LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

XIX. UNA ILUSTRACIÓN AMBIGUA

“El cristianismo sólo predica servidumbre y dependencia. Su espíritu es demasiado favorable a la tiranía para que no sea siempre aprovechado por ella. Los verdaderos cristianos fueron hechos para ser esclavos, lo saben y no se conmueven por ello; esta corta vida tiene demasiado poco valor a sus ojos”119.


Benjamin Franklin (1706-1790), un genio polifacético120, dejó la escuela a los diez años movido por la pobreza y a los quince escribía bajo seudónimo sus primeros artículos. Tuvo tratos amistosos con Hume, y en el mismo año -1748- aparecen los Discourses de éste y sus Consejos para un joven comerciante, donde leemos:

“Piensa que el tiempo es dinero [...] Piensa que el crédito es dinero [...] Piensa que el dinero es fértil y reproductivo [...] Piensa que, como dice el refrán, un buen pagador es dueño de la bolsa de cualquiera [...] Guárdate de considerar como tuyo todo cuanto posees y de vivir según esa idea. [...] y verás lo que hubieras podido ahorrar y lo que aún puedes ahorrar en el futuro. Por seis libras puedes tener el uso de cien, supuesto que seas un hombre de reconocida prudencia y honradez. Quien malgasta inútilmente a diario un solo céntimo derrocha seis libras al cabo del año, que constituyen el precio del uso de cien”121.

Weber recuerda que semejante actitud habría pasado por “sucia avaricia” en épocas previas, y aprovecha para observar que el espíritu comercial y el precomercial no se distinguen por la avidez de oro122. La frontera está en sentarse sobre las propias monedas o regalarlas a la Iglesia -como hacían tradicionalmente los señores y los siervos- o desarrollar una mentalidad inversora. El consejo primario para el aprendiz de businessman es un “guárdate de considerar tuyo todo cuanto posees”, que le impide tanto atesorar como derrochar y le instala en un hábito “aplicable a la industria”. No debe considerar suyo lo que tiene porque lo tiene en función de otros individuos previsores y frugales, cuyo testigo asume mirando el céntimo precisamente para multiplicarlo. El deber de solidaridad social ha encontrado este insólito fundamento, que está en las antípodas del “no os inquietéis por el mañana”123.


1. Máquinas y poblaciones
Antes de que esta actitud se generalice la inercia del trabajo servil impone al patrono un círculo vicioso. Estimular la laboriosidad pagando por resultados funciona a veces, aunque otras topa con jornaleros que aprovechan para trabajar menos, aunque sea ganando menos, y durante siglos se pensó que los salarios bajos son “productivos” porque impiden sobrevivir sin una dedicación regular. Pero un salario insuficiente sólo puede estimular incompetencia, cosa sabida también desde siglos atrás; con tierras muy similares, por ejemplo, el campesino polaco medio segaba por término medio un tercio menos que el prusiano, mejor pagado y alimentado. En realidad, el único modo de mejorar los rendimientos es algo que “no puede ser producido por salarios altos ni bajos, sino por un largo y continuado proceso de educación”124.
Dicho proceso equivale a clase media, un sector social cuya capacidad adquisitiva se adapta a fluctuar en función de azares y capacidades personales. Por otra parte, la industrialización implica que un número creciente de campesinos se transforme en operario urbano, creando masas finalmente gigantescas de desarraigados. Todo cuanto no sea convertirlos en nueva clase media promete agravar la discordia hasta extremos jamás vistos, pero un aburguesamiento del proletariado resulta impensable a corto plazo. El trasvase de población se apoya materialmente sobre el motor térmico125, centro de las nuevas instalaciones fabriles, y en Inglaterra –el país entonces más avanzado- la reacción inmediata ante la multiplicación del obrero es un movimiento de sabotaje industrial de signo gremialista, que percibe en su engranaje de bielas y pistones un invento del Maligno.
Una proletarización a gran escala ocurrió en el Bajo Imperio romano, que estaba lleno de ex-propietarios y descendientes suyos. Sin embargo, Roma era un gigante político montado sobre un pigmeo industrial, y Europa representa lo inverso. En el Bajo Imperio las urbes se iban despoblando -aunque las leyes castigasen con pena de muerte el cambio de residencia y oficio-, mientras ahora la creación acelerada de empleo hace que el campesinado afluya de modo tan espontáneo como ingente a ciudades-fábrica. En Roma el proletariado se sostenía con cartillas de racionamiento, y ahora debe ser rentable para su empleador. En un caso la curva demográfica declinaba y en el otro tiende a hacerse vertical. Todo es diametralmente distinto salvo el fenómeno de grandes masas desposeídas, entonces fruto de un aparato productivo insuficiente y ahora mano de obra para la titánica transformación fabril.
El tránsito de la sociedad comercial a la industrial ha abierto a la vez el arca de la abundancia y el cofre que guardaba los vientos, aunque a finales del XVIII lo amenazador queda en segundo plano y la confianza predomina ampliamente sobre su opuesto, alimentando un sentimiento de irresistible e inminente mejora que es el Progreso. Comprenderlo y justificarlo ha creado un gusto por la lectura reflexiva, que se convierte en signo de distinción y sentido de la responsabilidad para todas las clases sociales, creando un mercado boyante para libros de pensamiento. El proyecto genérico de las Luces debe concretar sus propuestas, que ya no se concretan en un combate del contra el mal sino en una victoria de la utilidad actual sobre el anacronismo.

Perspectivas sobre el Progreso
Social y políticamente, lo primario es consolidar las libertades mediante regímenes democráticos, una meta común que suscita proyectos y realizaciones en buena medida divergentes. La democracia llega a Norteamérica sin guerra civil, y en Inglaterra el sufragio universal acaba instaurándose –mucho después, desde luego- de modo pacífico126. En Francia y en el resto del Continente la inmadurez abona derramamientos de sangre más o menos ingentes, y una causa cada vez más abrumadora de conflicto civil. De alguna infalible manera, cuanto más reine un absolutismo centralista más libertaria será la opinión pública, y esto explica que al comparar la Ilustración anglosajona y la francesa lo distinto se sobreponga a lo afín.
Al interés que Hume y su círculo de amigos escoceses127 exhiben por el análisis de corte científico corresponde en el otro lado del Canal de la Mancha una pasión por la brillantez, ya que “la filosofía francesa es lo ingenioso mismo”128. Ambos grupos hacen gala de talante anticlerical129, y en ambos reina como divisa el “atrévete a saber”; pero el grupo inglés y norteamericano no comulga con el despotismo ilustrado de los philosophes y su propuesta de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Le produce especial estupor una doctrina como la idéologie, que anticipa técnicas de reflejo condicionado e ingeniería social para un Estado “omnipotente […] capaz de conseguir de los hombres todo lo que desea”130. Por lo demás, esa línea de despotismo benévolo puede prender también al otro lado del Atlántico, e incluso en alguno de los Padres Fundadores como el médico Benjamin Rush, cuyas terapias –origen del Prohibition Party- proponen “que en lo sucesivo será asunto del médico salvar a la humanidad del vicio tanto como hasta ahora lo fue del sacerdote. Concibamos a los seres humanos como pacientes un hospital; cuanto más se resistan a nuestros esfuerzos por servirlos más necesitarán nuestros servicios”131.
A Francia le hacen falta décadas para asimilar la sociedad industrial, algo pendiente hasta el tratado de economía política de Say (1803), mientras en Inglaterra y Norteamérica ese marco es la vida cotidiana y ha sido plasmado ya en 1776 por Smith. El progreso, que en un caso se encomienda a la evolución de factores impersonales, en el otro pasa por disciplinar el cuerpo social con instrumentos propios del cuartel o la cárcel, un proyecto inseparable no ya del designio subjetivo sino de tratar al ciudadano como menor de edad. Esa corriente idéologue tendrá poco después su contrapartida británica en el utilitarismo de Bentham y Mill, parejamente autoritario y esquemático, que el hijo de éste –John Stuart- intentará armonizar con la libertad civil132. En ambos casos la pretensión es “rehacer todo el derecho y las instituciones sobre principios racionales”133.


2. La Ilustración philosophe
Vespasiano evitó abaratar el transporte terrestre para proteger a su plebicula, y la idea de que el pueblo estará mejor evitando ingenios mecánicos resurge como antes se apuntaba en Inglaterra, país pionero en industrialización, con un movimiento tecnófobo remitido al legendario Ned Ludd, tejedor, capitán y rey. Sus millares de adeptos, que empiezan demandando un sistema de precio fijo, dan rienda suelta a la frustración resultante lanzándose a destruir máquinas e instalaciones, incluyendo a los propietarios si oponen resistencia. Los ludditas ingleses no fueron ni comunistas ni partidarios de Robinsón, pero su causa es afín -por radical- a la que propone abolir la propiedad o la civilización, dos ideas que fascinan en los salones franceses. Artesanos de Lancaster o Leeds se parecen muy poco por credo y atuendo a gentilhombres versallescos y parisinos, aunque un espíritu nostálgicamente visionario prende por igual en ambos.
“Los hombres de letras se convirtieron entonces en los primeros políticos de Francia, para sustituir las complicadas costumbres del pasado por reglas sencillas”134, y “una marea de crítica dogmáticamente acrítica […] se resolvió en volúmenes rebosantes de autocomplacencia”135. Voltaire, el más sutil y cultivado, atribuye todos los males a la Iglesia (“l’Infame”), defiende exclusivamente libertad “literaria” y recomienda al monarca galo imitar al “gran emperador de la China” por autoridad absoluta. Diderot (1713-1784), cuya energía saca adelante la Enciclopedia, pone en boca de un tahitiano imaginario su propio discurso sobre el desarrollo industrial:

“Has entrado en nuestras cabañas, ¿crees que nos falta algo? Puedes perseguir hasta donde quieras lo que llamas las comodidades de la vida; pero deja que los seres sensatos se detengan en lugar de continuar sus penosos esfuerzos, que sólo les proporcionarán bienes imaginarios. Si nos convences, moviéndonos a superar el estrecho límite de nuestras necesidades, ¿cuándo podremos dejar de trabajar? ¿Qué tiempo tendremos para disfrutar?”136.

Su amigo Rousseau (1712-1778), un ginebrino, piensa que la división del trabajo ha transformado algo positivo como el amour de soi del noble salvaje en algo negativo como el amour propre del civilizado, alguien que siendo al tiempo competitivo y dependiente sólo puede progresar en desigualdad, temor, sospecha y envidia137. No coincide con otros philosophes en apoyar el despotismo ilustrado –al contrario, advierte que el pueblo sólo podrá educarse merced al autogobierno-, y plantea la libertad como esencia del ser humano en El contrato social (1762), que se convertiría en Biblia para los revolucionarios holandeses y franceses. Por otra parte, su démocratie es algo más próximo a cierta unidad mística que a una administración civil, en la cual la volonté de tous -computable en forma de votos- está sujeta a cierta volonté générale “única y sublime”, que en vez de “contemplar el interés privado contempla el común”138 y busca siempre “la igualdad”139.
El régimen roussoniano no carece de serios peligros para las libertades concretas, ya que rechaza la división del poder político en ejecutivo, legislativo y judicial (“la soberanía es única e indivisible”), y plantea la democracia como una “religión política con dogmas sencillos”140, donde quien no crea en ellos será ejecutado. El contrato social crea teóricamente “una asociación […] donde al unirse a todos cada uno sólo se obedece a sí mismo, y permanece tan libre como antes”141, pero el hecho de que la volonté générale trascienda cualquier mayoría cuantitativa justifica su encarnación en individuos singulares, inaugurados unas décadas después por el Incorruptible (Robespierre) y proseguidos por ulteriores líderes del terror como atajo hacia la virtud social.
De hecho, aquello que Rousseau llama libertad no es autonomía de criterio y acción, sino “una obediencia a la voluntad general que fuerza a ser libre”142, en un marco ético donde se descartan como vicios criminales gran parte de los gustos y profesiones de su tiempo. Desde 1750, cuando el premio convocado por cierta academia le lleva a escribir su Discurso sobre las artes y las ciencias, se entrega en cuerpo y alma a demostrar una oposición irreductible entre Naturaleza y Sociedad que empieza considerando lo inmoral del artista y el científico. A diferencia de las “verdaderas necesidades humanas”, las artes y las ciencias son meros subproductos del orgullo y la vanidad, cuyo lamentable resultado ha sido crear oportunidades de ocio y lujo que ensanchan el abismo entre los “grandes” y los “pobres”.
Ocho años más tarde, en su Carta a D’Alembert sobre el teatro, extiende el reproche a los géneros que él mismo cultiva profesionalmente –la comedia, la novela y la composición musical-, afirmando que cuanto menos lugar ocupen librerías y centros de esparcimiento más se parecerá una sociedad a “esa Esparta que es imposible citar lo bastante como ejemplo a seguir”. Ha leído siendo muy joven las Vidas paralelas de Plutarco, y con ese banco de datos esboza la primera filosofía romántica de la historia, donde los héroes son Creta, Esparta, Persia y Roma143. Atenas y las demás polis democráticas griegas, como la Europa posmedieval, son modelos de corrupta decadencia. Ser el paladín de la libertad pura y originaria le insta a venerar Estados hostiles por sistema a la libertad política, que le parecen las escuelas “auténticas” de ciudadanía.
Podemos despedirnos de Rousseau con algunos fragmentos de su Discurso sobre economía política, que Diderot –sorprendente en la elección de especialista- le encarga para la Encyclopédie. Estamos en 1755, cuando hay ya una notable bibliografía sobre el tema, aunque el artículo no contenga sola referencia a ella. Como Adán, que según la tradición poseía ciencia infusa, examina el asunto a la única luz de su personal entendimiento:

“La voluntad general es el primer principio de la economía política. El segundo es conformar las voluntades particulares a la voluntad general, estableciendo el reino de la virtud […].
La regla más importante en finanzas es preocuparse más de evitar necesidades que de incrementar las rentas. Y como los dirigentes son dueños del todo el comercio del Estado nada es más fácil para ellos que dirigirlo hacia los canales aptos para satisfacer cualquier necesidad, sin parecer que interfieren [...]
Deben establecer aranceles sobre la importación de bienes foráneos, prohibir la exportación de los no muy abundantes, gravar el producto de las artes frívolas y demasiado lucrativas, y desterrar la importación de cualesquiera artículos de lujo. Esto aliviará a los pobres, evitando el crecimiento continuo de la desigualdad en fortunas. Tal es la costumbre constante en China, donde sólo el comprador asume los costes y el pueblo no resulta oprimido”.

Los economistas franceses
Acomodarse sobre las laderas de un volcán llamado a entrar en actividad abona un florecimiento doctrinal, que junto al naturalismo-primitivismo de Diderot y Rousseau ofrece el materialismo llamado filosófico144, el comunismo ilustrado, la ya mencionada idéologie y la escuela-secta de los fisiócratas145. El fundador de ese movimiento anti-colbertista fue François Quesnay (1694-1774), médico personal de Luis XV y madame de Pompadour, su favorita, que opuso al dirigismo tradicional en su país el famoso lema laissez faire, laissez passer146, pues la economía política constituye cierto sector de una Naturaleza armoniosa en todas sus obras, cuya operación no debe ser interferida.
La fisiocracia está inmersa en las coordenadas generales de la Ilustración gala, y sólo se distingue de la ideología y el resto del despotisme légal por la brillantez de sus miembros-iniciados. Todos tienen muy claro que la economía política es un sistema donde magnitudes interdependientes van equilibrándose en cualquier caso –principal cosa ignorada por los mercantilistas-, y Quesnay merece admiración entre otras varias razones por su descripción del flujo monetario147. Turgot, su discípulo dilecto y último gran ministro de Hacienda del Antiguo Régimen, es a juicio de Schumpeter el mayor economista de todos los tiempos por agudeza analítica. Dupont de Nemours, otro de los juramentados, influiría sobre Adam Smith con el sistema de aranceles bajos expuestos en su Fisiocracia (1770), y tras diversas peripecias acabó fundando en Norteamérica la más duradera dinastía industrial conocida148.
Quesnay mantuvo que en ausencia de monopolios la libertad individual para perseguir el propio interés asegura la satisfacción máxima para las necesidades del conjunto149. Pensaba que las clases sociales son complementarias –una idea bautizada luego como armonismo por sus compatriotas Say y Bastiat-, y tiene algo de asombroso que fuese tan hostil a cualquier forma de privilegio cuando vivía en el entresuelo del palacio de Versalles. Nos ayuda a entenderlo el estado del agro francés, que en vez de medidas proteccionistas demandaba más bien la apertura de mercados exteriores. Pero la sagacidad personal de los fisiócratas no les evita –salvo en el caso de Dupont, que se independiza pronto- un doctrinarismo llamado a incurrir no ya en lo incoherente sino en lo irrisorio. Como observó Hume, amigo personal de algunos, ese a priori les condenaba a ser “los hombres más quiméricos y arrogantes de la actualidad”150.
En efecto, el dogma de la secta se desdobla en tres proposiciones: 1) sólo la agricultura logra un beneficio no contrapesado por sus costes; 2) todos los impuestos deben reducirse a un gravamen único sobre la renta de la tierra; 3) la sociedad está formada por una classe productive de campesinos, una classe souveraine de nobles terratenientes y una classe stérile donde entran todos los demás. El comercio y cualquier industria distinta de la agropecuaria no son fuente de ganancia real (produit net), dado que se limitan a generar ingresos en el mejor de los casos iguales a sus gastos. Tampoco crea excedente la masa de asalariados que no esté empleada en el campo. La clase soberana, en cambio, está lejos de ser estéril y debe considerarse “mixta”, porque sostiene al campo con adelantos (avances) sobre las cosechas, hace circular sus productos y mantiene disponibles a sus miembros para cubrir cargos públicos151.
Si la classe souveraine es productiva por adelantar dinero, consumir productos rurales y desempeñar cargos públicos ¿qué impide a la clase media hacer esas tres cosas –y ser “mixta” en vez de estéril-, salvo un conjunto de privilegios detentados por la nobleza? Los fisiócratas no lo ven así, ciertamente, pero el pueblo francés se decantará muy pronto por elevar el produit net aboliendo el estamento nobiliario en cuanto tal. Eximio como teórico, el Turgot ministro suspendió su compromiso con el laissez faire obstaculizando las exportaciones de productos industriales, so pretexto de mantener al alza el precio de los agrícolas152. El desprecio de su secta por lo “manufacturado” superó siempre al aprecio por la libertad civil, algo ya implícito en la pretensión de que la agricultura –y más concretamente una agricultura desempeñada por siervos- es la única fuente de rendimiento real153. Trece años antes de que estalle la revolución Turgot ha presentado a Luis XVI una Memoria donde afirma:

“En el plazo de diez años vuestro pueblo estará desconocido y aventajará infinitamente a todos los demás por su ilustración, sus buenas costumbres, por el celo inteligente que mostrará en vuestro servicio”154.

Por lo demás, la inminencia del naufragio inspira a los fisiócratas una amalgama de lucidez y audacia, que opone al sermón tradicional sobre austeridad, baratura y proteccionismo algo bastante más próximo al criterio contemporáneo del gasto como inversión. Quesnay afirma que “la frugalidad es la madre de la pobreza”, y se adelanta claramente a Smith en presentar como principio general la soberanía del consumidor, equiparando bien común con un fortalecimiento de la demanda que sostenga “el paso de la necesidad al lujo”155.

2. El comunismo ilustrado
La oposición entre naturaleza y sociedad que hallamos en Rousseau y Diderot no les lleva a plantear tesis comunistas, sino a reformas que dirijan el Progreso hacia metas menos “decadentes”. Aunque añoran una Edad de Oro pretérita -para ellos indiscernible del cazador-recolector, y previa a la institución del dinero-, no ven practicable ni retroceder al ingenuo salvaje ni condenar la propiedad privada156. Con todo, la corriente utópica de Moro y Campanella resurge a finales del XVII con una secuencia de obras sobre sociedades perfectas que coinciden en ser insulares –un símbolo de su autarquía económica- y desconocer la posesión exclusiva de bienes. Empiezan siendo libros de aventuras precursores de la ciencia-ficción, donde el ideal de una propiedad común no se enuncia con particular vehemencia, y parten de un superventas publicado por el hugonote Denis de Vairasse157.
Al año siguiente aparece La Tierra Austral de Sadeur, donde la sociedad descrita es anarco-comunista, y desde entonces hasta mediados del XVIII –con El viaje de Nils Klim al mundo subterráneo, del danés L.Holberg- este género a caballo entre lo fantástico y lo edificante disfruta no sólo de cultivadores sino de una entusiasta acogida popular. En sus Aventuras de Telémaco (1699), el abate Fénelon incluye como capítulo 8 la descripción de un país comunista totalmente apacible y dedicado a la agricultura, cuyos habitantes “se amaban con un amor fraterno al ser todos libres, todos iguales.”158 Restif de la Bretonne, director de la Biblioteca Real francesa, atribuye asombrosos avances técnicos a otra sociedad comunista remota en El descubrimiento austral por un hombre volador o El Dédalo Francés, novela muy filosófica seguida de La carta de un simio. Cabe incluso incluir en esta rúbrica las Aventuras de Gulliver, que es la sátira de Swift al propio género159.

Regresando a lo natural
La gravedad ética retorna con el abate Morelly160 y su Naufragio de las islas flotantes o Basiliada del célebre Pilpaï (1753), un poema épico en dos volúmenes sobre “una isla feliz donde vive un pueblo inocente por no haberse desviado del camino que trazó la Naturaleza”161. La obra contiene algunas concesiones al género –empezando por decir que traduce un original antiquísimo escrito en sánscrito-, pero lejos de centrarse en artilugios pintorescos hace una apasionada defensa del colectivismo. Eso le valió reseñas negativas y un comentario irónico del propio Quesnay –“¿se imaginan un teatro con localidades igualmente buenas?”162-, a los cuales respondería con el Código de la Naturaleza o verdadero espíritu de sus leyes, desconocido o esquivado en todos los tiempos (1755). Escrito en prosa, y publicado de modo anónimo, aporta “un programa considerablemente meritorio, pues presenta con todo detalle soluciones a los problemas prácticos de estructura y administración de una sociedad comunista”163.
El anonimato hará que algunos atribuyan el Código a Diderot, aunque su prefacio defiende la Basiliada contra “supuestos sabios admirados por nuestra imbecilidad”164 y el contenido del libro hace inverosímil esa atribución. La nostalgia de Diderot por el noble salvaje quiere quitarle su brida teológica a las pasiones –entregarse a ellas sin sentimiento de culpa-, y Morelly logra algo tan distinto como depurar la tradición ebionita pasándola por el filtro de las Luces. Su proeza intelectual es un rechazo del “tener” (avoir) apoyado exclusivamente sobre la razón, y “formular por primera vez que todas las desviaciones inmorales del comportamiento normal derivan de la sociedad capitalista”165. Como la realidad supera siempre a la imaginación en riqueza de matiz y pormenor, nada es más procedente que la letra de su texto:

“El único vicio que percibo en el universo es la Avaricia, pues todos los otros son variaciones, grados suyos […]
Encontramos el deseo de tener incluso en el fondo del desprendimiento, pero si nos desprendemos realmente de él llegaremos a una situación donde resulta casi imposible que el hombre sea depravado y malvado, pues es casi matemáticamente comprobable que toda propiedad privada de los bienes provoca en la sociedad lo que Horacio llama ‘materia para el máximo mal’.
Todos los fenómenos morales y políticos son efectos de esta causa perniciosa […] y todos los productos monstruosos que vienen de las aberraciones de la mente y el corazón derivan de la tendencia de los legisladores a permitir que el vínculo primario de cualquier sociabilidad sea roto por la usurpación de aquellos recursos que deberían pertenecer en común a todos.
Si suprimimos la propiedad privada apenas restarán algunas leves discordias, y la sociedad recobrará rápidamente su armonía”166.

Una vez abolida la propiedad no hay inconveniente en mantener la división del trabajo y un aparato gubernativo, ya que ni lo uno ni lo otro estarán expuestos a abuso. Pero impedir que la propiedad reaparezca exige una constitución comunista, y gran parte del Código se dedica a exponerla “con un sobrio sentido de la ‘viabilidad’”167. Dichos preceptos se agrupan en once capítulos, correspondientes a otros tantos tipos de leyes (“fundamentales o sagradas, económicas, agrarias, edilicias, policiales, suntuarias, administrativas, gubernamentales, conyugales, pedagógicas e instructivas”), cuyo contenido puede deducirse de cuatro ejemplos:

“Nada pertenecerá a nadie […] y todo ciudadano será un hombre público, sostenido y empleado a expensas públicas”168.

“Nada se venderá o intercambiará entre ciudadanos, Quien necesite judías, verduras o frutas irá a la plaza pública, donde esos artículos habrán sido traídos por el cultivador, y se llevará lo que necesite para un día exclusivamente”169.

“Las tiendas públicas y los cuartos de asamblea serán levantados con arreglo a una estructura uniforme y agradable, en torno a una gran plaza de lados iguales, y las vecindades se distribuirán por intervalos regulares, del mismo tamaño y forma, divididas uniformemente en calles”170.

“Todo ciudadano tendrá una ropa de trabajo y otra de fiesta, ambas adornadas modesta y apropiadamente, sin admitirse ornamento que permita a una persona destacar sobre otras. Toda manifestación de vanidad será suprimida por los jefes de familia”171.

El lugar del Morelly en la historia oficial del comunismo no está a la altura de sus méritos, pues nadie había cuestionado la propiedad privada desde una perspectiva extrateológica, y tampoco reunido el conjunto de lo indeseable como efecto de esa sola causa. “No incurro en la temeridad de pretender reformar al género humano”, como empieza diciendo, parece una incoherencia pero funda una inversión en los términos esencial para todo el pensamiento comunista ulterior. La temeridad reformista fue consagrar un “tener” excluyente que Morelly llama también “salir de la Naturaleza”, experimento funesto aunque pasajero que una vez anulado permitirá a los seres humanos existir como realmente son.
El Código define también la ideología en el sentido de Marx, como creencia determinada por la posición social de cada individuo y grupo, y lo hace inmediatamente después de negar que su propuesta sea temeraria: “La verdad […] .la niegan los interesados en engañar a la humanidad, o está enmarañada por los errores en cuya virtud el resto se dejó engañar”. He ahí el acta de nacimiento para una filosofía sistemática de la sospecha, con engañadores y engañados como hilo argumental, que luego se atribuirá en exclusiva al comunismo llamado científico. Por lo demás, el olvido de Morelly en términos subjetivos lo compensa objetivamente el hecho de que su libro inspire en 1794 la Conjura de los Iguales, primer intento de asaltar el Estado para abolir la propiedad privada.
El siguiente y último philosophe comunista es otro abate, G. de Mably (1709-1785), que llega a ese ideario ya senecto y lo plasma en su De la legislación o principios de las leyes (1776). Allí leemos que “el lujo proporciona a los ricos todos los vicios de la pobreza, y a los pobres una codicia que sólo pueden satisfacer con crímenes, o con las más envilecedoras ruindades”172. Las colonias francesas en Canadá y Louisiana le ofrecen datos para admirar a las tribus ágrafas americanas, “donde las familias viven tranquilamente en común cubriendo sus necesidades por medio de la caza”. Imitarlas exige reducir de modo drástico el número de seres humanos, sin duda, pero ni él ni Morelly consideran indeseable una humanidad reducida a la milésima parte de sus habitantes mientras se mantenga solidaria. Como Rousseau, Mably añora la selección eugenésica espartana y venera a su legislador, Licurgo, pues “nadie ha conocido mejor los designios de la Naturaleza”173.
La corriente inaugurada por santo Tomás Moro ha dejado atrás la proposopeya de islas australes para propugnar una imitación de pueblos efectivos, cuya existencia denuncia los artificios del industrialismo, y es notable que el libro de Mably aparezca el mismo año que el Wealth of Nations de Smith. En un lado del canal de la Mancha se componen monumentos a la complejidad económico-social, y en el otro –mientras fermenta la más grandiosa de las revoluciones- la propuesta es un retorno a la sencillez de los iroqueses y mohicanos. Tras repasar el pensamiento de sus compatriotas, Durkheim lo resume en un modo paradójico de combatir la pobreza:

“La fórmula del socialismo [sansimoniano] consiste en regular las operaciones productivas de modo que concurran armónicamente. La fórmula del comunismo es regular los consumos individuales de modo que sean siempre idénticos y mediocres. En un caso el propósito es la cooperación regular entre funciones económicas [...] con vistas a un máximo de rendimiento. En el otro se busca simplemente impedir que unos consuman más que otros. Allí se organizan los intereses particulares, aquí resultan suprimidos”174.

 

Antonio Escohotado
Julio, 2007

 


NOTAS

119 Rousseau 1963, p. 184.

120 A su condición de Padre Fundador de los Estados Unidos, artífice de la vital alianza con Francia, añadió un largo catálogo de inventos y una comprensión pionera del “fuego eléctrico”.

121 Franklin en Weber 1998, vol. I., p. 38-39.

122 “La codicia de los mandarines chinos, de los antiguos patricios romanos o de los modernos agricultores resiste toda comparación […] Precisamente la falta más absoluta de escrúpulos a la hora de imponer el propio interés en materia de dinero caracteriza a los países cuyo desarrollo capitalista ha permanecido ‘retrasado’ en relación con las pautas occidentales”; Weber ibíd, p. 48-49, subrayados suyos.

123 Mateo 6, 34.

124 Weber ibíd, p. 51-52.

125 El inglés James Watt patenta en 1768 la primera máquina de vapor, que desde 1774 se produce en serie.

126 Allí la guerra civil ha acontecido más de un siglo antes, con las luchas entre el Parlamento y la Corona que devastan el país entre 1642 y 1651.

127 Smith, Steuart, Ferguson y Gibbon, parientes espirituales de un Montesquieu que a sus compatriotas les parece “anglófilo”.

128 Hegel 1955, vol. III, p. 383.

129 En el Wealth of Nations leemos, por ejemplo: “La Iglesia romana fue en la Edad Media la combinación más formidable contra la libertad, la razón y la felicidad. Pero su poder fue destruido por el progreso de las artes, las manufacturas y el comercio”; Smith 1982, p. 706.

130 Según el idéólogue Mercier de la Rivière; cf. Tocqueville 1982, p. 173.

131 Rush, en Szasz 1981, p 185-186.

132 Jeremías Bentham (1748-1832), un niño prodigio, escribió sus Principles of Morals and Legislation (1789) para demostrar que “el dolor y el placer son los soberanos de la Humanidad”, y que el principio moral absoluto es la “máxima satisfacción para el mayor número”. Ni allí ni en ninguna otra parte de su copiosísima obra encontramos reflexiones sobre el concepto de justicia. Mandó ser embalsamado y expuesto al público con su ropa y bastón favoritos, dentro de un habitáculo que sigue atrayendo en Londres a devotos y turistas. El Essay on Government de su secretario Mill “no se puede calificar sino de absurdo insalvable, aunque según parece inextirpable” (Schumpeter 1995, p. 486). El logro de ambos es formular “la más superficial de todas las filosofías de la vida” (ibíd, p. 173).

133 Hayek 1960, p. 174.

134 Tocqueville 1982, p. 156.

135 Schumpeter 1995, p. 162. Y prosigue: “En esta época, autonombrada Edad de la Razón, el mejor antídoto para los cumplidos que los literatos solían dirigirse a sí mismos es leerles”.

136 Suplemento al viaje de Bougainville, 1771; en Horowitz 1982, vol. I, p. 80.

137 El tema se aborda monográficamente en el Discurso sobre el origen de la desigualdad (1755) y Emilio o la educación (1762).

138 Rousseau 1963, p. 73.

139 Ibíd, p. 70. Bertrand Russell observa que “la libertad es sólo la meta nominal de Rousseau, cuando de hecho estima e intenta asegurar la igualdad, aún a costa de la libertad”; cf. Moya 2007, p. 296.

140 Esos dogmas son “la existencia de la Divinidad poderosa, inteligente, bienhechora, previsora y providencial, la vida venidera, la dicha de los justos, el castigo de los malvados, la santidad del contrato social y de las leyes”; Rousseau 1963, p. 186.

141 Ibíd, p. 61.

142 Ibíd, p. 64.

143 En su Discours sur l’économie politique afirma: “Sólo conozco tres pueblos que practicasen la educación pública: los cretenses, los espartanos y los persas, logrando el mayor de los éxitos y consiguiendo maravillas en los dos últimos casos”. De Roma alega: “Fue durante quinientos años un milagro continuo que el mundo no podrá resucitar. La virtud de los romanos, engendrada por su horror a la tiranía y un patriotismo innato, hizo de cada uno de sus hogares una escuela de ciudadanía”. Seis párrafos después afirma que “los pueblos más degenerados y oprimidos son las naciones conquistadoras”, quizá entendiendo que Roma no fue una nación conquistadora.

144 El barón D’Holbach, por ejemplo, escribe un Systéme de la nature (1770) en dos volúmenes donde ésta habla en primera persona, y concluye diciendo: “¡Oh vosotros que tendéis a la dicha en cada instante de vuestra duración, no resistáis a mi voz soberana! ¡Gozad sin temor!”. Un ánimo algo menos exultante, aunque expresiones idénticas (“gran Todo”, “Causa absoluta”, “Uno inmenso”) inspiran a J.B. Robinet los cinco volúmenes de su De la nature. Como Helvetius, estos autores traducen alma por materia y Dios por Naturaleza, ofreciendo sistemas filosóficos cuya ambición sólo puede parangonarse con su ingenuidad. El deísmo, otra variante, mantiene la fe en el Ser Supremo suprimiendo el dogma de las religiones positivas.

145 Fisiocracia: fuerza (cratos) de la naturaleza (physis). Para ingresar en ella era preciso un juramento de fidelidad al Maestro y la Doctrina.

146 Usando una expresión del hacendista Boisguillebert (1646-1714), que cifró lo necesario en laissez-faire la nature et la liberté; cf. Schumpeter 1995, p. 258-259.

147 El circuito en zigzag de su Tableau sigue la circulación del efectivo como si fuese flujo sanguíneo, y pretende ofrecer a Luis XV un modo de aliviar su bancarrota sin merma para la renta nacional. Eso pide detectar no sólo dónde está realmente el dinero en cada momento del ciclo, sino qué tipo de impuesto evitará lo equivalente a no encontrar la vena buscada, o desangrar al paciente.

148 Dotado con “talentos de pianista, no de compositor” (Schumpeter 1995, p. 269), presidió la Asamblea Nacional francesa y se salvó in extremis de la guillotina, gracias a la ejecución de Robespierre el día antes. Una vez en América, organizó con su amigo Jefferson la creación del dólar e inauguró una fábrica de pólvora -la Du Pont Company- que evolucionaría hasta ser actualmente la segunda empresa química del mundo, origen del nylon, el neopreno, el teflón, la licra y un largo etcétera.

149 Desde los Principles of Economics (1890) de Marshall este criterio se conoce como “máximo en competencia perfecta”.

150 Carta a Morellet de 10-7-1769.

151 Cf. Samuels Warren 1961, p. 96-111.

152 Ibíd, p. 106.

153 Schumpeter observa que “Quesnay sólo ve producción de plusvalía en la tierra. Marx no la ve sino en el caso del trabajo. Ninguna de las dos construcciones reconoce productividad al capital, en el sentido de instalación, equipo y material” (1995, p. 282). Schumpeter omite aquí –no en otras partes de su obra- que la innovación-descubrimiento es un factor bastante más capaz de producir “valor excedentario” que la tierra, las instalaciones y la mano de obra.

154 Cf. Tocqueville 1982, p. 172. Esto no altera que Turgot fuese un funcionario de honorabilidad impecable, cuyos planes de reforma administrativa y fiscal serían asumidos en buena medida por la Francia republicana. Si perdió el favor de Luis XVI fue por querer llevar adelante un programa de lucha contra el privilegio odioso para la Iglesia, la Corte y el resto de la nobleza.

155 Aquí se mantiene también fiel a su dogma agrario, y contrapone un deseable luxe de subsistence (alto nivel de consumo en productos del campo) a un indeseable luxe de décoration (centrado en “manufacturas”); cf. Siegel 1973, p. 234.

156 Rousseau, en su artículo “Economía política” de la Enciclopedia, afirma que el “el derecho de propiedad es el más sagrado entre los de la ciudadanía, aún más importante en algunos aspectos que la propia libertad”.

157 Historia de los sevarambos, pueblos que habitan la tierra austral, conteniendo una relación del gobierno, las costumbres, la religión y el lenguaje de dicha nación, desconocida hasta ahora para los pueblos de Europa (Ámsterdam 1675).

158 Fénelon en Fetscher 1977, p. 57.

159 Su libro III –dedicado a la isla flotante de Laputa- describe los trabajos de una Academia aplicada a reconvertir excrementos humanos en la comida de la cual partieron, un modo ciertamente ácido de ridiculizar a la propia utopía.

160 No se conservan fechas de nacimiento y defunción, ni otros detalles biográficos de Morelly. Ser abate –alguien ligado a la Iglesia por órdenes menores (en contraste con las órdenes mayores o solemnes del sacerdote)- explica su evidente dominio del latín, aunque no le impide ser agnóstico.

161 Cf. Durkheim 1982, p.139.

162 Cf. Samuels Warren 1961, p. 106. Sin el acicate de la propiedad privada las personas no se verán inducidas a trabajar con eficiencia, cuando lo esencial para una sociedad bien ordenada es “que todos trabajen para los demás creyendo que trabajan para ellos” (Quesnay en Siegel 1973, p. 226).

163 Schumpeter 1995, p. 180.

164 Prefacio, p. 38. Uso la excelente versión online del original francés (taieb.net/auteurs/Morelly/Code).

165 Schumpeter 1995, p. 180.

166 Libro I, p. 30-33.

167 Schumpeter, ibíd.

168 Leyes sagradas, I.

169 Leyes económicas, XI.

170 Leyes edilicias, I-II.

171 Leyes suntuarias, III.

172 Oeuvres, XIV, 342-343; cf. Durkheim 1982, p. 140.

173 Observaciones sobre la historia de Grecia, en Oeuvres, IV, 22.

174 Durkheim 1982, p. 145.

 

 

© Copyfreedom Antonio Escohotado 2007
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