LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

XVI. FINANZAS Y FINANCIEROS

”La educación de la mujer es excelente porque no está encomendada a instituciones públicas”1.


Hasta bien entrado el Renacimiento, que el crédito sólo lo practicasen pecadores-delincuentes produjo un número indeterminable de famélicos y muertos de hambre. Estimulado por leyes que le identificaban como vampiro, el prestamista se cubría en salud negándose a entregar metálico si el prestatario no firmaba haberle vendido tales o cuales bienes, normalmente todos, y cuanto más común fuese la alianza de unos deudores con otros para linchar a su acreedor más se aseguraban una circulación insuficiente de dinero. Como observará Smith, la forma más segura de elevar el interés es prohibirlo2. Pero esta situación empieza a cambiar con un prestamista adaptado al desarrollo material, que apuesta por el buen fin de cada empresa y quebraría si su negocio dependiese de ejecutar embargos.
El tejido económico ha hecho que un campo sostenido antes por anónimos “sirios, lombardos y judíos” incumba a familias de ilustres plebeyos como los Buonsignori, los Medici, los Welser, los Fugger, los Grimaldi, los Hope o los Barings, que partiendo de algún fundador genial alcanzan y pierden en pocas décadas el cenit de su influencia. Aunque Europa no pueda estar más lejos de una unidad política o siquiera religiosa, los negocios de esas dinastías empresariales la cubren de parte a parte, tendiendo relaciones que acercan de modo invisible a su población. El hecho ya permanente es que cuando una empresa parece rentable, o se trata de una persona con cuya palabra basta, ha dejado de ser un obstáculo la cantidad a desembolsar.
Por lo demás, el derecho canónico sigue rechazando cualquier cobro de intereses, y la mercantilización alterna avances con retrocesos. En Inglaterra, que recorre a su manera lo anticipado por las ciudades italianas y flamencas, una legislación errática sólo se consolida en 1571 al establecer un límite del 10 por 100 anual3, aunque el baldón de usura determina que lo pactado no pueda reclamarse judicialmente. En los demás países, y en la propia Inglaterra, que el crédito sea en algunos lugares y momentos una operación de mercado negro sigue suponiendo para ambas partes los riesgos de algo no por clandestino menos evitable. En Francia cualquier interés superior al 6% siguió siendo usurario hasta el 12 de octubre de 1789, tres meses después de estallar la Revolución.

1. Nuevos retos para el pueblo paria
Un noble veneciano observa en 1519 que “personas de todo rango acudían tan furtivamente a la casa de empeño como a una de mala nota […] porque los judíos son tan necesarios como los panaderos”4. Supongamos que un grupo de católicos gallegos y otro de protestantes ingleses emigran a América, y preguntémonos que probabilidad hay de que dos milenios más tarde sigan siendo allí lo que fueron en origen, en vez de canadienses, colombianos, argentinos, etcétera. Si los judíos dispusieran de una morfología diferencial -apoyada sobre el color de la piel o la forma de los ojos-, y si hubiesen observado en el ínterin una rigurosa endogamia, la persistencia de su identidad no desafiaría de modo tan ostensible lo probable. Pero nunca tuvieron el apoyo de una raza distinta, y no han dejado de practicar la exogamia.
A esa identidad supratemporal insólita corresponde un don no menos persistente para manejar con eficacia el dinero, que resulta inseparable de su fiabilidad como partes contratantes. Dicho rasgo era ya un lugar común en el siglo IV a.C. -cuando Alejandro Magno les cedió un sector de la recién fundada Alejandría-, y el hecho de que hayan seguido siendo tan aptos como entonces para ganarse la confianza de socios y clientes sólo puede explicarse por otro factor insólito: hogares capaces de formar a indefinidas generaciones en el hábito de cumplir escrupulosamente cada pacto. Podemos atribuir tal costumbre a la honradez, aunque será más realista fundarla en el interés bien entendido. A despecho algún éxito, el estafador y el moroso no tienen en la esfera de los negocios otro futuro que arruinarse.

Del medievo a la modernidad
Las comunidades judías desaparecen en Europa del registro histórico entre el siglo IV y el XI, salvando dos o tres menciones a cierto judío que resulta ser contable o embajador de monarcas carolingios. Hacia 1080 aparece quizá la primera mención a un grupo de ellos, cuando Guillermo el Conquistador les encomiende organizar el cobro de las cuotas feudales y conceder préstamos a la nobleza normanda en su nuevo dominio de Inglaterra5. A lo largo de los Siglos Oscuros, donde el dinero desaparece o existe sólo como joya, las familias judías sobreviven formando a cada hijo para que sea útil al señorío de cada lugar, mientras sus rabinos compilan ingentes repertorios de sentencias sobre los más mínimos detalles de la vida cotidiana y su relación con la Ley. Sin embargo, otras confesiones ligadas a un Libro se muestran hostiles o al menos desconfiadas ante el resto de los libros -oponiendo a la limitada racionalidad mundana las luces ilimitadas de su revelación-, mientras ellos aspiran a saber de todo para cumplir mejor sus deberes religiosos. En el siglo XII uno de los discípulos de Abelardo observa:

“Por pobre que sea, si un judío tiene diez hijos tratará de que todos se instruyan, no tanto para ganar posición como hacen los cristianos sino para entender la ley divina, y no sólo sus hijos sino sus hijas”6.

Podemos negar de plano que esto fuese una regla observada en general por los cabezas de familia judíos, siquiera sea para no seguir desafiando el cálculo de probabilidades; pero no que el judaísmo legalista –en contraste con la vena profética asumida por sus celotes- aspira a un racionalismo sui generis, que a cambio de aceptar las arbitrariedades de su Ley sobre el prepucio, la levadura o la grasa quiere también residir en este mundo con todos los sentidos abiertos, y se prohíbe técnicas ascéticas de mortificación para producir estados crepusculares de conciencia como los del místico. Las críticas de Maimónides (1135-1204) al milenarismo apocalíptico indican que durante la fase de oscurecimiento y miseria hubo recurrencias de dicha actitud, aunque no llegaron a hacerse hegemónicas.
Sabemos también que las comunidades judías aprovecharon el desarrollo de los burgos comerciales para pasar a vivir en ghettos muchas veces amurallados, menos expuestos a estallidos de furia fanática o pogroms de simple saqueo, donde su capacidad de ahorro no tarda en hacerles imprescindibles para un círculo más amplio que los monarcas y señores feudales. Su territorio seguro es la península ibérica, donde aparecen como médicos, traductores, comerciantes y tesoreros de Castilla hasta la muerte de Pedro el Justiciero (o Cruel) en 1369. Las posteriores dificultades, que comienzan con la dinastía de Trastamara, son un reflejo de su propia fuerza política y social. Hay tantos, tan bien situados y en algunos casos tan patriotas que el siglo XV ocurren conversiones masivas, un fenómeno sin precedentes del cual parte una transformación en el antisemitismo. Hasta entonces descansaba sobre fundamentos religiosos y a partir de ahora se hace racial7, dentro de un clima progresivamente enrarecido por los propios “cristianos nuevos”, algunos sinceros y otros no (Torquemada condenará a unos 13.000 “marranos” por ese concepto), que acaba desembocando en nuevas discriminaciones, masacres como la de Lisboa y finalmente expulsión.

La última Diáspora
El mundo mercantil que se está abriendo camino es en principio una bendición, al redescubrir el tipo de actitud frugal y previsora que sus hogares enseñan. Pero el asunto es en la práctica mucho más amargo, porque la incorporación del cristiano a los negocios -y en particular al crédito- topa con sus prestamistas no ya como verdugos de Cristo sino como competidores actuales incómodos, capaces casi siempre de ofrecer en cada país dinero menos caro, y apoyados sobre una clientela fiel por eso mismo8. Su pretensión de sumarse al elenco de comerciantes y otros profesionales alza barreras gremialistas tanto más infranqueables como justificadas por el trasfondo religioso, y el destierro de España (1492) y Portugal (1497) culmina un proceso iniciado en Alemania e Italia9 cuyo reflejo popular es la leyenda del judío errante10.
Llega una época no tanto de persecución como de miseria, donde quizá por primera vez en mil años gran parte de los judíos son más pobres que el más humilde de los campesinos. Francia e Inglaterra, países secularmente hostiles -de los cuales se huía a la menor oportunidad para evitar linchamientos y expropiaciones sistemáticas-, son los únicos donde la exigencia de conversión no resulta perentoria, y el horizonte de catástrofe funciona como abono para la vena ascético-apocalíptica reprimida hasta entonces. Llega el misticismo cabalístico11, junto con una ansiosa espera de su Mesías que acaba suscitando al payaso Shabbetai Zevi, aclamado por todas las comunidades de Europa, Asia Menor y África hasta convertirse cierto día al islam por simple pusilanimidad, sin haber sido objeto de amenaza grave.
Dentro del general empeoramiento sólo hay dos noticias alentadoras. Una es que los turcos se han apoderado en 1453 de Bizancio, cuyos confines resultaban sencillamente letales para el judío. La otra es que los Países Bajos insisten en tener libertad de conciencia. Aunque el sur de esa zona acabe sucumbiendo al terror católico, en el norte los tercios españoles son incapaces de doblegar a Holanda y otros seis territorios –Las Provincias-, que construyen un oasis para la libertad religiosa. El pueblo paria puede elegir entre un gran imperio, donde el islam no atraviesa una fase singularmente integrista, y un país minúsculo de clima endiablado pero abierto como ninguno a que el diligente prospere por medios pacíficos.
Es precisamente en Turquía donde acaba apareciendo El látigo de Judá, una obra del malagueño Salomón Verga (c. 1450-1525) que no por victimismo sino para apoyar un autoanálisis crítico describe 64 persecuciones padecidas por los judíos. Buena parte de ellas parten a su juicio de ignorar “la ciencia política y la militar”, algo que les condena a ir “desnudos” por el mundo. Además, imitan a los cristianos con su fe en supersticiones y leyendas, añadiendo a eso la altivez:

“No he conocido a ningún hombre razonable que odie a los judíos […] Pero el judío es arrogante y siempre quiere dominar. A juzgar por sus actos y palabras no seríamos un pueblo de exilados y esclavos, sometidos por un pueblo u otro. Más bien intenta presentarse como amo y señor. De ahí que las masas le odien”12.

Antes del decreto de expulsión, sefarditas españoles y portugueses han sobresalido como matemáticos, cartógrafos, lingüistas, artesanos de alta precisión, jurisconsultos y literatos. Son el único puente entre la cultura árabe y la latina, y los inicios del tráfico a larga distancia les han permitido también incorporarse a la financiación industrial. Para los más fieles a sus tradiciones –unos 100.00013- abandonar el territorio donde llevan más de mil años es un desastre que seguirá siendo motivo de duelo hasta hoy. Para quien les expulsa el efecto es más irreparable si cabe, porque los exilados reconstruyen su vida en otros países, mientras España y Portugal se verán obligados a asumir un puesto de superpotencias sin el concurso de esa elite intelectual y mercantil.
El apego de quizá otros tantos por su Sefarad les lleva a aceptar el bautismo, pero topan con una tenaz caza de judaizantes a lo largo del siglo XVI y el XVII. Un polígrafo como José de la Vega –poeta, filósofo y autor del primer libro sobre Bolsa- desciende del converso cordobés Isaac, que en 1650 abandona calabozos inquisitoriales para instalarse en Amberes; José, que ha nacido ya fuera de España, vive en Ámsterdam y atestigua su aprecio por la tierra ancestral escribiendo en un brillante castellano14. Prescindiendo de esta nostalgia, los sefarditas se desempeñan bien en el Imperio otomano (donde algunos llegan a ocupar importantes cargos públicos) y en los Países Bajos. Mucho más dura es la suerte de sus hermanos ashkenazim, que siglos antes emigraron de Renania y el norte francés para refugiarse en Europa oriental. Ahora imitan a los exilados de Sefarad, aunque llegan en gran número y casi siempre paupérrimos.
Por lo demás, ambos han nacido en hogares donde conocimiento y fiabilidad pesan más que grado de parentesco, un buen principio para salir adelante en todo tipo de oficios. A las comunidades judías les interesa también cualquier ampliación o consolidación de los derechos de propiedad, cara de una moneda cuya cruz es progreso de las libertades civiles, y ya en 1500 el rabino Abraham Farissol bromea: “Si el dinero debiera prestarse sin interés a quienes lo precisan, justo será regalar también casa, caballo y empleo”15. Un sefardita de Ámsterdam va a ser el gran teórico de la democracia moderna, y préstamos de sus magnates sufragan la resistencia del Continente al absolutismo, torpedeando primero los planes de Felipe II y luego los de Luis IV. Pero volvamos a procesos más impersonales.

2. La lógica del descubrimiento
El mayor héroe cívico desde el notario es el industrial, que quiere hacer algo nuevo -o encontrar nuevos modos de elaborar lo antiguo- para vivir desahogadamente de sus “venturas”. La exigua minoría que se dedicaba ya antes al arte y a las ciencias era empresarial, sabiéndolo o no, y el hallazgo como acto rentable por definición llega cuando el círculo de los inventores se amplia hasta penetrar todas las ramas del comercio. No fue entonces difícil admitir un lucro desorbitado para la pauta ebionita, porque el descubrimiento amplía la capacidad de todos y equivale a bien común. A diferencia de los gremios, centrados en las coacciones inherentes a una posición de privilegio, el industrial renuncia no sólo a ella sino al socorro en malos tiempos. Como observó Schumpeter, exponerse al fracaso con tanto denuedo le acredita para disfrutar sin restricciones del eventual éxito.
Con la actividad inventiva se consolidaba también una ambición capaz de ayudar a otros y complacerles, social por naturaleza, que tiende sin esfuerzo puentes entre lo público y lo privado. Ningún jerarca declaró que los hombres se debiesen precisamente “industria” unos a otros, pero es esto lo que va imponiéndose con el tipo de patrimonio aparejado a los cambios. La riqueza de los industriales es pasajera y difusiva, la preindustrial se funda en un ascendiente perenne y exclusivo sobre el prójimo. Si el desahogo del primero se sostiene pagando toda suerte de servicios, el del segundo empieza y termina antes de llegar a la esfera dineraria, intentando evitar la ociosidad de sus esclavos y dependientes. Uno explota conocimientos y el otro explota privilegios.
Portavoz del viejo orden, Hobbes observa en 1650 que “la riqueza es poder cuando va unida a liberalidad, porque procura amigos y servidores. Sin liberalidad no lo es, porque en vez de proteger expone a las asechanzas de la envidia”16. Se expresa como un senador romano o un magnate feudal, cuando a su alrededor progresa una turbulencia comparable con la equiparación jurídica entre patricios, clientes y plebeyos, sólo que ahora no hay esclavos. La estratificación que acompaña al crecimiento añade a las condiciones antiguas (dependencia, extranjería, credo) un componente cada vez más poderoso de azar y mérito.

Tenderos y aventureros
Al industrial le interesa el paso catastrófico por definición para el autoritarismo productivo, que es un mercado donde el consumidor sea soberano; y al consumidor le interesa suprimir cualquier prebenda opuesta a la autonomía de su voluntad como adquirente. Entre uno y otro sólo se interpone ahora el proceso de endeudamiento de los reyes, que es la otra cara del Estado nacional y les ha llevado a vivir de vender todo tipo de franquicias profesionales. Dicho régimen desemboca en monopolios de mayor o menor entidad, amparados por “patentes” del monarca que otorgan exclusivas tanto a grupos de artesanos como a individuos singulares. En Francia –el país más afecto a esta corruptela- la regencia de Richelieu (1585-1642) suprime unos cien mil “oficios” amparados por patente mientras se ponen a la venta otros tantos “empleos públicos”, que pueden comprarse exentos de impuestos y con otros privilegios17.
El acuerdo entre industriales y consumidores habría resultado quimérico en cualquier época previa, y aunque la salud del crédito allana su camino es instructivo seguir los obstáculos que empieza encontrando. Véase, por ejemplo, el caso de la Society of Merchant Adventures, también llamada Merchant Adventurers, que se funda a mediados del siglo XIV y subsiste hasta principios del XIX18. En 1571 la hallamos acosada por presiones gremiales, y obligada a presentar el siguiente pliego de descargo al Parlamento:

Segunda objeción. El precio de los artículos aumenta, siendo más caros en Bristol que en ningún otro lugar de Inglaterra. Respuesta. El precio de los artículos importados por nosotros es inferior en Bristol al de Londres, como prueban los vigentes en el gran almacén que acabamos de abrir allí, donde a despecho de pagar su transporte obtenemos un beneficio superior al que habríamos obtenido aquí, siendo esos artículos tanto mejores como más baratos que en cualquier otro punto de Inglaterra.
Tercera objeción. Nuestra flota ha mermado. Respuesta. Nuestra flota no puede haber mermado desde el último Parlamento sino todo lo contrario, pues hemos construido diez navíos, comprado varios más y asegurado el mantenimiento del resto. Aunque perdimos algunos, en parte por el embargo de España, tenemos el doble que al confirmar nuestra patente, como bien sabe nuestro Vicealmirante.
Cuarta objeción. Los derechos de aduana han mermado. Respuesta. Han crecido grandemente, según demuestra la copia exhibida de los libros aduaneros.
Quinta objeción. Los artesanos pobres no tienen tanto trabajo como podrían tener. Respuesta. En los dos últimos años y gracias a nosotros han llegado 400 cargamentos adicionales de tejido, que dan más trabajo a los artesanos pobres.
Los minoristas ricos no cesan de devorar a los más pobres, así como a los importadores que están obligados a venderles solo a ellos. Su incompetencia (unskilfulness) comercial degrada por fuerza la provisión inglesa de bienes, y cuantas más mercaderías controlen más caras resultarán. Lesivo es para quien aprendió durante siete u ocho años a traficar que su vida sea acosada por quienes ignoran dicho arte, cuyo ejercicio requiere más pericia de lo que habitualmente se supone.
Pero ningún minorista ha construido una sola nave, y un solo comerciante humilde ha soportado más pérdidas por servir al Príncipe que todos los tenderos de Bristol. Todos los beneficios hechos por la ciudadanía de Bristol -como la construcción de hospitales, regalos de dinero para vestuario y otras medidas destinadas al pobre- son obra de comerciantes exclusivamente, jamás de minoristas o de cualquier otra ciencia”19.

Los abogados de Merchant Adventurers habrían podido defender con idénticos argumentos a compañías de toda Europa, acosadas igualmente por gremios artesanales convertidos en sindicatos de minoristas. A diferencia del tendero (retailer), el comerciante no tiene su familiaridad con el consumidor ni una densa red de expendedurías; pero ante todo no tiene privilegios ni representantes en el Parlamento, y el hecho de que retailers y merchants sean actividades rigurosamente complementarias no cambia que los sindicados aspiren a reinar sobre los autónomos. El gremio es independiente hasta de lo que piensen uno a uno sus miembros, y desde el primer alzamiento urbano registrado –el de Cambrai (1075)- discrimina al que tenga menos arraigo, amparándose para ello en estar defendiendo lo “seguro” frente a lo “incierto”.
Esta demagogia va perdiendo eficacia en un campo tan unido a la incertidumbre, donde capital y empleo penden mucho más de innovar que de controlar. En 1571 resulta ya imposible negarlo, y los Merchants rematan su alegato aludiendo a méritos demostrados con obras de beneficencia y servicios al Príncipe. Las Objeciones que se les han opuesto son tan estereotipadas como corresponde a algo reiterado sin cambio desde hace siglos, y tan sencillas de refutar como exhibiendo una copia del libro de aduanas o consultando al Almirantazgo. De hecho, lo llamativo es la discriminación entre asociaciones: unas pueden ser acusadas de elevar los precios y mermar los recursos por otras que viven precisamente de hacer eso mismo.

La corporación mercantil
En efecto, hasta principios del siglo XVII los miembros de cualquier compañía no sólo pueden perder el negocio sino todo su patrimonio. Sigue vigente la responsabilidad común e ilimitada de cada uno, y quien haga negocios arriesgará tanto menos cuanto más evite asociarse. Con la consolidación de economías monetarias esta normativa -que en la Roma republicana e imperial vetó innumerables empresas- aparece como un freno arbitrario a la acumulación de recursos materiales y humanos, y la common law inglesa se adelanta al resto de las legislaciones diseñando una asociación donde “si algo se debe al grupo no se debe a los individuos, ni los individuos deben lo que el grupo debe”20.
Ese estatuto de “cuerpo social” (corporation) es lo que obtiene la Compañía de las Indias Orientales (1600), primer negocio donde los socios sólo pueden perder el capital aportado. Aunque la sociedad por acciones sea todavía algo unido al favor, que exige una autorización discrecional de la Corona, se incorporan a ese régimen empresas preexistentes -la Muscovy Company y la Levant Company- o su mucho más importante análogo holandés. Como la letra de cambio, que reduce la inseguridad sin aminorar la fluidez y cuantía de las operaciones, la corporación mercantil estimula vigorosamente la inversión. Ahora es posible aunar fuerzas con otros sin arriesgar más allá de cierta apuesta, y sin admitir a priori un límite de la ganancia.
Dos años después de que la East India Company obtenga sus cartas credenciales, Holanda otorga las suyas a una empresa del mismo nombre, la Vereenigde Oost-Indischen Compagnie (V.O.C.), que a despecho de fundarse en un país minúsculo comparado con Inglaterra nace con un capital social diez veces superior21. Medio siglo más tarde tiene en nómina a unos 150.000 empleados, que articulan un tráfico sostenido materialmente por 8.000 marinos profesionales y más de 200 cruceros. En años buenos, como el bienio 1657-1658, traslada a Extremo Oriente el doble de las rentas percibidas por la Hacienda española durante el mismo periodo, recuperando esos desembolsos con un dividendo medio algo inferior al 4 por 100. Si no reparte mucho más es porque algunos grandes patricios de Ámsterdam –como los Hope o los Neuville- copan de un modo u otro la adquisición y distribución de sus importaciones, cosa sin duda perjudicial para los accionistas aunque tolerada en un territorio donde la mayoría obtiene ingresos superiores al alza en el coste de la vida.

La multiplicación del efectivo
El primer brote mundial de dinero muy barato y sin adulteración llega con la edad de oro genovesa –entre 1550 y 1620 aproximadamente-, cuando los Grimaldi, los Spinola, los Doria y unas pocas familias más sustituyen a los arruinados banqueros alemanes en “el crucial servicio de hacer que las rentas fiscales y la plata americana pasen de ingresos irregulares a ingresos regulares para el rey de España”22. Una docena de esos asentistas, como se les llama en Madrid, logran dicha proeza hasta que Felipe II intente estafarles. Aunque Venecia sigue obstinada en obtener el tradicional 20%, y acelera su decadencia, los financieros genoveses mueven sus activos con una rebaja que de paso controla a los competidores del momento, situando el interés del dinero en una franja que fluctúa del 2 al 3%. Emprender ha dejado de ser caro.
Para entonces los astilleros de Ámsterdam y Rotterdam han botado naves capaces de trasladar en cualquier dirección unas 600.000 toneladas métricas23; el resto de Europa tiene una flota equiparable a otro tanto o poco más, y el resultado es un medio donde las ferias acontecen a diario, por no decir que bastantes ciudades son una sola y enorme feria, abierta noche y día. Amberes, una de las más florecientes hasta ser tomada por los mercenarios al servicio de España, erige en su puerto una estatua a Mercurio –patrono de los mercaderes- y hace justicia a las alas que ese dios tiene en la cabeza y los pies. Lo que pedía años o lustros estando vigente la Paz de Dios ocurre allí en semanas o meses, a velocidad mercurial.
El comercio tiene masa crítica suficiente para disparar reacciones en cadena, que al ser irreversibles barren los residuos de economía doméstica e imponen al sistema “hacerse analíticamente consciente de sí”24. Aunque gremios y consorcios se esfuerzan por mantener e incrementar sus monopolios, los precios son la superficie de algo que se organiza procesando cambios mucho más sutiles en el medio, donde la superficie sólo abarca una fracción de lo operante y el motor son “promesas, realidad diferida”25. El banquero confía en hombres de negocios y ellos confían en el banco, aceptando que puedan prestarse varias veces las mismas sumas antes de haber restituido el primer prestatario. El fundamento es la evidencia puramente empírica de que, si no media alarma, sólo unos pocos vacían cada día su depósito.

Los bancos de inversión
Cinco años después de la V.O.C. aparece el Banco de Ámsterdam (1609), que ya no es una caja de monedas y joyas sino el domicilio para ingresos y pagos de una clientela empresarial. Se ofrece también para verificar la ley de cada divisa (detectando porcentajes de adulteración y posibles “aligerados”), y emite recibos por el valor de cada depósito que para el depositario resultan negociables. Sus líneas de crédito –una práctica imitada enseguida por bancos de Rotterdam, Maastrich y La Haya- ofrecen al 5% un “papel” que dinamita la equivalencia entre valores depositados y títulos emitidos a cuenta suya. Las cecas de acuñación han dejado de ser el origen único de efectivo, y los primeros analistas económicos piensan como sir William Petty, uno de los más ilustres:

“Pregunta: ¿Qué remedio hay si tenemos demasiado poco dinero? Respuesta: Debemos crear (erect) un Banco”26.

En efecto, el dinero bancario se desplaza de modo más rápido y seguro, permite compensaciones automáticas y potencia la moneda preexistente27. Prestando aquello que recibe en depósito el nuevo banco acelera los negocios y reduce el tipo de interés, al mismo tiempo que permite a los clientes mantener activas sus reservas. Por otra parte, la velocidad con la cual circula ahora el dinero invita a creer en portentos como la generación espontánea y la plurilocación -estar al tiempo en varios lugares-, evocando discursos sobre la “magia” y el “misterio” del crédito que en manos inescrupulosas acaban introduciendo hallazgos catastróficos, como la Banque Royale que el escocés John Law le vende al exhausto Tesoro francés. “Una mayor velocidad en la circulación de dinero equivale hasta cierto punto a un incremento del efectivo”28, si bien el hasta cierto punto tiende más a omitirse que a destacarse.
El hecho de que sea posible disponer varias veces del mismo activo29 es, sin embargo, un corolario del desarrollo mercantil. En una economía de trueque simple, donde se intercambian ciertas mercancías por otras, ningún aumento en la velocidad de intercambio eleva lo más mínimo el número de bienes, y que no suceda lo mismo con el dinero sólo puede explicarse por su peculiar naturaleza:

“No hay ningún caso en el cual un título sobre una cosa pueda servir al mismo fin que la cosa misma: no se puede montar un derecho sobre un caballo, pero se puede pagar con un derecho sobre dinero. Esto es una razón de peso para llamar dinero a lo que es propiamente un título sobre dinero legal, siempre que ese título sirva como medio de pago […] Si los instrumentos de crédito, o algunos de ellos, penetran en el sistema monetario es porque el dinero constituye un instrumento de crédito, un título sobre el único medio de pago realmente último, que son los bienes de consumo”30.

Pero a finales del XVII, cuando esta movilización empieza a generalizarse, no está para nada claro cómo podrían los gobiernos animar situaciones de enfriamiento o enfriar las recalentadas. Ni siquiera lo está entender la maldición del legendario rey Midas, que convirtiendo en oro todo cuanto tocaba se condenó a morir de hambre. Precisamente venerar el metálico caracteriza a la llamada escuela mercantilista, un movimiento doctrinalmente difuso que sólo tiene en común propugnar el atesoramiento del oro y la plata. Como Midas, no puede ser más ajena a una riqueza medida por bienes de consumo, libertades y conocimientos.
El hallazgo de los financieros holandeses promueve en otros países una creación de bancos emisores, cuya primera manifestación es el de Inglaterra. Junto a sus ventajas, estas instituciones introducen también una nueva gama de imprevistos, empezando por el hecho de que fabricar moneda y billetes resulta más cómodo para el Estado y más arriesgado para la ciudadanía. Los jerarcas, que obtenían sus recursos aumentando la presión fiscal o endeudándose con prestamistas particulares, pueden especular ahora con el dinero público. Algunas iniciativas del Banco de Inglaterra se ligan a brotes inflacionarios, y el Parlamento adopta sucesivas leyes antiburbuja (Bubble Acts) que son las primeras reacciones ante la vertiginosa complejidad que está alcanzando el mundo económico.

 

Antonio Escohotado
Julio, 2007

 


NOTAS

1 Smith 1776 (1982), p. 687.

2 Su precio crece “en consideración al riesgo y peligro que lleva consigo evadir la ley”; Smith ibíd, p. 93.

3 Cf. Spiegel 1977, p.107.

4 Cf. Braudel 1992, vol. II, p. 563.

5 Cf. Shahak 2002, p. 153.

6 Cf. Johnson 1988, p. 193.

7 Cf. Johnson 1988, p. 224. Leonor de Guzmán, esposa de Enrique II, es judía de ascendencia, como la madre de Montaigne o el obispo de Burgos, Pablo de Santa María.

8 Ibíd, p. 216.

9 Los hitos son Viena y Linz (1421), Colonia (1424), Ausburgo (1439), Baviera (1442), Moravia (1425), Perugia (1485), Vicenza (1486), Parma (1488), Milán y Lucca (1489) y finalmente Florencia (1494), donde han sido protegidos por los Medici pero no sobreviven a su caída.

10 Cierto individuo muy arrepentido, condenado a vagar sin poder morir hasta la Segunda Venida por haber golpeado a Jesús durante su via dolorosa. El obispo de Schleswig atestiguó haberle visto personalmente en 1524, mientras rezaba en una iglesia de Hamburgo.

11 La rama principal de la Cábala, fundada por el rabino Isaac Luria (1538-1572), sostiene que de una insondable causa primera emanan deidades presididas por el Padre y la Madre, cuyos hijos se cruzan y recruzan acosados por las maquinaciones de Satán. El resultado es una prolija novela cosmológica, afín a la gnosis helenística y al sistema de Manes.

12 Verga, en Encyclopaedia Judaica, vol. 8, p. 1204-1205.

13 Cf. Johnson 1988, p. 229.

14 Véase la introducción de Anes a De la Vega 1688 (1986).

15 En Johnson 1988, p. 248.

16 Hobbes 1979, p. 189.

17 Cf. Tocqueville 1982, vol. I, p. 130.

18 Sólo desaparece con la toma de Hamburgo por Napoleón (1809). Desde 1611 se ha mudado allí, para evitar las obstrucciones halladas en su propio país; cf. Braudel 1992, vol. II, p. 448. Los adventurers tenían un código de costumbres tan exigente con el decoro como los negociantes hanseáticos, sus rivales.

19 Páginas 54-55 del alegato; cf. http://bris.ac.uk/Dept/History/1571parliament.

20 Cf. Encyclopaedia Britannica, Macropaedia, voz “Corporation”.

21 6.500.000 florines, equivalentes a 64 toneladas de oro; cf. Braudel 1992, vol. III, p. 224.

22 Braudel 1992, vol. III, p. 165. Subrayado suyo. En efecto, los tercios cobran mensualmente –y en oro, no en plata-, y de demorar ese pago se siguen consecuencias tan temibles como el saco de Roma.

23 Ibíd, p. 190.

24 Schumpeter 1995, p. 368.

25 Braudel 1992, vol. I, p. 476.

26 Quantulumcumque Concerning Money (1682), Cuestión 26.

27 Un ejemplo extremo ofrece el sefardita Isaac de Pinto en su Tratado sobre la circulación y el crédito (1761), recordando cómo pagó a su guarnición cierta ciudad sitiada. “Alguien pensó pedir prestado a las cantinas su efectivo, que eran 7.000 florines. Al terminar la semana esa suma había regresado a las cantinas y volvió a prestarse. Esto se reiteró otras seis semanas, hasta la rendición, con lo cual 7 se convirtió en 49”; Pinto en Braudel 1992, vol. I, p. 468.

28 Cantillon 1755, II, 6, 6.

29 Una exposición polémica del mecanismo ofrece Mises 1995, cap. XX.

30 Schumpeter 1995, p. 371.

 

 

© Copyfreedom Antonio Escohotado 2007
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
http://www.escohotado.org



Development Sciences Network Presence
www.catalanhost.com