LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

XVII. EL COLOSO MINÚSCULO

“Las tierras producen menos por razón de su fertilidad que por la libertad de sus habitantes”31.


¿Cómo pudieron los neerlandeses32 resistir no sólo al imperio español sino a la Francia de Luis XIV, siendo árbitros de Europa desde finales del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII? Formaban parte en origen de las llamadas 17 provincias flamencas, feudos del Sacro Imperio desde 1477 -por matrimonio del emperador Maximiliano con María de Borgoña-, que serían heredados por Carlos de Gante, futuro Carlos V, teniendo él seis años. Así iban a mantenerse hasta Felipe II, cuando Holanda y otras seis autonomías33 se embarcaron en una guerra de independencia casi interminable -prolongada durante ochenta años- sin otro aliado nobiliario que un magnate de rango medio como Guillermo I el Silencioso, duque de Orange.
Su Juramento de 1581, que crea las Provincias Unidas y consuma la secesión de España, se apoya de modo expreso en lo argumentado diez años antes por Bartolomé de las Casas. A saber, que “si el Príncipe no respeta las leyes y usos de un país, el pueblo tiene derecho a elegir otro regente”. Y, en efecto, el absolutismo de Felipe II no podía ser más extraño a territorios caracterizados ya entonces por una descentralización radical, donde no ya cada provincia sino cada ciudad eran repúblicas autónomas y la actividad económica llevaba generaciones a cubierto de veleidades gubernativas. Partían de “una filosofía de la vida basada en frugalidad e industria”34, con clases medias hechas a practicar la sencillez del menonita y empresarios a menudo calvinistas, apasionados por la apuesta como “juego del ser humano”35.
Cuando Guillermo I resulte asesinado, poco después, ni los propios neerlandeses creen posible sobrevivir sin apoyo externo. De ahí ofrecer el título de soberano-protector al duque de Anjou, y luego a Enrique III de Francia e Isabel I de Inglaterra, que declinan por un motivo u otro la oferta. Cuando esos intentos fracasen no hay otro remedio que rendirse a la corona española o seguir adelante con lo esencial de su aventura política, y en 1588 el nuevo país se convierte en una república democrática, gobernada por el principio de la mayoría simple. Pero así comienza su larga edad de oro.


1. Algunas curiosidades
Los vikingos usaron su destreza como carpinteros y herreros para lanzarse a expediciones de conquista. Los frisios y bátavos que desde mucho antes ocupaban la desembocadura meridional del Rhin se conformaron con esa inhóspita zona, y acabarían destacando en todas las ramas de la ingeniería. Gracias a ello supieron quitarle cinco mil kilómetros cuadrados al Atlántico, revolucionar la agricultura, inventar la Bolsa moderna o poner en comunicación al planeta entero con la V.O.C. y su hermana, la Compañía de las Indias Occidentales.
Reinando Vespasiano el jefe bátavo Claudio Civilis sublevó a buena parte de la Germania, y lo hizo con tal pericia que el Imperio acabó firmando una paz tras varios años de lucha36. Roma había osado vender como esclavos a unos jóvenes de la tribu, y la exigencia incondicional de libertad de aquellas gentes sigue resonando en crónicas altomedievales con su grito de batalla: “Antes muertos que sometidos”. Cuando la tierra es invendible en toda Europa -porque pertenece en parte al rey, en parte al señor y en parte a la familia en sentido amplio, siendo por eso mismo propiedad comunitaria- los neerlandeses tienen hace siglos un régimen de propiedad individual enajenable37. Cuando la Hansa es hegemónica en todo el norte, hasta el extremo de forzar la claudicación de Noruega o Dinamarca en litigios puntuales, son flotas holandesas quienes moderan –por la fuerza en caso necesario- sus pretensiones de monopolio.
Pero si hay que elegir entre la batalla y el contrato se elige esto último, pues salir adelante en aquellas pantanosas tierras no sólo ha enseñado que libertad y propiedad son inseparables, sino que tesón y conocimiento pueden suplir cualquier desventaja inicial. En 1592 Cornelis van Houtman compra un pasaje a la India fingiéndose portugués, es descubierto poco antes de desembarcar y salva la vida prometiendo un buen rescate, que tardaría muchos meses en llegar a su mazmorra de Goa. Cuando vuelve apenas tiene tiempo para pisar su país, porque la Cámara de Comercio de Rótterdam le ha preparado cuatro naves bien pertrechadas, que logra guiar hasta la India gracias a la experiencia adquirida por el primer viaje. Allí tiene el gusto de meter en mazmorras a sus carceleros, instalando el primer puesto comercial neerlandés en Extremo Oriente.
En 1688 el capitán general de Las Provincias, Guillermo II de Orange (1650-1702), desembarca en Inglaterra apoyado sobre una armada de invasión que le convierte en Guillermo III, rey de Gran Bretaña, Escocia e Irlanda. Mientras fue el príncipe sin corona de su país alimentó tentaciones absolutistas, pero al conquistar el Reino Unido su meta declarada –y cumplida- es la reforma democrática llamada Revolución Gloriosa, “que priva al monarca de todo poder arbitrario sobre la propiedad o la libertad personal de cualquiera de sus súbditos”38. El hecho de exigir a los whigs ingleses una invitación por escrito no altera el logro técnico y militar: su flota bloquea al tiempo los principales puertos, desembarca en los puntos previstos y consuma en general lo que cien años antes intentara la supuesta Armada Invencible de Felipe II.

2. Una aristocracia del conocimiento
Las Provincias brillan ante todo merced a contemporáneos de Guillermo III como Johan de Witt (1625-1672) y Baruch Spinoza (1632-1667), que destacan entre una pléyade de científicos, empresarios y políticos. Patricio civil por cuna, de Witt es elegido primer ministro a los 28 años y gobierna casi dos décadas, consolidando las instituciones de una república donde libertad política y económica van de la mano. Las academias le recuerdan como jurista y geómetra, o más aún por una “matemática del azar” hoy conocida como cálculo de probabilidades39, sin que los demás le tengamos presente siempre como aquello que en realidad fue: el estadista liberal originario. Para pensar la democracia no le faltaron buenos ayudantes como su secretario Pieter de la Court40 y ante todo el tallista de lentes y dilecto amigo Spinoza, que a instancias suyas eleva el programa de la libertad (vrijheid) neerlandesa a dimensiones intemporales. Su inconcluso Tratado político (1672)11, secuela del previo Tratado teológico-político, presenta el Estado racional como unidad construida sobre el culto a la diferencia, que se contrapone por eso mismo a la unidad simple o nacional del absolutista.

Navegando el riesgo
En Francia y en Alemania, sus vecinos geográficos, la aristocracia está exenta de tributación. En Las Provincias sólo están exentos de tributación los indigentes, una medida imitada algo después por Inglaterra. En Holanda, la provincia más rica con mucho, una ciudadanía exigente por no decir díscola veta el menor gasto prescindible a costa suya, admitiendo sólo una remuneración simbólica para los cargos públicos. De Witt, por ejemplo, ocupa la más alta magistratura exclusivamente porque deslumbra por “su talento e industria”. El estibador le interpela por la calle, donde deambula sin escolta, y hablan de igual a igual. Aunque rara vez se librará de ásperos reproches, eso mismo enorgullece y une a ambos.
El culto a la majestad -intacto en gran parte de Europa- ha dejado de existir allí. Por lo demás, es un tránsito brusco del imaginario clerical-militar al prosaísmo republicano y no exento de peligros, pues el populacho ofrecerá un duradero punto de apoyo para que demagogos al servicio de la preterida nobleza exciten nostalgias absolutistas42. El ejemplo más flagrante llega en 1672, cuando la flota inglesa bloquea y ataca por mar, el invicto ejército del Rey Sol entra por el sur y las tropas de Münster y Colonia por el este. De Witt ha dimitido meses antes, forzado por sabotajes orangistas a sus intentos de entenderse con Francia, y una turba animada por la bandera naranja le despedaza de modo monstruosamente cruel mientras camina por La Haya, sin que el duque Guillermo –futuro monarca inglés y desde ese momento magistrado supremo del país- persiga a los culpables.
Una inmensa consternación invade al país, que habría sucumbido al ataque terrestre si no dispusiera de una obra de alta ingeniería como el Frente Acuático, diseñada para proteger los centros neurálgicos a costa de ceder gran parte del territorio. Hacen falta algunos días para que ese río artificial crezca lo bastante, y el plazo lo habilita una oferta de Luis XIV -marcharse si recibe 18 millones de florines-, que entre el despacho y la respuesta (un indignado NO) acaba de hacerlo infranqueable. Entretanto la flota holandesa inflige a los ingleses una primera derrota, a la que siguen otras dos y una inversión del cuadro: el bloqueador es bloqueado y debe pedir la paz. También Francia ha de retirarse, como los demás agresores, y será sometida desde entonces a una política de desgaste que culmina con el nombramiento del Stadthoulder neerlandés como rey de Inglaterra.
Por pequeño y mísero que sea en materias primas, aceptarse como sociedad comercial le ha dado recursos –nunca mejor dicho fortuna- para superar la codicia y el escándalo de todos los demás juntos43. Tan sagrado es allí el intercambio que sus agentes no interrumpen operaciones ni cuando el abastecido está en guerra con su país; por ejemplo, si convinieron entregar grano a España, Francia o Inglaterra lo entregan, prefiriendo embolsarse el dinero a provocar hambrunas en la retaguardia enemiga. Acusados de alta traición por ello, esos comerciantes responden que las guerras se ganan con efectivo y coraje, y que ellos están dispuestos a aportar desinteresadamente ambas cosas cuando proceda.
En Civilización y capitalismo, una trilogía admirablemente documentada y escrita, Fernand Braudel comienza el volumen dedicado a las finanzas del periodo XV-XVIII con la propuesta de que “en el póker económico algunos siempre han tenido mejores cartas que otros, por no decir ases en la manga”44. Como Las Provincias inauguran sin duda el capitalismo moderno, tratemos de precisar en qué consistió su ventaja.

Del maremoto a la intermediación
Poco se sabe del país hasta el tsunami de 1282, cuando el Atlántico rompió la franja costera de dunas a la altura de Texel, inundando una gran extensión de terreno y formando la gran bolsa de agua salada que se llamaría desde entonces Mar de Zuyder. Siguen noticias dispersas sobre gentes sometidas a vientos huracanados y un frío intensamente húmedo, con una tierra anegada tres cuartas partes del año y sin otros árboles que las alamedas de algunos canales. La gran ola ha trastocado casi todo, y una población diezmada sobrevive a duras penas arrendando en verano sus pastos a ganaderos alemanes y daneses. Un siglo más tarde, hacia 1400, el país sorprende al viajero por una cantidad inusitada de molinos, que se sirven del viento para drenar y regar alternativamente la tierra. En 1500 el aprovechamiento de la pesca, una agricultura revolucionaria, mucho comercio y mucha industria no sólo han permitido alcanzar la más alta densidad demográfica del Continente sino una distribución anómala de la población, ya que dos de cada cinco personas son burguenses. En Alemania y Francia el porcentaje es uno de cada diez.
Bastante después, cuando el caballero de Parival publique Les délices de l’Hollande (1662), la nobleza local se queja de que “los asalariados obtienen gran parte de los beneficios y viven más cómodos que sus señores”. Los granjeros han creado un tipo de vaca único, capaz de rendir hasta tres cubos diarios de leche, y los agricultores son peritos agrónomos45. El sector pesquero captura, sala, empaqueta y distribuye cantidades ingentes de arenque, y las granjas exportan el 90 por ciento de sus quesos. Con métodos que anticipan la producción en cadena, los astilleros de Rótterdam botan una nave robusta y panzuda -el vlieboot- que a igualdad de carga cuesta menos y pide menos tripulantes. Otra parte de su industria elabora maquinaria singularmente atractiva, ya que se basa en piezas recambiables. Dentro del textil hacen solo teñido y acabado de paños, si bien con técnicas que les aseguran independencia46.
Sus comerciantes prefieren el producto de las salinas de Francia, por ejemplo, pero cuando esas plazas se les cierren encuentran un modo barato de hacer menos cáustica la sal de Setúbal y Cádiz. Beben abrumadoramente cerveza, pero compran y trasladan buena parte del vino francés. Ser implacables en la persecución del beneficio les ha hecho también flexibles, y tienen siempre una respuesta extramilitar a carencias o reveses de la suerte. Como comenta de Witt al embajador francés, seguiremos comprando sus productos mientras acepten nuestras manufacturas, no sólo porque la reciprocidad es justicia sino porque a nosotros no nos cuesta como a ustedes “la sobriedad y recortar lujos”47. De eso sabe mucho una marina que es dueña entonces de los océanos, donde ni el capitán tiene derecho a ginebra sin la justificación de algún percance grave.
Inventar y economizar, pagando siempre por cada cosa, empieza por el principal obsequio del maremoto -el puerto de Ámsterdam-, que debe servirse de artilugios para elevar cascos de gran tonelaje y sólo se mantiene dragando sin pausa bancos de arena móvil. Estos costes añadidos no impiden que a mediados del XVII contenga a diario miles de navíos, cuya carga y descarga se verifica gracias a una red de almacenes sin paralelo en los anales. Un comerciante italiano observa que allí “diez o doce negociantes de primer rango pueden mandar en un momento más de 200 millones de florines en dinero bancario, que se prefiere a efectivo. No hay Soberano capaz de cosa parecida”48. Al hacer un inventario económico de Inglaterra, que publica en 1728, Daniel Defoe llama a los holandeses “transportistas del Mundo, intermediarios y corredores bursátiles de Europa”49.
Lógicamente, cuidar del propio beneficio supone financiar el crecimiento de sus clientes, y el gran salto económico de Europa en el siglo XVIII parte de una plaza como Ámsterdam, donde se aceptan montañas de letras libradas por empresarios de todas partes. Tan decisivo como esa liquidación de pagarés es que el comisionista de Las Provincias desarrolle un contrato de comisión en gran medida nuevo, donde a los servicios habituales añade crédito. Esto amplía los horizontes del comitente, permitiéndole a él doblar o triplicar su tarifa sin que sus operaciones se reduzcan en número. La movilización general de activos supone no sólo considerar lo existente sino formas mucho más precisas de lo mismo, montando un sistema de seguros y reaseguros en torno a cada compraventa.


3. La Bolsa y la vida
El mercader clásico solía decir: “Venero el negocio, pero abomino el juego”50, proposición ingenua para una ingeniería financiera holandesa que promueve “el negocio más real y útil entre los conocidos”51. La Bolsa de Ámsterdam desarrolla en paralelo al mercado de acciones otro de opsies o futuros -primas pagadas para poder comprar o vender más tarde a cierto precio-, cuyo conjunto desafía el cálculo sin dejar de multiplicar la inversión. La criatura resultante es tan sensible a noticias fidedignas como a infundios sobre éxitos y desastres, debe llamar atonía a la ausencia de movimientos febriles y, en definitiva, sostiene una actividad donde todo es ludo, juego. A la fluctuación del dividendo conseguido por cada empresa se añaden agentes que -por vocación unas veces y por estrategia otras- operan como compradores optimistas y vendedores agoreros, clientela inicial para una alternativa al cordial aunque turbio alcohol de las tabernas:

“Frecuentan unas casas que se conocen por el nombre de Coffy Huysen, muy agradables en invierno por los fuegos con que se caldean, y los pasatiempos con los que se divierten, pues unas tienen libros para leer, otras tableros para jugar, y todas cantidad de gente para charlar. Unos toman chocolate, otros coffie, otros suero, otros té, y casi todos fuman tabaco para entretener la conversación, con lo que se calientan, se recrean y se divierten por poco dinero, oyendo las noticias, discutiendo sus ideas, ajustando los negocios”52.

El autor de estas líneas les llama “tahúres” con afabilidad, viéndoles navegar lo azaroso de cada día. ¿Qué no es juego, a fin de cuentas? Parece fuera de duda que no son actos lúdicos las guerras, los dogmas, otras conductas sujetas a mandato, ni la pobreza de espíritu como ideal. El acto lúdico es “una ocupación libre […] obediente a reglas absolutamente obligatorias aunque libremente aceptadas, que tiene su fin en sí misma y va acompañada por un sentimiento de tensión y alegría, y la conciencia de ‘ser de otro modo’ en la vida corriente”53. Poco juego puede haber, desde luego, cuando las identidades dependen de factores involuntarios como la cuna, la nación o el credo. Pero la sociedad comercial trae consigo identidades móviles, generalizando un modelo de condición humana “que acepta la incertidumbre y es esencialmente deliberado”54.
En el perímetro violencia-dogma la seriedad se aplica a una autoconservación unida a símbolos y jerarquías. En el juego –que atrae no sólo al humano sino al resto de los animales- la seriedad se aplica a adquirir destreza y resistencia, cosa a su vez imposible sin reflexión y trabajo. Está en su naturaleza santificar los medios, no el fin, aportando un concepto de la derrota donde jugar y ganar no se confunden jamás. La victoria resulta inseparable de algo obtenido con fair play, y excluye por tramposo a quien mezcle reglas de juegos distintos. Con los nuevos tiempos, va pareciendo cada vez menos honorable imponerse sólo por la fuerza.

El acrecimiento sutil
Las fronteras entre Paz de Dios y juego limpio son el asunto de Zumbido de colmenas, o bribones convertidos en hombres honrados (1705), cuatrocientos versos que publica anónimamente un médico holandés, Bernard de Mandeville (1670-1733). Se ha instalado en Londres cuando esa plaza empieza a heredar la grandeza de Ámsterdam, y bastan pocas semanas para que un folleto de muy pocas páginas, vendido por las calles a medio penique, se convierta en el mayor best seller de la historia editorial inglesa hasta entonces. Su alegoría arranca de san Agustín –cuando denuncia como lacra social la práctica de comprar barato para vender caro-, y desarrolla esa lógica llamando a las cosas por su nombre: el comportamiento altruista es precisamente “virtud”, y el egoísta es “vicio”. Con todo ¿qué tipo de sociedad se sigue de transigir con las diversas formas del vicio?

“La raíz del mal, la avaricia,
Vicio tan condenable y degenerado,
Tornóse esclavo de la prodigalidad,
Ese noble pecado; mientras la lujuria
Empleaba a un millón de pobres,
Y el odioso orgullo a un millón más.
La propia envidia, y la vanidad,
Embajadores de la industria fueron;
Su amor por el inconstante desatino
En dieta, mobiliario y vestido,
Ese vicio extrañamente ridículo, convirtióse
En la rueda misma que hace girar el comercio.
………………………………
Así el vicio crió la inventiva,
Que unida a tiempo e industria
Sostuvo las conveniencias de la vida,
Sus placeres reales, las comodidades, el desahogo.
Hasta una altura tal que los muy pobres
Vivieron mejor que antes los ricos,
Y nada se echó en falta.”

Cuando la colmena virtuosa interrumpe esa iniquidad lo primero en simplificarse es la administración de justicia (“pues ahora los no remisos deudores/ pagan hasta aquello que olvidaron los acreedores”), seguida gradualmente por la construcción de muebles e inmuebles, la importación y exportación y, en general, los gastos prescindibles (vain costs). La frugalidad redirige el esfuerzo “no a cómo gastar sino a cómo vivir”, mientras “rodeadas de paz y plenitud/ todas las cosas son baratas y simples”. Liberados de “la cruz de la industria, /todos admiran su despensa doméstica/sin buscar ni aspirar a más”. Han logrado evitar el vicio, y aunque su colmena deje de ser una nación populosa y respetada por las demás, viéndose movida a abandonar su amplio territorio previo por el acoso de otras colmenas humanas, la moralidad compensa el colapso demográfico y el éxodo:

“Tan pocos perviven en el panal otrora vasto
Que ni uno entre cien puede sostenerse.
…………………………………………
Pero contando como vicio el propio desahogo
Tanto progresaron en su templanza
Que para evitar extravagancia
Volaron hacia el hueco de un árbol,
Bendecidos por el contento y la honestidad”.


Tras vender cientos de miles de ejemplares, y disiparse los peligros de una persecución que podría haberle llevado a la hoguera, Mandeville reconoció en 1714 su autoría e hizo importantes añadidos. Desde entonces iba a ser La fábula de las abejas o vicios privados, beneficios públicos. Conteniendo varios discursos para demostrar que las debilidades humanas pueden tornarse en ventaja para la sociedad civil, y ocupar el lugar de las virtudes morales. Nadie había dedicado una carga pareja de ironía al pobrismo evangélico, y la acogida del público indica hasta qué punto estaba preparado para oír su Moraleja:

“Prescindid de lamentaciones: sólo los necios intentan
Lograr que una colmena prospere
……………………………………………
Sin grandes vicios, vana
Utopía asentada sólo en el cerebro.
Fraude, lujo y orgullo han de vivir
Para recibir nosotros los beneficios.
Pues el vicio resulta benéfico
Cuando la justicia lo agrupa y limita.
………………………………………….
La virtud desnuda es incapaz de hacer que las naciones
Vivan en esplendor; aquellas capaces de revivir
Una edad de oro deben ser tan libres
En frutos (acorns) como en honestidad.”


Hume y Smith se encargarán de entender y aplicar lo más profundo de la Fábula. Al presentar una armonía de conveniencias particulares como origen de la sociedad próspera, Mandeville “nunca muestra con precisión cómo se forma un orden sin previo designio, pero pone fuera de duda que así ocurre”55. Esto anticipa todos los análisis ulteriores basados en procesos de autoorganización, y pone sobre el tapete nada menos que la división del trabajo como concepto. El lector común, por su parte, agradeció las descripciones de “una vanidad que mendiga adulación”56, y abrió los ojos al lujo como un culto a la calidad que crea empleo y estimula descubrimientos. Hasta el famoso crítico literario Samuel Johnson, escandalizado por el “brutal cinismo” del holandés, reconoce que “es imposible gastar en lujo sin hacer a los pobres un bien superior a la limosna, pues les lleva a ejercitarse en la industria mientras la limosna les mantiene ociosos”57.
En la versión ampliada de 1714 leemos que basta limitar al jerarca “con normas escritas, y todo lo demás sobreviene rápidamente [...] Ningún grupo permanecerá mucho tiempo sin aprender a dividir y subdividir el trabajo”58. Con el derecho civil y político como aliados, el interés privado construye una sociedad incomparablemente más benéfica para todos que practicar la desposesión piadosa. El pensamiento que informa esa amalgama de crítica social e intuición filosófica no acaba de brillar hasta medio siglo más tarde, cuando Smith la exponga al comienzo de su tratado sobre economía política59.


4. Nada dura para siempre
Como el búho de Atenea, que sólo levanta el vuelo cuando comienza el crepúsculo, Mandeville es un holandés llamado a trabajar fuera de su Rótterdam natal. En efecto, con Las Provincias está aconteciendo algo análogo a lo ocurrido con la Liga Hanseática, otra organización sin organizador cuya decadencia remite a la magnitud del propio éxito, unida en su caso a lo exiguo de un territorio. Todo el planeta ha aprovechado en mayor o menor grado sus técnicas de embalaje y depósito, su transporte, su intermediación y su crédito, aunque el crecimiento suscita algo semejante a una “prestamomanía” (Braudel) iniciada por la especulación con variedades raras de tulipanes (1636-1637), que acaba arruinando a miles de empresarios. Es discutible que la febril actividad montada en torno a esos bulbos arrojase a fin de cuentas más pérdidas que ganancias, pero no lo es que el dinero bancario supera diez o quince veces al metálico, y de un modo u otro converge sobre Ámsterdam desde los cuatro puntos cardinales.
Cuando los tipos caen allí al 1,5, y hasta el 1 por ciento, algunos observadores piensan que el dispensador de liquidez podría estarse atragantando, entre otras cosas porque no tiene dónde colocarla de modo estable y masivo. Hombres de negocios neerlandeses han puesto en marcha la minería y la industria armamentística en Suecia, por ejemplo; pero dicha inversión depende de la geopolítica y sus albures –no de una gestión empresarial eficaz-, y Las Provincias necesitarían una fuente doméstica de gasto como la siderurgia, algo a su vez imposible por falta de materia prima y volumen físico. Si se prefiere, la producción del resto del mundo no crece al ritmo en que lo hace el tráfico holandés con sus expectativas, condenando a una recurrencia de burbujas financieras. Grandes gastos improductivos, como la guerra de sucesión en España (1713), no perjudican en medida pareja a Inglaterra –su aliado incondicional desde Guillermo III-, que aprende atentamente de los aciertos y errores holandeses, no tiene estrecheces de espacio y empieza a ser la residencia favorita de su elite mercantil.
En 1748 Hume estima que el país “ha hipotecado gran parte de sus rentas”60, y que debe reciclarse de alguna manera para hacer frente al desarrollo comercial e industrial de sus vecinos europeos, pues éstos están aprendiendo a gestionar sus propios asuntos. Cierto día de 1763 la “montaña de papel” inspira desconfianza a sus aceptantes habituales, y la rutilante Bolsa de Ámsterdam entra en quiebra. El percance se salva inyectando liquidez, pero arrastra al resto de las Bolsas europeas y quebranta una confianza antes intacta. Diez años después una segunda crisis bursátil se salda con el traslado del centro crediticio internacional a Londres. Faltan apenas unos meses para que los colonos norteamericanos se declaren independientes (1776), y apoyar o rechazar su pretensión termina sumiendo en guerra civil a Las Provincias.

La revolución bátava
La renta per capita inglesa empieza a ser superior desde 1780, un año donde el Tesoro público se calcula oficialmente en unos mil millones de florines, de los cuales 50 son oro, plata y diamantes; el resto corresponde a préstamos domésticos, coloniales e internacionales61. El conflicto entre republicanos y orangistas pro-ingleses se ha reavivado con la anglofrancesa Guerra de los Siete Años (1756-1763), en la cual y a costa de perder muchas naves el país asume prácticamente todo el comercio galo y obtiene con ello ingresos extraordinarios. Sin embargo, su marina de guerra ha ido haciéndose meramente simbólica, y cuando Inglaterra acabe atacando no hay modo de proteger ni a la metrópoli ni a las principales colonias, afectadas catastróficamente por la pérdida de Ceilán y las Molucas en 1784.
Lo trágico del caso es que tanto el Partido Patriótico de van der Capellen como los orangistas disponen ahora de sólidas razones. Las simpatías del neerlandés por el derecho de los norteamericanos a autodeterminarse son políticamente sagradas, aunque no tenga la misma justificación haber aprovechado con cinismo la guerra entre su aliado de siempre -una monarquía constitucional como la inglesa- y una Francia absolutista. Década y media después de terminar ese conflicto, cuando estalla la guerra de independencia norteamericana, resulta suicida dar motivos a una armada ya invencible. El barómetro es la Bolsa de Ámsterdam, sumida en una tercera crisis de duración nunca vista -desde 1780 a 1783-, cuyas secuelas son un país empobrecido y airado, que prefigura la Revolución Francesa con una serie de eventos conocidos como Revolución Bátava.
Entre una y otra media la diferencia de que sea necesario, o no, abolir la servidumbre. Los neerlandeses llevan siglos teniendo como aristocracia un patriciado plebeyo, y disponen ya de la igualdad jurídica reclamada en Francia. Pero el Partido Patriótico abunda también en recetas sencillas y directas para transformar por completo a la sociedad -como las expuestas por Rousseau y otros philosophes-, y mientras denuncia los intentos monárquicos de desacreditar a la democracia no puede impedir que su “¡Larga vida la libertad!” coincida con actos de saqueo, vandalismo y motín. Eso basta para inflamar los ánimos de un país castigado en su amor propio por la crisis económica y la derrota militar, con una población atónita ante el odio que estalla en su seno. El ya mencionado Oldencop, testigo presencial, sólo acierta a entender el fenómeno como un brote de discordia que “divide con ferocidad increíble incluso a las familias más acomodadas, oponiendo padres a hijos, esposos a esposas”.
En efecto, una parte del pueblo bajo apoya a los ultraconservadores y otra a los revolucionarios de corte philosophe, mientras la clase media es sometida a una misma proposición (“liquidar a los sediciosos”) sostenida con idéntica vehemencia por ambos extremismos. Ese desgarramiento conlleva parálisis, y en 1787 -invitadas por el duque de Orange, Guillermo V- tropas prusianas toman Ámsterdam y Leiden, saqueándolas sin que su ciudadanía oponga apenas resistencia. Como observa entonces un diputado de las Provincias, demasiados neerlandeses han olvidado que su vrijheid, la libertad civil, “significa cultivar pacíficamente la tierra, las ciencias, las artes, el comercio y las profesiones”62. Los patriotas, obligados a exilarse entonces, volverán en 1795 con la invasión que consuma el ejército revolucionario francés, un hecho aceptado con la misma apatía que la irrupción prusiana. Algo más tarde Napoleón convierte a Las Provincias en uno de los reinos de su Imperio.

 

Antonio Escohotado
Julio, 2007

 


NOTAS

31 Montesquieu, en Tocqueville 1982, vol. I, p. 143.

32 Gentes de las tierras bajas (nieder länder), una expresión que como topónimo –“Nierderlande”- aparece ya en el Poema de los Nibelungos.

33 Zeeland, Utrech, Gelderland, Overijssel, Friesland y Groninga.

34 Lo dice sir William Temple en sus Observations upon the United Provinces (1662), cf. Schumpeter 1995, p. 200.

35 De la Vega 1986 (1688), p. 4.

36 Tácito dedica a la rebelión los capítulos 4 y 5 de sus Historias, aunque concluye el relato de modo abrupto, sin precisar qué fue de él tras un tratado que eximió a los bátavos de pagar tributo dinerario a Roma.

37 Cf. North y Thomas 1982, p. 71.

38 Hume 1983, vol. V, p. 110.

39 Aplicó también esos conceptos a la Hacienda pública -en El valor de las rentas vitalicias comparado con el de las pensiones redimibles (1659)-, un ensayo cuyas conclusiones le granjearían, por cierto, el odio de las viudas. A la hora de combatir demostró ser también un táctico sobresaliente, artífice de la victoria en la segunda guerra anglo-holandesa.

40 A quien ayuda a escribir El interés de Holanda (1662), un libro convertido rápidamente en superventas europeo.

41 Publicado incompleto, el año mismo de morir de Spinoza, su título es suficientemente aclarador: Tratado político en que se demuestra cómo debe ser constituida la sociedad donde […] imperan los aristócratas entre los demás ciudadanos, a fin de que no caiga en tiranía y la paz se conserve inviolada. Volveremos sobre este texto al considerar el liberalismo como sistema político.

42 Un siglo después el holandés Oldencop, cónsul de Rusia en Ámsterdam, constata que “el populacho siempre comulgó fervientemente con el mito orangista, presto a movilizarse, ir a la huelga, saquear y quemar”; cf. Braudel 1992, vol. III, p. 275.

43 Esto incluye cuatro feroces guerras con Inglaterra: 1652-4, 1665-7, 1672-4, 1782-3.

44 Braudel 1992, vol. III, p. 48.

45 Han descubierto, por ejemplo, que rotando cultivos no necesitan mantener las tierras en barbecho durante uno, dos o tres años (pues cada planta emplea nutrientes distintos); abonan con cal para reducir la acidez del terreno y fijan el nitrógeno con guisantes, judías y tréboles, a despecho de ignorar la teoría química del caso; cf. Barraclough 1985, vol. IV, p. 178.

46 Jaime I de Inglaterra decide prohibir que se les exporte -para asumir así todo el proceso-, pero allí el acabado sale más caro que el conjunto de las operaciones previas (cardar, hilar y tejer). Las Provincias, por su parte, pueden hacerlo a mitad de precio y tienen otras fuentes de lana “blanca”, como España.

47 Cf. Braudel 1992, vol. III, p. 237-238.

48 Ibíd, p. 245.

49 Ibíd, p. 239.

50 De la Vega 1688, p. 232.

51 Ibíd, p. 6.

52 Ibíd, p. 196.

53 Son palabras de otro neerlandés, Johan Huizinga, escritas en la prisión nazi donde morirá; cf. Huizinga 1969, p. 6-7.

54 Ibíd.

55 Hayek 1991, pág. 79.

56 Smith 1997, p. 538. Cauto siempre, añade que “nunca habría ocasionado una alarma tan generalizada si no hubiese bordeado en algunos aspectos la verdad” (ibíd, p. 544).

57 Johnson en Boswell 1952, p. 393.

58 Mandeville 1978, vol. II, pág. 165. En el Prefacio a la segunda edición ha aclarado también que “los vicios sólo deben reprobarse cuando crecen hasta convertirse en crímenes”.

59 “En la mayor parte de las circunstancias el hombre reclama la ayuda de sus semejantes, y en vano podrá esperarla sólo de su benevolencia [...] No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos, aunque no del todo, pues la mayor parte de sus necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas, por trato, cambio o compra”; Smith 1982, p. 17.

60 Political Discourses II, 6, 6.

61 Jan de Vries, Rijkdom der Nederlanden 1927; cf. Braudel ibíd, p. 267.

62 Cf. Braudel ibíd, p. 275.

 

 

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