LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 


VII. LOS SIGLOS OSCUROS

“Alá está más cerca que la vena del cuello”1.

 

El hombre de negocios parte de que bienes idénticos o análogos tengan precios distintos en lugares distintos. Pero esta información ha ido perdiéndose con el aislamiento, no hay efectivo circulante y su oficio ha pasado a ser una actividad reprobada. A Carlomagno el ánimo de lucro le parece una “dolencia perversa”2, por ejemplo, y ya en tiempos de sus antecesores merovingios “el comercio es moralmente sospechoso”3. Esa sospecha informa no sólo la ética sino la legislación penal y civil -imponiendo entre otras cosas un régimen comunitario en vez de individual para la propiedad-, siendo difícil distinguir entre el ideal pobrista y una necesidad meramente fáctica como el colapso en los intercambios.
En uno de sus edictos (“capitulares”), de 794, Carlomagno ha declarado: “Condenamos a quienes conspiran fraudulentamente para amasar todo tipo de bienes con intención de lucro, y a quienes codician las posesiones de otros y no las reparten tras haberlas obtenido”4. Luis el Piadoso, hijo y sucesor suyo, añade en una capitular de 806: “Todos los que adquieren no por necesidad sino por avidez (cupiditas) como motivo están obteniendo una ganancia ilegítima. Sólo aceptamos a quienes compran por necesidad, para quedarse con lo adquirido o para darlo a otras personas”5. Añade que esto excluye a “quien compra una medida de trigo o vino por dos denarios y la retiene para venderla por cuatro o seis”, mandando que las casas de posibles comerciantes6 sean registradas una vez a la semana, para detectar e incautar beneficios ilícitos.

 

1. El sistema de obsequios mutuos
Algún medievalista entiende que “esa filosofía moral permitió al campesino europeo no estar tan irremediablemente endeudado como los del mundo antiguo”7. Todo depende, sin embargo, de qué entendamos por deuda o carga, pues sobre el labriego altomedieval gravitan los derechos señoriales de leva, pernada y despojo, y tanto él como su familia aparecen sumidos en hambrunas. Tampoco cabía esperar otra cosa tras la pérdida de contacto pacífico con países lejanos, una catástrofe racionalizada como Paz de Dios para un sistema peculiar de producción y distribución, donde enajenar propiedades pacíficamente no resulta ya posible. Los mecanismos impersonales de oferta y demanda han dado paso a un vínculo exclusivamente personal, sostenido sobre el altruismo de los vinculados.
Con esto llega una larga edad de superiores e inferiores vitalicios, algo no indeseable para quien piensa que “todas las autoridades existentes han sido creadas por Dios”8, pues insta a superar la avidez de ganancia con sentimientos compasivos. Lo peligroso para una efectiva tranquilidad doméstica estaría en el propio cuadro señorial de valores –donde la conquista es el más digno de los modos adquisitivos-, pero la Paz de Dios manda limitar las guerras y conquistas a infideles de un tipo u otro. Teóricamente, los conflictos internos no tienen sentido en una sociedad regida por dos autoridades benévolas –“quienes oran por todos, quienes luchan por todos”- y un pueblo capaz de pagar su protección mediante contribuciones en especie9.
A los orantes y beligerantes corresponde la autoridad doméstica y el bannum que los romanos llamaban merum imperium, válido para requisar todo lo no inmóvil –dinero, cosechas, ganado, prendas, personas, otros objetos- en perímetros definidos por media jornada a caballo desde cierta plaza fuerte10. La libertad se recluye en una esfera íntima, a efectos de ganarse cada uno la salvación ultraterrena, siendo en otro caso un privilegio del señorío. Pero tampoco allí se plantea como autonomía, sino como una exigencia de singular abnegación aceptada por el superior al asumir su autoridad. Servirse de ella sin estar poseído a la vez por una devoción al inferior leal irrita particularmente a Dios.
Cuando existe, el derecho de propiedad no es nunca privado sino compartido, normalmente por el monarca, su delegado y cierto grupo de familias. Una amalgama sublime de obediencia y desprendimiento inspira a los caballeros de la Tabla Redonda, por ejemplo, testigos de un tiempo sin asomo de correo donde los grandes protagonistas son santos y santas, cuya virtud se mide por el número de sus milagros. Cuando son meramente bélicos los héroes veneran la subordinación en y por sí misma, alternando el afán de combate y gloria con el desprecio hacia cualesquiera bienes mundanos. Rodeados por la soledad del bosque, o por grupos de famélicos harapientos, les ha tocado vivir una economía que saquea cuando regala y regala cuando saquea.

 

Vasallos y fieles
El reparto típico de tierras tras una invasión bárbara suponía dos tercios para los conquistadores y un tercio para los nativos. Algunos esclavos se emanciparon entonces, otros siguieron donde estaban hasta llegar un nuevo dueño, y para cuando haya alguna noticia fiable las cosas han cambiado mucho. Un hombre libre puede cultivar una tierra servil y viceversa, porque la diferencia entre ser forajido o parroquiano es una dependencia vitalicia (recomendatio) o a plazo (precarius). En algunos reinos la situación produce al siervo de la gleba, que puede adquirir y retener propiedad aunque está ligado vitalicia y hereditariamente a su lugar de nacimiento, y sujeto en otros sentidos a su señor como al amo previo. Entre sus deberes está el ius primae noctis o derecho de pernada:

“En Baleares, Cataluña y el alto Aragón adoptó la forma más abyecta hasta 1486, cuando se produce la sentencia o bando arbitral de Fernando el Católico: ‘Juzgamos y fallamos que los senyors no podrán tampoco pasar la primera noche con la mujer que haya desposado un campesino, ni tampoco podrán después de que se hubiere acostado esa noche pasar la pierna encima de la cama ni de la mujer, en señal de soberanía; y tampoco podrán los susodichos señores servirse de las hijas o de los hijos de los campesinos contra su voluntad, con y sin pago’”11.

Los visigodos pensaban que “el hombre libre nunca pierde el control sobre su persona”, y la Lex visigothorum les reconoce capacidad para cambiar de señor mientras no sea en vísperas de una batalla. Mucho más restrictiva, la legislación de los francos enumera qué tipos de “ultraje” del señor lo justificarían, prohibiéndolo en otro caso. En la España no carolingia el homenaje es por eso más bien “un acto cortés”, sin otra formalidad que besar la mano. De ahí también que el estatuto de caballero no se limite a los jefes y lugartenientes de mesnada (los “criados” del Mío Cid) y corresponda igualmente a una nobleza “campesina”, formada por los terratenientes más prósperos12.
En cualquier caso, la sociedad altomedieval no deja resquicio para el empresario. Lo magnánimo de los señores brilla en que su canon se reduzca a varios sacos de grano, alguna oveja o cabras e incluso “4 gallinas y 20 huevos”, como prescribe la ley de los bávaros para el más humilde, siendo en todo caso una fracción mínima de aquello que su parcela proporcionaría a un granjero diligente. Lo magnánimo de los siervos brilla en su disposición a ser reclutados como tropa, regalar trabajo cuando proceda, obedecer en general y rendir pleitesía. No les une una relación utilitaria como los contratos, sino la regla de que el inferior se esforzará “de corazón” en obedecer a su superior y éste le tratará “cristianamente”.
Sólo la carrera eclesiástica permite entonces trascender el destino escrito por la cuna de cada cual. El afán de libertad –si existiese- choca con una incomunicación que anula la capacidad de desplazarse o cambiar de oficio, además de resultar indeseable (“contumaz”) para el poder temporal y el espiritual. Adquirir y retener lo adquirido –aquello que le vino dado al campesino con el caos de la última decadencia- resulta por ahora una facultad vacía.

 

Los sacramentos medievales
Jesús promete salvación a quien sea capaz de amarle incondicionalmente, y el Sermón de la Montaña empieza diciendo: “Benditos los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos”13. Desde su perspectiva la lucidez mundana sólo puede engendrar angustia, mientras el simple -también llamado “niño” e “inocente”14- será redimido al tiempo de las complejidades unidas al más acá y los tormentos del más allá. El infeliz y el crédulo se han entrelazado armónicamente en la figura del pecador, que obra como no quisiera debido al conflicto entre su alma y su carne, y desde san Pablo los mejores cristianos se reconocen grandes pecadores.
Siglos después la jerarquía eclesiástica ha descubierto un refugium peccatorum más específico que amar al Mesías sin reservas, e introduce el sacramento originalmente maniqueo de una confesión periódica. No ya un obispo sino cualquier clérigo pueden oír las culpas del fiel, prescribir que rece cierta penitencia y absolverle en nombre de Dios y la Iglesia. Si el confesado falleciera de seguido, sin tiempo material para pecar, dispone de una certitudo salvationis que le asegura ir al Cielo o en el peor de los casos al Purgatorio15, nunca al Infierno. Es un rito que en los comienzos ocurría una sola vez al año -el Jueves Santo-, pero evoluciona de acto público y colectivo a ceremonia privada e individual. Hacia 700 constituye ya un autoanálisis supervisado, que soslaya las posibles indiscreciones del confesor arbitrando para él un voto solemne de secreto. Primero ha sido un acto obligatorio indirectamente- porque comulgar sin haber confesado podría ser sacrilegio- y luego pasa a serlo directamente, porque se prohíbe no confesar al menos una vez al año16.
Exigir el desnudamiento íntimo anticipa técnicas freudianas cuando la medicina hipocrática17 ha sido desplazada por magias, y todo el medievo abunda en personas que gritan “¡confesión, confesión!” cuando sienten algún peligro. Hace falta esperar a mediados del siglo XII para que cátaros y otros herejes acusen al clero de “vender el perdón de los pecados”18, y sólo desde John Wyclif –a finales del siglo XIV- el confesionario es visto como algo que se compadece del simple condenándolo a más simpleza, y a una negligencia apoyada sobre absoluciones mecánicas. Como añadirá Lutero, además otorgar al clero un instrumento abusivo de control, la propia promesa de rescate in extremis sólo conduce a que el fiel sea menos exigente consigo mismo, y menos digno del perdón divino.
Pero dentro de la misma religión, y en el mismo marco territorial, ha de transcurrir casi medio milenio para que se consolide el cambio de criterio. La fe cristiana nace tomando partido por los párvulos o infantiles, y el medievo lleva hasta sus últimos límites lo que esto implica de presión sobre otros temperamentos y actitudes. La movilización general en torno al proyecto de salvarse -amando todo salvo “el mundo”- se concilia difícilmente con reglas cívicas que son espontáneas en algunos y otros adquieren por educación, rodeando de peligros adicionales la independencia y la búsqueda de conocimiento. Las cargas del rico espiritualmente están llamadas a aumentar tanto como su opuesto monopolice el favor divino y las atenciones de la Iglesia, imponiendo que los hércules se disfracen de lisiados, las afroditas de frígidas, los sabios de necios y los elocuentes de tartamudos19.
La sencillez del bien y el mal, la luz y las tinieblas, configura un tipo de masa recurrente, y para adentrarse en detalles del fenómeno tanto da leer lo que escribe Amiano Marcelino sobre incendiarios de bibliotecas en el siglo IV como La guerra del fin del mundo20. Esto último es una descripción novelada de eventos acontecidos en Brasil hacia 1900, cuando en el interior de Bahía cierto sujeto tenido antes por lunático –António Conselleiro- encabezó una rebelión contra la recién estrenada República21. Durante la etapa semiamnésica que va del siglo VI al X un número indeterminable de sujetos análogos –empezando por Adalberto el Milagroso y la profetisa Theuda- seducen a muchedumbres ansiosas de salvación con símbolos y criterios como los exhibidos por el movimiento antialfabetización en tiempos de san Agustín.

 

Pobrismo y capital humano
Mantener y renovar un stock de individuos sin personalidad jurídica, ampliamente mayoritario como sector de población y con tasas muy bajas de natalidad, fue algo que la cultura grecorromana intentó especializándolos como marinos, ebanistas, médicos, escribientes, prostitutas, etcétera. Esto comenzó a ser inviable con la recesión generalizada, y recibe su golpe de gracia al progresar el aislamiento. Falto de liquidez en términos radicales, el señorío medieval se adapta al estado de cosas con el dominio sobre alguien que se mantiene a sí mismo, es más fértil y devuelve su “recomendación” con labor.
Las actas medievales más antiguas de confiscación y confirmación de propiedad usan la fórmula “finca y no emancipados” (res et mancipia) para designar al esclavo clásico, que va cediendo su lugar al siervo de la gleba. Pero a la vez que se contrae la demanda interna de mancipia crece una demanda externa, que convertirá a niños y jóvenes de ambos sexos en artículo prácticamente único de exportación. A la inmovilidad del estamento servil corresponde por eso un movimiento voluntario e involuntario de personas, que incluye esclavos vendidos por sus dueños, individuos (libres o no) capturados por distintos cazadores e incluso un sector que prefiere el albur de ofrecerse en las lonjas de esclavos a las miserias de su tierra, apostando por encontrar un amo benévolo y mejores condiciones de vida en Bizancio, Bagdad o Córdoba.
Por lo demás, la única mercancía capaz de desplazarse por tierra sin costes exorbitantes es el semoviente humano, que además de andar puede ir cargado de paso con esto o lo otro. A tal idoneidad sólo cabría oponer reparos morales, que ahora brillan por su ausencia. Hacia 599 el papa san Gregorio I trata de emplear las rentas que ha cosechado en la Galia comprando jóvenes ingleses22, y a partir de él Roma se consolida como el mayor mercado de cautivos durante los siglos oscuros, exportándolos desde el puerto de Civitavecchia y luego desde los dominios papales en Campania. Las primeras noticias al respecto indican que la mayoría de los embarcados allí hacia Bizancio son lombardos, un pueblo cuya vecindad incomoda mucho a la Santa Sede. Siglos después el negocio persiste, y la primera muralla vaticana es levantada por captivi árabes tras la derrota de una escuadra suya en Ostia (849), cuando el Papa ejecuta a los jefes y se nombra propietario del resto.
No uno sino cinco monarcas europeos reprochan al Papado que consienta el tráfico con sus súbditos23, estimulando así a piratas y salteadores. Pero la Santa Sede y los Califatos han suspendido su mutua intolerancia para articular dicho tráfico, y en 806 el jurista Ibn Sahnun aclara que “no está permitido capturar barcos cristianos, estén donde estén, si son comerciantes conocidos por sus relaciones con los musulmanes”24. Seda, incienso, otras especias y metales nobles sólo pueden pagarse con esclavos obtenidos por medios violentos, y este negocio será “el primer gran impulso para el desarrollo de la economía comercial europea”25.
Por lo que respecta a la salvación, el credo paulino entiende que es indiferente ser amo o siervo y hasta resulta más prometedor lo segundo. En el pórtico del medievo Gregorio I se declara servus servorum Dei, inaugurando una actitud asumida expresamente a partir de él por obispos y clérigos en general26. Lejos de prohibir la adquisición, captura o venta de personas, el Concilio de Clichy (626) da por hecho ese tráfico como cimiento del orden social, y establece a título de excepción que no podrán destinarse “a judíos y paganos”. Idéntica regla consagra poco después el Concilio de Chalon-sur-Saône (647-653), seguido por una larga serie de cónclaves ulteriores cuya propia reiteración sugiere un sistemático incumplimiento. Cuando los árabes se conviertan en adquirente mayoritario aumentan las penas para quienes se los vendan, porque el cristiano podría abrazar otra religión y perder no ya el gobierno de su vida terrena sino su alma inmortal27.
Pero antes de entrar en el mercado de esclavos algo debe decirse sobre el mundo bizantino y el islámico, tan esenciales para la Europa medieval.


2. El bastión grecorromano
Constantino fundó su Nea Roma sobre el estrecho que comunica el Mediterráneo y el Mar Negro. En esa estratégica península había una ciudad desde tiempos inmemoriales -que se alineó con Esparta en su guerra contra Atenas-, pero Constantinopla sólo se convierte en la Bizancio que sobrevivirá hasta 1453 merced a extraordinarias obras de fortificación terminadas a mediados del siglo V28. Para entonces es la sede del Imperio de Oriente y dispone de una clase media considerable, tanto rural como urbana, que testimonios árabes ulteriores ligan a la explotación de distintas técnicas:

“Desde el país bizantino llegan artículos de oro y plata, dinares de oro puro, plantas medicinales, telas tejidas con oro, brocado de seda, animosos caballos, esclavas, artículos raros de cobre, cerraduras que no pueden forzarse, liras, ingenieros hidráulicos, expertos agrícolas, marmolistas y eunucos”29.

Mientras Occidente entra en un sistema de grandes dominios, con un circuito de víveres y servicios que excluye el comercio, la desaparición del dinero en gran parte del Oeste coincide con lo opuesto en el Este, y reinando Anastasio I (491-518) las rentas han crecido tanto que la contribución rústica puede pagarse en metales nobles. Aunque este emperador no escatima en obras públicas, sus dos décadas de gobierno aportan a la tesorería 160 toneladas de oro, un saldo neto cuyo origen no son conquistas o saqueos sino granjas rentables y actividad mercantil. Florecen, sin excepción, todas las ciudades que jalonan rutas conducentes a su capital.
Idéntico a Roma por leyes y memoria colectiva, el Imperio romano de Oriente está hecho a producir e intercambiar, lo cual supone un empleo distinto de sus recursos humanos y materiales. Dos de sus señas de identidad –la “magia civilizadora” y el “imperialismo defensivo”- vienen de no comulgar con el desdén romano hacia la industria, y su diplomacia se liga a lo mismo. Cuando Atila amenaza al país, por ejemplo, las negociaciones con Teodosio II desembocan en que recibirá 950 kilos de oro. Pero tan importante como esa cláusula del convenio es otra, por la cual se establecen puestos comerciales bizantinos en territorio huno, que además de importar materias primas recobran el oro extorsionado con la venta de sus manufacturas. Junto a la pompa asiática hay medidas como suprimir el impuesto sobre profesionales y hombres de negocios creado por Constantino, y una burocracia eficaz para mantener expeditas las vías de comunicación.
Constantinopla tiene entonces más de medio millón de habitantes, y además de los bienes mencionados exporta vinos, entre ellos el “fuerte” tinto de Gaza. Monjes nestorianos han roto el secreto celosamente guardado por China, trayendo gusanos de seda que permiten limitar a variedades muy específicas su importación. Pero ya antes de que se ponga en marcha la nueva fuente de ingresos el superávit de caja sugiere a Justiniano (527-565) varios proyectos colosales, entre ellos una reconquista del Imperio occidental que consuma en considerable medida30. Mucho más duradera y útil iba a ser la compilación de edictos y dictámenes de los jurisconsultos clásicos, el Corpus iuris civilis. Otra de sus obras inmortales, la catedral de Santa Sofía, se erige cuando están calientes aún los rescoldos de una revuelta que incendia buena parte de Constantinopla, causando 30.000 muertos31.

 

El bizantinismo
Las finanzas van tan bien que ni siquiera esos gastos extraordinarios interrumpen los planes de recobrar el Mediterráneo. El excedente permite también subvencionar a los persas para que su celo preislámico –la religión zoroástrica- no imponga sacrificar por sistema a toda suerte de infieles hallados en sus territorios, disuadiéndoles también de su ancestral disposición expansiva. Pero el brote de peste bubónica (541-543) mata a un tercio de la población, liquidando el excedente de personas dispuestas a trabajar o alistarse. La escasez de brazos dispara una espiral en los salarios que Justiniano intenta corregir legislando sobre sueldos máximos, y el resultado de la plaga a medio y largo plazo es convertir a los bizantinos en importadores masivos de esclavos como mano de obra, cuando precisamente el rendimiento del trabajo libre distinguía hasta entonces sus productos.
Otras culturas padecen pestes sin cambiar estructuralmente. La bizantina reacciona ante esa catástrofe haciéndose más militar y más clerical, un proceso que en pocas generaciones acaba con la clase media agraria y la urbana. Desde fuera sus ciudades parecen fortalezas, y miradas desde dentro se organizan como conventos. Ya precozmente ese elemento monástico justifica que Justiniano clausure la Escuela de Atenas (529), imponiendo un código de costumbres que subvenciona formas célibes de vida y estorba de modo espectacular la repoblación. Le quedan a Constantinopla casi mil años de vida, pero ya no como Imperio romano de Oriente sino como alianza de feudos, radicada en un lugar natural de poder convertido por obra humana en fortaleza inexpugnable.
El marasmo que acompaña a los sucesores de Justiniano parece invertirse con la llegada del enérgico Heraclio, que reconquista Alejandría venciendo de modo concluyente a los persas, y que para recobrar una agricultura no latifundista devuelve tierras expropiadas por sus antecesores. Pero en 622 -cuando accede al trono- Mahoma se ha ido de La Meca a Medina para fundar la ummah musulmana, un movimiento de pujanza sólo comparable al cristianismo y de expansión mucho más rápida, que en dos décadas conquista gran parte de Asia Menor, sitiando Constantinopla desde 647 a 678. Aunque tenga las mejores bibliotecas, y abundantes polígrafos, el Imperio oriental se ve forzado a entrar en una existencia de espora.
Por lo demás, el bizantinismo sembró la discordia más enconada entre diofisitas y monofisitas, y serán estos últimos quienes rindan Egipto y Siria a los árabes con la esperanza de tener autoridades políticas y religiosas más tolerantes que su Emperador o su Patriarca. Juan el Gramático, principal scholar de esta civilización, combina intuiciones sobre cinemática con filigranas teológicas, y al tomar los hábitos decide bautizarse como Juan Filoponos (“amante del quebranto”). Símbolos de sutileza protocolaria, los principales funcionarios bizantinos fueron eunucos, mientras innumerables personas perdían la vida por cambiarle una letra a cierta palabra32. A caballo entre la prosa del comercio y la poesía del dogma, sus ciudadanos se polarizaron en la defensa de versiones menos y más misteriosas de la ortodoxia. Esas disputas irían haciéndose cada vez más sangrientas, hasta provocar un siglo de guerra entre iconófilos e iconófobos33.
La progresiva clericalización se hace en detrimento de la vida mercantil, desde luego, que si en el siglo V y VI resultaba floreciente en el IX aparece exhausta. El emperador Teófilo (829-842) ve con escándalo que su esposa sea propietaria de un mercante anclado en el puerto, y ordena destruirlo. A su juicio, “el comercio es incompatible con el imperio”34. El colmo del mal se encarna en los judíos, que son exterminados desde Justiniano y acaban por desaparecer completamente de sus dominios.


3. Los imperios mahometanos.
El islam remite a una sociedad milenaria –la Arabia Felix- establecida en el borde más meridional de esa península, que a través del Mar Rojo y el Índico recibía especias, tejidos y otros productos de Extremo Oriente. A principios del siglo VII dicha cultura agoniza, y compiten por hacerse con sus recursos un partido de etíopes cristianizados y otro de yemenitas maniqueos. Sus puntos de acuerdo y desacuerdo son el horizonte doctrinal cuando aparezca un nuevo Libro en el valle desértico aunque abundante en pozos de La Meca, donde repostan y negocian las caravanas que mueven bienes entre el Índico y el Mediterráneo.
Junto a otros dioses, algunas tribus del lugar veneraban cierta piedra negra (la Ka’ba), probablemente un meteorito, y allí nace -como huérfano perteneciente a uno de los clanes principales- el profeta Mahoma (c.570-632), a cuyo juicio esa piedra es símbolo de Alá, “el Dios de Abraham”35, que manda ser generoso con los débiles y asegura a todo ser humano una retribución adecuada a sus obras en “el Día del Juicio”. Alá es único, todopoderoso y a la vez personal o providente, como YHWH, si bien no prefiere a ninguna tribu o raza. En línea con la Biblia hebrea, y con el Nuevo Testamento, el Corán no ve el conflicto entre bien y mal como lucha entre dos dioses de potencia pareja36, a la manera persa, sino la guerra entre Dios y un ángel rebelde. Pero el dualismo zoroástrico reaparece en un fiel maniqueo por naturaleza, soldado de la luz contra los sicarios de las tinieblas, que castiga con pena de muerte la apostasía.
El Corán afirma que Jesús ascendió vivo al Cielo, donde vive junto a Alá37, y que anunció la venida de Mahoma38. En otro pasaje hallamos a Jesús negando que él y su madre sean dioses, tras preguntárselo Alá expresamente39. Al igual que YHWH, no admite iguales ni la deificación humana que más o menos secretamente expone el Evangelio. Mahoma tampoco admite rival, pues sin perjuicio de reconocer autoridad a tres videntes previos -Moisés, Jesús y Manes- se presenta como Sello de la Profecía. En realidad, ha combinado judaísmo y cristianismo de un modo que conserva y supera a ambas religiones, solventando enérgicamente la relación entre fe y política. Su islam (“rendición a la voluntad divina”) no sólo es de modo inmediato un Estado sino el proyecto de un Estado planetario único, destinado a curar las desavenencias derivadas del particularismo.
En medio siglo los sucesores (“califas”) de Mahoma conquistan un territorio superior al que los romanos se anexionaron en medio milenio, y llegan algo después hasta China sin usar la rueda como vehículo de transporte40. Su culto coincide con la cristiandad –y disiente del judaísmo- al considerar la esclavitud como una institución no ya lícita sino inexcusable, que proporciona a amos y siervos las mismas oportunidades de salvarse. Aunque todos los islámicos son miembros de una fraternidad –la ummah-, no hay en el Corán nada parecido a la regla mosaica de que el “hermano” esclavo será redimido al cumplirse los siete años de sumisión, recibiendo entonces medios para inaugurar una vida independiente. La libertad está lejos de ser un valor en sí, y al buen musulmán le basta cumplir la regla de cortesía sugerida por san Pablo: el amo será impecable mientras no trate con crueldad a su “herramienta andante”.
Esta circunstancia hará que el califato de Bagdad y el de Córdoba sean para Europa la principal amenaza y a la vez un balón de oxígeno económico, porque su demanda de esclavos supera pronto a la bizantina. Adquirir los mejores ejemplares de latino, nórdico y eslavo no resulta precisamente eugenésico para el Continente, pero es su única fuente de efectivo.

 

Fraternidad y discordia
En su acelerada expansión, el islam solventa la existencia de poblaciones afectas a cultos distintos arbitrando que quien quiera conservarlos evitará ser perseguido pagando un tributo. Con todo, el Profeta muere sin preparar su sucesión y esto no sólo suscita algunas dudas41 sino que deja en el aire dos modos prácticamente opuestos de entender la vida piadosa, sembrando una escisión crónica entre sunitas y chiítas. En principio, la disidencia de los segundos viene de que el nuevo jefe de la ummah musulmana es uno de los suegros del Profeta -Abu-Bakr, padre de Aisha, su favorita- en detrimento de Alí, marido de su hija Fátima.
Aunque sean dos individuos no separados por diferencia doctrinal alguna, que veneran igualmente a Mahoma, la unidad islámica es tan profunda como su división interior. Saltar del tribalismo beduino a un señorío ecuménico cuesta el asesinato de los dos califas posteriores a Abu Bakr, así como el de Alí y su hijo Huseín, seguido por la escisión del califato omeya que se establece en Córdoba. Los sunitas defenderán en lo sucesivo un “conformismo basado en creer que treinta años de tiranía son preferibles a un día de desorden”. Los chiítas optan por una pasión victimista que expresa la sentencia de Alí: “No encontrarás opulencia sin topar con derechos pisoteados de las personas [...] No hay bocado exquisito libre del hambre de quienes trabajaron para hacerlo posible”42. La figura política adaptada a su apasionamiento es el imam, que por encarnar la infalibilidad no es tanto una persona física como un espíritu.
El chiísmo se expande y diversifica a través de las cofradías sufíes, con Irán como centro permanente. El sufi (“místico”) –llamado también “pobre” (fakir)- representa un integrismo marginal, tan minoritario como diversificado. El “mártir del amor”, Ibn Mansur al-Hallaj, es ejecutado en Bagdad (922) por ver en sí mismo “la verdad creadora”, y de esa corriente parten otros fenómenos: una lírica metafísica insuperada –con Ibn Arabí, Jayam43 y Roumi-, la muy influyente Destrucción de los filósofos (1095)44 de Algacel, los derviches45 danzantes o los plañideros (“quienes siempre lloran”). Anticipando el misticismo europeo, sus poetas borran la distinción entre Alá y mundo, lo infinito y el yo personal, mientras sus usurpadores políticos destejen cada noche lo tejido durante el día46.



Algunas instituciones
Nunca se había producido un fenómeno de grandes ciudades comparable a las mahometanas, que forman una cadena prácticamente ininterrumpida desde Marrakech a Cachemira, con El Cairo como megápolis. Entre el siglo VIII y el XII sus excedentes agrícolas y las manufacturas que produce o transporta son el grueso del comercio mundial, basado sobre una densa red de rutas terrestres y marítimas que sus mercaderes roturan o amplían. No es de extrañar por ello que renueven los usos jurídicos o que dispongan de juristas ilustres en Córdoba, pues controlar el intercambio de productos europeos, indios y chinos implica oportunidades formidables de negocio. Con todo, ya desde el siglo XI el producto exportado va perdiendo importancia47, con efectos que constriñen tanto el suministro como el desarrollo interno de sus urbes. Esto remite a la inestabilidad política de cada dinastía, a las desavenencias entre tribus y, finalmente, al odio entre legalistas y esotéricos que dibuja la grieta entre realismo y apasionamiento, modo de vida sunita y chiíta.
Por una parte, no tiene igual una civilización que ha nacido fundiendo fe y política; y basta comparar Las mil y una noches con el Chronicon vita sancti Macarii y otras hagiografías escritas en monasterios europeos. Por otra, cada califato ventila sus crisis con más integrismo, en detrimento de una vida civil nunca aceptada del todo. En el siglo XI, por ejemplo, brota una corriente de “Gran Resurrección” que es un calco del apocalipsis propuesto por videntes hebreos: la Ka’ba desaparecerá, se borrarán las letras en todos los ejemplares del Corán, serán ejecutados quienes pronuncien el nombre de Alá, etcétera48. Algo paralelo sucede con el viejo culto maniqueo, cuya fe dualista revive en las formas más populares del chiísmo.
El crédito se diría uno entre los cuatro tratos primarios49, pero lo maniata una prohibición genérica de la ribah o interés del dinero. Añádase a ello que el Corán y la sharia prohíben no sólo el juego sino cualquier tipo de iniciativa mercantil análoga. Esto implica vetar la relación directa entre riesgo y beneficio, excluyendo expresamente las transacciones especulativas o “de resultado imprevisible”. Su culto es un modelo de sobriedad intelectual comparado con el del medioevo cristiano, pero en vez de ir hacia la secularización y la mesocracia sus imperios entran en un medioevo donde tanto la industria como las clases medias se estancan o retroceden. A partir del siglo XII los avances tecnológicos pierden impulso, al mismo tiempo que el nivel de conocimiento y comprensión en el campo de las ciencias50, y el tiro de gracia llega cuando los portugueses alcanzan India y China por mar, liquidando su monopolio sobre el Índico.
Las comunidades suelen alcanzar una lucidez suprema cuando comienza su ocaso, y eso ofrece la figura del aristócrata Ibn Jaldún (1332-1406), cuya Introducción a la Historia sólo puede compararse por profundidad y finura analítica con la obra de Aristóteles y Hegel. Estudiando culturas y cambio social llega al concepto de una “cohesión” (asabiyah) surgida espontáneamente en tribus y pequeños grupos familiares, que alguna ideología religiosa intensifica y amplía hasta crear reinos e imperios. Factores psicológicos, sociológicos, políticos y económicos –captados en su interconexión- le llevan a diagnosticar el ocaso inevitable de cada asabiyah, que allana al mismo tiempo el camino a otra. Llamativamente, Jaldún no ve en este proceso otra evolución que el paso de la vida silvestre a la civilizada, común a toda sociedad no ágrafa. En este elemento sólo hay pleamares y bajamares de un océano inmutable.

 


4. Un apunte sobre Extremo Oriente
En China la penuria material no puede atribuirse a motivos teológicos, como los que se oponen a la institución crediticia entre cristianos e islámicos. Si nos situamos allí a mediados del siglo IV -cuando los obispos católicos celebran el sínodo de Paflagonia51-, leeremos en la crónica imperial que el producto agrícola es insuficiente para “las necesidades del Estado”. He ahí un dato paradójico, pues el Río Amarillo y el Chiangjian depositan ellos solos casi diez veces más sedimentos que el Nilo, el Amazonas y el Mississippi juntos, regalando grandes extensiones de terreno aluvial que rinden hasta cuatro cosechas anuales, dos de ellas de arroz, un cereal cuyo rendimiento en calorías por área es seis veces superior al del trigo52. Tan inmejorable base agrícola tiene como complemento campesinos muy dóciles, que sus amos desplazan en masa como si fuesen semillas de las plantas cultivadas por ellos. Trabajan la tierra con una meticulosidad emocionante, y “su virtuosismo en el ahorro jamás ha sido alcanzado en otra parte del mundo”53.
A despecho de estas condiciones, el emperador T’ai-wu no tiene suficiente “ni para su digno sustento personal”, mucho menos para la Corte y obras públicas, y decide borrar el “despilfarrador anarquismo”54. Ordena a tales fines un censo de todos sus súbditos que permita controlarlos estrechamente, pues la prosperidad de China peligra si se dedican a consumir pasatiempos o amasar dinero. A su juicio, los deberes procreativos y productivos del pueblo exigen pena capital para quienes “beban vino, asistan a espectáculos teatrales o dejen la agricultura por el comercio”. El efecto de estas medidas es que algunos reos de ebriedad, pasatiempo y comercio sean exterminados, aunque la normativa cae en desuso y la economía sigue estancada o en retroceso. Ninguna religión subraya tanto como el confucianismo la conquista de confort material, pero sacralizar la prosperidad no implica permitir el desarrollo de una “mentalidad” económica55.
En vez de derecho los campesinos tienen edictos, un factor adicional de desmoralización que contribuye a las hambrunas. Es hasta sorprendente que sobrevivan sin taras genéticas graves, porque la obsesión productiva aprovecha cada metro para el cultivo. No hay espacio para criar otro animal que el cerdo, y como estiércol se usan el porcino y el humano; lo transportan e insertan en semilleros y luego con el arado seres de ciencia-ficción, portadores de enfermedades dantescas.

 

El poder del capricho
Mil años más tarde el país está fascinado con la construcción de barcos. Una de sus flotas –mandada por el almirante eunuco Zheng He- dispone de 317 naves, algunas enormes (130 metros de eslora, frente a los 25 de la Santa María), capaces de transportar muchos regimientos. Toda Europa junta no puede imaginar siquiera una armada semejante56. Pero la Corte cambia de idea, y en 1500 quien construya una embarcación con más de dos mástiles merece pena capital. En 1525 las autoridades costeras ordenan destruir todo barco que surque la alta mar, así como el encarcelamiento indefinido de sus propietarios. El motivo expreso de este decreto es que al Imperio no se le ha perdido nada fuera: “China recibirá pleitesía y tributos, permaneciendo ajena a la tentación del vil comercio, tanto como a novedades de fabricantes. Las propuestas de mejora son superfluas cuando no censurables”57.
Ha llegado un nuevo brote de “Imperio inmóvil”, donde los escasos testigos europeos observan cómo “cualquier hombre de genio inventivo se ve paralizado por la idea de que sus esfuerzos no le valdrán recompensas sino castigos”58. Precisamente por esos años preparaba Portugal sus primeras expediciones a Extremo Oriente, seguidas algo más tarde por las de holandeses e ingleses, y tanto flotas comerciales como militares habrían sido útiles para que China no pasase de su altivez a un estado de genuflexión ante Rusia, Japón y las potencias occidentales. La misma actitud se observa ante el cañón, un invento chino del siglo XIII, pues en el siglo XVII el país ha olvidado tanto producirlo como usarlo, y cuando en 1621 los portugueses de Macao regalen al Emperador cuatro piezas deben complementar su obsequio con otros tantos artilleros59. Como la construcción naval, la metalurgia se estanca indefinidamente. No sólo en estos campos sino “en su conjunto, el desarrollo chino plantea el mismo problema una y otra vez”60.

 

Derecho y legislación
De alguna manera ventilará sus cuentas con la veleidad gubernativa un país tan aventajado en genio inventivo61. El hecho de que todas las comunidades chinas extramuros sean prósperas sugiere que lo problemático está dentro. Hasta el más sanguinario y venal rey godo, por ejemplo, debía aparentar buena voluntad y rectitud para no granjearse una rebelión inmediata. En el Pekín de T’ai-wu -y en el Mao- eso sería una iniciativa extemporánea, cuya flaqueza promueve sedición. Mientras el Hijo del Cielo está decretando en 1525 un nuevo periodo de glorioso aislamiento los católicos y los protestantes europeos coinciden en pensar el tiranicidio como acto ético supremo, y llaman tirano precisamente a quien ignore la buena voluntad y la rectitud.
Causa y efecto de esta diferencia es que el despotismo asiático atribuya el dominio de todo al soberano, cuando “cualquier ley contra la propiedad es una ley contra la industria”62. Tolerar el liberticidio tira al desván los propios hallazgos y desincentiva la diligencia. De Shi-Huang Ti (c.259-210 a.C.), primer Emperador, se cuenta que mandó quemar los libros confucianos e hizo castigar a un monte, deforestándolo, por haber dificultado su maleza su augusto caminar. Todavía en 1455 otro emperador castiga al monte Tsai por la misma falta de respeto63.
Cuando comparamos el Imperio romano con el árabe y el chino las diferencias desbordan exponencialmente a los parentescos. Todo se diría particular en cada caso, salvo que nunca pase de pequeña minoría un estrato móvil y equidistante entre el príncipe y el mendigo. Precisamente esto dejará de suceder en Europa, cuyo destino incluye crear la clase media más amplia y estable de todos los tiempos. Pero es una tarea en gran medida inconsciente, que va cumpliéndose a lo largo de muchos siglos a golpes de azar y necesidad, donde la civilización occidental sólo se adelanta a otras por reaccionar de modo distinto a sus peculiares adversidades.

 

NOTAS

1 Sura 50:8.

2 Cf. Duby 1970, p. 108.

3 Ibíd, p. 97.

4 Monumenta Germaniae Historica (en lo sucesivo MGH), Legum, II, vol. I, 1, p. 152.

5 Ibíd, p. 132.

6 Su principal presa son adultos de Maastrich, que está a 32 kilómetros de la sede oficial de los emperadores carolingios, Aquisgrán.

7 Duby 1970, p. 109. A su juicio “el ánimo de lucro minó sostenidamente el espíritu de magnanimidad” (ibíd p. 270).

8 Romanos, 13:1.

9 Prescindiendo de prestaciones extraordinarias, lo normal es que cada villano deba tres días semanales de labor en el dominio exclusivo de su señor (la demesne). Cf. North y Thomas 1982, p. 10.

10 Cf. Duby 1970, p. 172.

11 Engels 1970, p.68-69. La región pasó a ser Marca carolingia en 808.

12 Cf. Bloch 1961, p. 158, y 186-187.

13 Mateo 5:3. La New English Bible sustituye “pobres de espíritu” [pneuma] por “quienes conocen su necesidad de Dios” (these who know their need of God), pero usa seis palabras para traducir tres, y no modifica el sentido.

14 Mateo 19:14

15 Del papa san Gregorio Magno (c. 540-602) parte esa idea de un lugar intermedio, donde las almas no padecen el fuego infernal pero se consumen de impaciencia por un cuerpo purificado.

16 La Iglesia católica y la ortodoxa griega entienden que la confesión se apoya en ciertos pasajes del Nuevo Testamento, y deriva de la Encarnación. Confirmación y extremaunción son dos sacramentos adicionales introducidos por el Papado altomedieval.

17 Aquella que considera la enfermedad como un fenómeno natural (physikós) y emplea remedios naturales para tratarla.

18 Según Bernardo Gui en su Manual para inquisidores; cf. Robinson 1903, p. 383.

19 Una variante no mágica del confesionario es el diván psicoanalítico, que trata la pobreza de espíritu como neurosis. Desde la cruzada antidroga –una iniciativa de misioneros católicos norteamericanos en Filipinas- la galería de indigentes espirituales ha crecido con el adicto, que en una línea análoga a la histeria escenifica un drama de indefensión y dependencia: querría trabajar y ayudar a los demás, de quienes solicita favores sin pausa, pero lo traiciona una mala fe que ciertas veces reclama terapia y otras se afana por engañar al terapeuta. Tras una serie indefinida de otros adictos -ludópatas, bulímicos, anoréxicos, erotómanos, movilmaníacos, musculópatas-, vuelve con distintos nombres el parvulus, que en una época solicita exorcismo y en otra tratamiento médico. Ver esas conductas como simples vicios o malas costumbres de cada persona no es admisible para exorcistas ni para otros terapeutas; cf. Szasz 1974, passim.

20 Cf. Vargas Llosa 2002.

21 Inocentes todos en sentido evangélico, reclamaron la vuelta del rey y un reino de Jesús llamado a la expropiación del incrédulo. Los treinta y tantos mil combatientes que acabaron oponiendo al ejército –muchos de ellos niños, ancianos y mujeres- lucharon con enorme bravura, y ganaron varias batallas hasta sucumbir a los medios abrumadores que finalmente reunió el país contra ellos. La penuria intelectual les unía más aún que la escasez material, fascinados como estaban por un Consejero para quien toda desdicha o mutilación era belleza, excelencia.

22 Cf. McCormick 2005, p. 687.

23 El primer tratado medieval que se conserva es de 840 y constituye un acuerdo entre el carolingio Lotario I y la república de Venecia, donde ésta se compromete a no comerciar con los súbditos de aquél, y a cerrar su industria de castración; cf. McCormick 2005, p. 710.

24 Ibíd., p. 595.

25 A probar esa tesis dedica McCormick su extensa investigación.

26 También los bizantinos se incorporaron a esa glorificación formal de la servidumbre, entendiendo que no sólo era la actitud ejemplar para el eclesiástico sino para el funcionario, cuyo servicio al Estado implica una esclavitud (douleia).

27 La distinción entre cautivos sólo aparece en 880, como cláusula de un tratado entre el Sacro Imperio y Venecia que excluye el comercio con personas libres (“captivi qui liberi sunt”).

28 Esas murallas resistirían el embate de ávaros, búlgaros, rusos, pechenegos, persas y sobre todo musulmanes, que hasta en siete ocasiones intentaron tomar la ciudad. Su perímetro rondaba los 30 kilómetros, y el muro (once metros de alto y tres de grosor) se completaba cada cincuenta por torres con el doble de alzada, capaces de descargar un infierno de proyectiles cruzados sobre cualquier punto de la muralla donde se concentrase un ataque. Ninguna urbe tuvo o tendría defensas remotamente comparables, y ninguna evocó tanta codicia en distintos vecinos. Juan Crisóstomo comenta, a finales del siglo IV, que en los grandes palacios no sólo abundaban adornos de oro y plata, mosaicos y alfombras, sino refinamientos como grandes puertas de marfil perfectamente liso, con junturas invisibles.

29 Ibn Hawkal, en McCormick 2006, p. 553.

30 Recobra el norte de África, el sur de España, todas las islas del Mediterráneo, toda Italia y la Dalmacia. Mandados por Belisario -uno de los grandes guerreros de la Antigüedad-, los ejércitos bizantinos se lanzan incluso a empresas en el norte, frenando el avance huno en Crimea y cruzando el Danubio para contener a otros bárbaros.

31 La rebelión llamada de la Nika es instigada por los Verdes y los Azules, dos facciones del Hipódromo que representan a la aristocracia terrateniente y a la comercial. Sempiternamente enfrentadas, en 532 se unen para exigir la destitución del favorito imperial. Justiniano se salva por poco de morir, pero acaba saliendo fortalecido.

32 Omoousíos (“misma substancia”) y omoiousíos (“pareja substancia”) es el centro de la disputa sobre la naturaleza de Jesús. San Gregorio Nacianceno comenta que la capital “está llena de obreros y esclavos que son todos profundos teólogos y predican en sus talleres y en las calles. Si pedís a alguien que os cambie una pieza de plata os instruye sobre la diferencia entre el Padre y el Hijo; si preguntáis el precio de una barra de pan os contestan que el Hijo es menos que el Padre, y si preguntáis cuándo terminará de hornearse os aclaran que el Hijo fue formado de la nada” (cf. Hegel 1967, p. 261). Obsérvese que la ironía del santo parte de ver estas cuestiones abordadas por “obreros y esclavos”, olvidando que su condición de pobres materiales y analfabetos les capacita especialmente como fieles.

33 El culto de imágenes religiosas (“iconos”) como objetos visibles que llevan a lo invisible llegó a oficializarse a finales del siglo VI. Lo prohibió el emperador León III en 730, extremándose la persecución entre 741 y 775. En 787 la emperatriz Irene reacciona prohibiendo la iconoclastia con rigor, aunque en 814 los iconoclastas retornarían. Finalmente la viuda de Teófilo I restauró la veneración icónica en 843, un evento que su Iglesia sigue celebrando como Fiesta de la Ortodoxia.

34 Así lo refiere uno de sus cortesanos, Teófanes Continuatus; cf. McCormick 2005, p. 29.

35 Alaha es uno de los nombres de YHWH en arameo.

36 En una de sus tradiciones el dualismo iranio profesa que Zurvan (el Tiempo) engendró a Ormaz y Arimán, cuya oposición crea el universo físico como campo de batalla. La Luz y la Materia son para Manes eternos e iguales en potencia.

37 Corán 43:61.

38 Ibíd. 61:6.

39 Ibíd. 5:116.

40 Lo puntualiza un historiador islámico contemporáneo; cf. Hourani 1991, p. 72. Gran parte de sus dominios son desiertos como los de Arabia y Asia central, donde cualquier carro quedaría inmovilizado.

41 Por ejemplo, qué actitud tomar ante alcohol, café, haschisch y otros vehículos de ebriedad, cuestión resuelta póstumamente por el derecho positivo (sharia) con 80 latigazos. El opio, considerado tradicionalmente regalo divino (mash Allah) esquiva la prohibición hasta mediados del siglo XX, cuando el Diván o Parlamento iraní clausure en 1955 su fumadero.

42 Cf. Naipaul 2002, pp. 416-417.

43 En el caso de Jayam, cuya obra como matemático y astrónomo está probada, sus maravillosos cuartetos (rubaiyats) pudieron haber sido inventados en mayor o menor medida por E.Fitzgerald, el traductor, pues no disponemos de original árabe remotamente parecido.

44 Texto escrito para desanimar a quien quiera cultivar las ciencias, allanando así el camino “al fervor religioso”. Un siglo después Averroes se ganó el destierro de Córdoba por su Destrucción de la destrucción, donde considera insincero a Algacel (que habría redactado su libro para escapar a acusaciones de herejía) y le llama “ingrato que vuelve contra el saber lo aprendido de él” (cf. Pioli, en Porto-Bompiani 1959, vol. III, p. 923). Suele atribuirse al tratado de Algacel una anticipación de la crítica hecha por Hume al principio de causalidad, pero su objeción al pensamiento científico es que “los filósofos no pueden demostrar la existencia de Dios ni la inmortalidad del alma” (Ibíd. p. 924). Resulta ocioso aclarar que ambas cuestiones son científicamente ridículas para Hume.

45 Dervish significa en persa lo mismo que fakir en árabe.

46 “Su principio era la religión y el terror, como el de Robespierre fue la libertad y el terror […] que fundó muchos imperios y dinastías. Sobre este mar ilimitado sólo reina un perpetuo devenir, nada es sólido. Lo formado permanece transparente al rizarse, y es reabsorbido. Tal como esas dinastías e imperios no detuvieron la degeneración, por falta de solidez orgánica, los individuos desaparecen. Pero allí donde se fija un alma noble, como la ola en el mar rizado, aparece con una libertad tal que no hay nada más noble, más generoso, más valiente, más resignado”; Hegel 1967, p. 276-277.

47 Cf. Hourani 2003, p. 151

48 Cf. Eliade 1983, vol. III/1, p. 132-133.

49 Venta (bay), alquiler (ijarah), donación (hibah) y préstamo (ariyah).

50 Cf. Hourani 2003, p. 320.

51 Véase antes, p…

52 Cf. Braudel 1992, vol. I, p. 151.

53 Weber 1998, vol. I., p. 508. En el delta de Tonkín los campesinos mejor alimentados consumen al día “cinco gramos de cerdo, diez gramos de salsa de pescado, veinte gramos de sal y hasta un kilo de arroz hervido” (Braudel ibíd, p. 151).

54 Cf. Landes 2000, p. 38-39.

55 Weber ibíd. p. 515.

56 Cf. Landes 2000, p. 100.

57 Ibíd., p. 316.

58 Cf. Peyrefitte 1992, p. 286.

59 Ibíd., p. 314.

60 Braudel 1992, vol. I, p. 377.

61 Entre otros hallazgos, China es cuna de la carretilla, el estribo, el compás, el papel, la imprenta, la pólvora, los fuegos artificiales, la porcelana, una máquina hidráulica para hilar y el alto horno; cf. Elvin 1970, p. 184 y 297.

62 Burke, citado en Acton 1952, p. 57.

63 Cf. Weber 1988, vol. I, p. 302.

 

 

© Antonio Escohotado
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