de P. G. Chaumette, alias Anaxágoras, fiscal jefe de la Comuna Insurrecta de París en 1793; cf. Moya, 2007, pág. 213.

50 - Marcos 11:17; Mateo 21:23; Lucas 18:46. Míasma, el término griego para impureza, es el dinero desde la secta esenia, y seguirá siéndolo durante todo el medievo. Todavía a principios del siglo xvi, algunos husitas siguen negándose por eso a tocar el oro y la plata presentes en las armaduras y espadas de sus enemigos muertos o derrotados. Quedará prohibida la moneda de oro y plata, para imponer los pagarés revolucionarios como único instrumento de cambio,, y no faltarán jacobinos nostálgicos de los doblones espartanos, que eran piezas de hierro; véase vol. I, págs. 525-527.

51 - Ya a finales de 1793, al suscitarse en la Convención un debate sobre latrocinios atribuidos a los verificateurs, el diputado Roux —a quien sus colegas llaman «el cura comunista»— objeta que el cargo les otorga una «santidad laica», y solo «facultades ilimitadas» permiten servir fielmente a la justicia.

52 - Marx 1965, pág. 139.

53 - Owen 1837, pág. 2.

 




 

© Antonio Escohotado 2013
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