LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

DEMOCRACIA Y DEMAGOGIA32

 

“Las disputas con hombres que se obstinan en mantener sus principios a toda costa son las más molestas de todas, salvo quizá las que se mantienen con personas totalmente insinceras”33.


Si buscamos ejemplos precoces de masas revolucionarias, lucha de clases, guerras civiles, tribunos populistas y expropiación del rico no será de provecho explorar la historia de China, India o Egipto, donde situaciones de miseria aguda se prolongaron durante siglos y milenios sin alterar la forma de gobierno. El ejemplo más antiguo y rico en pormenores es Grecia a principios del VII a.C., cuando la situación está produciendo en Atenas tales violencias que los adversarios –titulares de privilegios y perjudicados por ello- acuerdan someterse a un arbitraje para cortar el bucle de venganzas. El laudo de ese árbitro, Solón34, no suprime la desigualdad de derechos pero apunta en esa dirección al desligar la cuna del mérito, alentando directa e indirectamente al laborioso.
Las primeras democracias aparecen un siglo más tarde, cuando ciertas comarcas han llegado a tener una clase media rural y urbana comparable o superior en número a la suma de nobles y parias, y entregan el gobierno a un pueblo (demos) cuyos criterios se forman por mayoría simple. La consecuencia es una “esfera sin gobernantes ni gobernados”35, protegida del despotismo por instituciones como el sufragio, el sorteo, la separación de poderes y la libertad de palabra. Persia, la gran potencia del momento, no tarda en comprobar que esos diminutos pioneros del autogobierno son invencibles. Tras pagar de sus particulares bolsillos una buena lanza, y el resto del equipo correspondiente al infante acorazado (“hoplita”), los hombres libres griegos vencen a enormes manadas de siervos obedientes a la orden de un rey-dios.


1. Religión y orden social
El tamaño de las polis o ciudades-Estado permitía asumir sin delegación el gobierno de cada una, imponiendo de paso a cada ciudadano comparencias asiduas en asambleas, comités y tribunales. Carga honorable por excelencia, esta participación educaba en el bien común al tiempo que promovía un individualismo ético y cognitivo, cuyas manifestaciones más brillantes parecen arrogancia y desprecio hacia la costumbre y provocan juicios por “impiedad” contra varios filósofos. Sin embargo, el más indomable entre ellos –Sócrates- cambia las cosas al acatar una condena que pudo rehuir en todo momento, dejando como lección que el espíritu individual no es un enemigo de la democracia sino más bien su garantía.
Reconocida la libertad de pensamiento y expresión, el nuevo régimen planteaba cuestiones de largo alcance sobre el derecho de propiedad. Quienes fundaron la polis ateniense difícilmente se habrían sometido a un voto igual en caso de que eso hubiera implicado otorgar poderes de requisa a la mitad más uno. Por otra parte, si la situación empeorase ¿no podría verse llevada esa mitad más uno a intentar vivir de un recurso tan huidizo como el despojo de conciudadanos? Eventualmente, unas repúblicas que nacieron desterrando el privilegio hereditario iban a desaparecer “desgarradas por luchas interminables e irreconciliables, presididas por facciones que se vengan unas de otras con masacres, destierros, confiscación de bienes y redistribución de tierras”36.
Crónica y ya estéril –incapaz de conquistar nuevos derechos y una vida mejor- la guerra civil precipita la absorción de Grecia por Macedonia, y algo después por Roma. Pero el detalle del proceso resulta bastante más instructivo que su simple resultado.

Los estamentos antiguos
La antigua religión griega5 era un culto no salvífico sino civil, que veneraba a la vez el fuego -una potencia cósmica e impersonal- y algo tan privado como el linaje. Su ministro era un patricio (el eupátrida griego y el pater latino) que administraba cierto patrimonio de cosas y personas como señor, juez y sacerdote, en términos de propietario absoluto. Debía tener antepasados perfectamente definidos y custodiar sus restos bajo un altar (domus), cuidándose de que siempre contuviera las debidas ofrendas a los muertos y una llama o al menos brasas vivas; en otro caso su dominium no estaría protegido por los espíritus o deidades privadas38. De puertas afuera su espíritu guardián era Término (Terminus), manifiesto en forma de mojones que no podían rozarse siquiera sin arriesgar pena capital. El paralelo femenino de Término era Tijé, diosa del azar que en latín se llama Fortuna.
Sin misterios ni promesas metafísicas, lo esencial de esta religión es que consagra la dignidad e inviolabilidad de cada hogar. Pero en la Grecia arcaica el culto a los antepasados estaba unido de modo no menos esencial con el orden político, pues las magistraturas públicas se reservaban a quienes tuviesen altar doméstico, y eso excluía a dos grupos. La clientela, el primero, combatía junto a sus patronos patricios, trabajaba en algunas fases del año sus tierras y se hacía con ello acreedora a protección ante terceros. La plebe agrupaba a personas sin arraigo (ignobilia o “desconocidas”) surgidas en torno a la vida urbana, aunque inicialmente no sólo careciesen de tierra propia sino de derecho a penetrar en los perímetros urbanos propiamente dichos, como la Acrópolis ateniense o el Palatino romano.
El cuarto grupo de población lo formaban esclavos, obtenidos merced a guerras e incursiones de saqueo y también como consecuencia de deudas, pues el derecho castigaba así el impago e incluso permitía al deudor eximirse vendiendo como tales a hijas e hijos. A veces la deuda era de otra naturaleza, como el crédito solicitado para pagar la contribución territorial, un supuesto importante en la Roma antigua por crear una especie de esclavo a plazo, cuya deuda le vinculaba (a él y a sus descendientes) mientras no se saldara39. Algo análogo ocurre en el Ática, comarca de Atenas, debido al endeudamiento de clientes menos laboriosos o con peores tierras.

El salto al civismo
Entre los antecedentes indirectos de la revolución democrática está una diversificación en el seno del poder político, que reduce la potestad del rey al pontificado religioso y confía a otros individuos la jurisdiccional y militar. Coetáneos a ese cambio son recortes en el privilegio de primogenitura, que dividen la propiedad en fundos progresivamente pequeños e incapaces de sustentar al granjero y su familia sin mejoras en el rendimiento. Dichas mejoras, por su parte, sólo serán factibles cuando viticultores y olivareros se emancipen de la cuota pagada al eupátrida, y empiecen a exportar. Antes de inaugurarse el siglo VII una combinación de pudor y amnesia omite las atrocidades ligadas al conflicto interno, pero los ecos resuenan en el primer poeta trágico:

“Zeus ha abierto el camino al conocimiento de los mortales mediante esta ley: por el dolor a la sabiduría. En lugar del sueño brota del corazón la pena que recuerda la culpa […] Los dioses gobiernan con violencia desde su santo trono”40.

El tránsito al sistema democrático se articula sobre “lisonjeadores del pueblo”41 que son tyrannoi por acceder al gobierno con golpes de Estado. Esto les hace formalmente odiosos, aunque asumen una movilización popular llamada “demagogia”42 que en la esfera política equivale a la empresa del poeta y el filósofo en las suyas43. Enemigos de la nobleza establecida a la vez que mecenas de las artes y las letras, su égida coincide en la práctica con el paso de una economía agraria a un tejido económico apoyado sobre comercio exterior e industria. En el siglo VI a.C. son una especie de internacional sostenida por matrimonios y otras alianzas, que al conectar las ciudades más destacadas -Agrigento, Siracusa, Mitilene, Samos, Éfeso, Mileto, Corinto, Atenas- consolida el marco físico de la civilización helénica. Para entonces ha penetrado profundamente la obra de Homero y Hesiodo, y con ella una religión cuyos mitos presentan la Naturaleza (physis) como obra de arte.
Aunque los tiranos intentan perpetuarse a través de hijos y parientes, ninguno logra prolongar su égida durante más de dos generaciones y su caída precipita nuevas luchas civiles entre la nobleza y el resto, amortiguadas ahora por el brote de prosperidad. Con ella llegan demagogoi que en el periodo fundacional de las democracias no son aliados del pueblo bajo sino eupátridas como el ateniense Clístenes, que alía al sector ilustrado de su propio estamento con clase media rural y urbana. Con Clístenes se consuma en 508 a.C. la isonomía o principio de la misma norma, hoy llamado igualdad ante la ley. Su contemporáneo Esquilo saluda la decisión, haciendo votos para que “jamás rija en Atenas la discordia civil, siempre insaciable de desgracias”44.
Poco después de transformar sus castas en clases45 las polis derrotan al invasor persa en Maratón y Salamina (490 a.C.) y se lanzan a sanear y embellecer sus perímetros. Cuatro décadas de febril actividad, por ejemplo, toma reconstruir la Acrópolis ateniense con templos y dependencias que superan al menos en un tercio a los mayores construidos por egipcios, babilonios y persas. Algunos de los emporios más recientes encargan sus constituciones a sabios, como sucede con Parménides en Elea, y hacia 400 a.C. prácticamente todos los varones atenienses saben leer y escribir46, aunque la educación nunca recibió fondos públicos. Hay centenares de escribas profesionales dedicados a transcribir distintos textos, y constituye un estímulo indirecto que las decisiones de la Asamblea, el Consejo y los tribunales se publiquen siempre, fijándose en plazas y calles. De alguna manera, el derecho de todos a estar informados instó un grado de alfabetización que Europa sólo conseguiría en el siglo XX.
También sucede que haber abolido la desigualdad jurídica subraya más aún la individual:

“El día en que el hombre se liberó de los lazos de la clientela vio brotar ante sí las necesidades y dificultades de la existencia. La vida se hizo más independiente pero también más laboriosa y sujeta a mayores accidentes; cada cual tuvo en adelante el cuidado de su bienestar, cada cual su goce propio y su misión específica. Uno se enriquecía con su actividad y su buena suerte, otro quedó pobre”47.

 

2. El estatuto del trabajo
Básicamente mesocráticas, Atenas y otras polis refutan el tópico ancestral de que otium y negotium son cosas opuestas, sinónimo de dignidad y vileza respectivamente. El banquero-cambista (trapézitas) es allí un empresario dinámico, y ya antes de la primera guerra con Persia hay en Corinto y Atenas financieros famosos, capaces de montar fábricas de armamento tanto como de equilibrar provisionalmente déficits en el presupuesto de su ciudad. La prosperidad inicial de las democracias se manifiesta en una variedad insólita de actividades económicas48 y en la propia falta de normas sobre interés del dinero, unido al hecho de ser inferior al vigente en otros territorios49. Su campo de negocios cubre un área muy vasta, que por el este llega a la orilla más lejana del Mar Negro, por el oeste a Marsella y Ampurias y por el sur a Egipto y Libia. Como no alimentan ambiciones de expansión territorial, han ido fundando colonias costeras para comerciar con pueblos tan variopintos.
Antes de acabar el siglo V la mesocracia fundante dibuja una figura más estrecha y prolongada por los extremos. Las clases medias rurales y urbanas han invertido masivamente en esclavos, y las buenas familias tienen talleres para tejedores, albañiles, ebanistas o armeros, a quienes en otro caso forman para explotarles como médicos, arquitectos, constructores navales, pedagogos, agentes comerciales, artistas, rameras y hasta funcionarios públicos subalternos. Copan de tal manera la vida profesional que va dejando de ser decoroso cultivarla, cuando la inversión sensata es comprar trabajo gratuito para siempre, con “herramientas vivas” cuya integridad se encomienda al interés de cada dueño, como dice Aristóteles. También es cierto que formaban parte de la familia en sentido amplio; abundan casos de esclavos que conseguían comprar su libertad, e incluso tan bien avenidos con los amos que vivieron prósperamente sin necesidad de emanciparse.
Un pueblo democrático no llega a creerse del todo que otro ser humano sea un bártulo, y el genio artístico y científico de los griegos tuvo su equivalencia en una actitud menos inhumana de lo tradicional. Pero la desvinculación entre esfuerzo y premio convierte al esclavo en el trabajador menos estimulado, y permanecer en una esfera extramonetaria impide que esa masa de productores gaste dinero y opere como multiplicador de la renta, acosando de paso a todos cuantos han de ganarse profesionalmente la vida. Cuanta más proporción del trabajo se encargue al siervo menos cantidad y calidad habrá de empleo remunerado, cosa percibida del modo más nítido por Solón: “Para socorrer a la polis lo único útil es estimular y dignificar el trabajo del hombre libre”50.
Por otra parte, el propio éxito de las democracias desdibuja esa premisa, y gracias a la servidumbre los ciudadanos pueden desempeñar sin delegación todas las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales de cada ciudad-Estado. Dos siglos después ni un demócrata como Aristóteles considera que “esclavitud e igualdad [jurídica] son incompatibles”51. La Política, que compara una economía sin esclavos con “un telar sin tejedor”, tampoco omite expresiones de desdén hacia el comerciante y su oficio. El sector del pueblo más perjudicado por la delegación del trabajo en subhumanos baraja cualquier reforma salvo la abolicionista, y mide la riqueza por número de siervos. El nivel salarial es determinado por aquellos que sólo cobran salario para dárselo a su dueño, pero no parece haber vida digna sin disponer de “herramientas vivas”.

Elementos circulares
El estancamiento en la capacidad del hombre libre humilde para abrirse camino fomenta una divergencia entre forma y contenido de su participación política. La forma es el servicio público desinteresado, y el contenido la tentación de “poner en venta el parecer a causa de su pobreza”52 (dando el voto a quien mejor lo pague entre facciones políticas y otras partes litigantes). Como la Administración implica cargos –en Atenas la Asamblea reunía periódicamente a más de 5.000 legisladores, el Consejo a 500, los tribunales populares a varios cientos-, los humildes se presentan a cualquier elección o sorteo no sólo para poder patrimonializar su voto, sino porque las polis prósperas compensan con dietas el desempeño de deberes cívicos53. Jueces ahora, diputados luego y concejales más tarde, su aspiración más o menos consciente es una clase política, que indigna a los patricios como entrega de la Administración al menos preparado e independiente.
Platón, por ejemplo, piensa que “queriendo evitar la servidumbre el pueblo acaba por tener como amos a los siervos”54. Su coetáneo Jenofonte lamenta la existencia de un demos mayoritariamente ocioso y seducido por tribunos insensatos, que “pide recibir dinero por cantar, correr y danzar”55, mientras una literatura más amplia56 se dedica a mostrar que los mejores (“gentes de calidad”) son enteramente distintos de los peores (“gentes ligeras de juicio”). No llegan al registro escrito o sucumben de otra manera al tiempo testimonios orientados a defender lo mismo, aunque llamando mejores a los peores y viceversa. Con independencia de estas certezas, la comarca de Atenas tiene en su periodo de esplendor algo más de quince esclavos por cada varón adulto con estatus de ciudadano. Los registros hablan de unas 150.000 personas libres -que incluyen ancianos, niños, jóvenes, sexo femenino, libertos y extranjeros (metecos)- para unas 365.000 no-libres57.
La discordia condiciona de modo decisivo la derrota de la liga pro-ateniense de ciudades por la pro-espartana en 404 a.C., un evento que entre otras cosas suspende por quiebra la remuneración del cargo público. En las Asambleas de algunas polis los demagogos proponen restaurar las arcas con expropiaciones, y el magnate Cleón –que ha sucedido a Pericles en el partido populista- ofrece a Atenas como única alternativa viable hacer la guerra a vecinos débiles. La política de incautación y subvención puede ser pan para hoy y hambre para mañana, pero ese planteamiento es absurdo para quien se acuesta con hambre. La concordia presupone cierto grado de prosperidad, finalmente concretado en ingresos individuales, y las instituciones democráticas pierden sentido o se desvirtúan cuando la renta retrocede.
Ningún barómetro mide mejor esa tendencia que el llamado ostracismo, pues a principios del siglo VI castigaba con destierro y confiscación de bienes al reo de conspirar contra la paz pública, y a principios del IV es un protocolo rutinario para cazar patrimonios. Evitarlo impone sobornar a facciones de la Asamblea, y casi todos los amenazados de requisa forman ya parte de clubs donde sólo se entra jurando “ser siempre enemigo del pueblo, y hacerle todo el mal posible”58. Demagogos de primera generación como Teatégenes se contentaron con degollar al ganado de los nobles; émulos de nueva hornada como Malpágoras dividen a los ricos en dos grupos, uno de los cuales será sometido a ostracismo y el otro ejecutado in situ. La facción aristocrática no es en modo alguno menos feroz, y cuando Esparta logre imponer en Atenas a los Treinta Tiranos “su privado lucro les lleva a matar en ocho meses casi tantos ciudadanos como diez años de hostilidades militares”59. Unos y otros “arrastran a la guerra más vergonzosa, dura e impía: la guerra entre nosotros mismos”60.


3. Expropiadores, colectivistas y moderados
Vale la pena recordar que para entonces la nobleza de sangre es un estamento prácticamente arruinado. Como los nuevos ricos descienden de familias clientelares y plebeyas, cuando no de libertos, saquear a ese grupo con requisas promueve una fuga sustancial de recursos. El demos ya no está combatiendo el privilegio, como en los comienzos, sino intentando hacer que los “notables” o “principales” de cada lugar y momento sufraguen la crisis del hombre libre empobrecido, y desde Tucídides (h. 460-390 a.C.) algunos demócratas se desmarcan del populismo. Será imposible conservar el Estado como institución encaminada al progreso moral y material de los individuos si sus líderes no van encontrando caminos alternativos a la imprevisión, que disfrazados de filantropía abren camino a regímenes de fuerza. Pero lo cierto es que ese proceso ocurre con sangrienta monotonía61.
Aristóteles (384-322 a.C.), macedonio por nacimiento y heleno por vocación, que escribe cuando Grecia es ya un protectorado macedónico, piensa que la democracia es a fin de cuentas el régimen político menos malo –comparado con la monarquía y la oligarquía-, si bien exige algo tan infrecuente como que esté gobernada por aristócratas del conocimiento y la virtud. Insiste en las fronteras que deben separar cada Constitución del arbitrio momentáneo de alguna mayoría, y denuncia que con su simplismo -“la demagogia ha llegado al extremo de decir que el pueblo es señor incluso de las leyes”62. Siglo y medio después ese criterio sigue alimentando guerras civiles, como atestigua en detalle Polibio (200-122 a.C.). Lo insuperablemente atroz ha ocurrido bastante antes de Aristóteles en Mileto, tierra natal de la filosofía:

“Al principio vencieron los pobres y obligaron a los ricos a huir de la ciudad, pero en seguida sintieron no haberlos degollado, y cogiendo a sus hijos los trasladaron a granjas para que los bueyes los triturasen bajo sus patas. Los ricos penetraron muy poco después en la ciudad, haciéndose dueños de ella, y a su vez cogieron a los hijos de los pobres, les untaron de pez y les prendieron fuego”63.


Comunismo aristocrático
El fratricidio cobra renovadas fuerzas desde el triunfo de la liga pro-espartana, y a ese preciso momento de humillación para Atenas corresponde la república perfecta de Platón (427-347 a.C.), que nos interesa de modo singular por ser también el primer sistema totalitario o de “unidad absoluta”. La polis se le presenta como “un hombre sencillamente más grande”, cuyas costumbres pueden corregirse como haría un individuo con su conducta, y su meta genérica es una depuración de lo “innecesario” que restaure la convivencia sencilla, sana y feliz de la sociedad predemocrática. Es preciso ante todo que “el territorio antes capaz de alimentar a sus habitantes no se torne exiguo”64, cosa imposible sin reprimir gustos artificiosos inducidos por la “inflación” de empresarios, artistas y artesanos.
Pero si bien se mira es innecesario todo deseo gobernado por pasiones excluyentes. No sólo las propiedades sino el matrimonio y la prole son manifestaciones de posesividad, y el Estado perfecto sólo consiente esas debilidades al estamento encargado de producir, cuya alma está unida al vientre y al bajo vientre. A cambio de tolerancia, sus miembros no tienen voto y ni siquiera voz en la polis. Gobierno y administración se entregan a los más valientes y capaces como guerreros, que tras educarse en un bien y una belleza “limpios de toda mezcla” pasan del egoísmo a la abnegación65. A este estrato de “guardianes” corresponde que “sus mujeres sean comunes a todos los hombres y ninguna pueda cohabitar privadamente con alguno, siendo sus hijos también comunes”66, dentro de un programa orientado a la selección racial67. La entrega de los guardianes y su elite filosófica a la justicia se completa poniéndoles a cubierto también de opulencia e indigencia, ya que “la riqueza provoca sensualismo, holganza y avidez de novedades, mientras la pobreza provoca sentimientos serviles y bajo rendimiento en el trabajo”68.
Entendemos que la Patrística cristiana llamara “san Platón” a alguien de tan prodigiosa elocuencia, que empieza y termina su obra política insistiendo en premios y castigos de ultratumba para el puro y el concupiscente69. Nadie ha contribuido en medida pareja a escindir los intereses del alma y el cuerpo, anticipando el desgarramiento entre más allá y más acá que define a la conciencia infeliz cristiana. También parten de él dos directrices que la Iglesia convertirá en doctrina y práctica respectivamente: 1) La esfera mercantil es fuente última de las falsas necesidades, y genera una distribución anárquica en la propiedad. 2) Debe instaurarse una meticulosa censura de la imaginación y el pensamiento70.
Contrapuesta a su igualdad absoluta, la igualdad meramente jurídica de las democracias siembra indulgencia y desprecio por la autoridad, con un predominio de “apetitos licenciosos” que termina de corromper la avaricia consustancial a los regímenes oligárquicos. Es especialmente grave que el demócrata haya olvidado los valores de la vieja nobleza, dejándose llevar por “amor a la innovación”71 y confianza en “la suerte”72. Las Leyes, el último y más extenso de sus diálogos, presenta la disposición militar como antídoto permanente para el individualismo:

“Lo fundamental es que jamás nadie, hombre o mujer, tanto en la paz como en guerra, de un solo paso que no esté mandado y viva siempre mirando y siguiendo al jefe […] En una palabra, debemos entrenar al alma para que ni siquiera considere la posibilidad de actuar como un individuo o saber cómo se hace eso”73.


Platón intentó aplicar estos principios en Siracusa, apoyado por un tirano que le retiró algo después su favor e incluso decidió venderle como esclavo74. Nada de su vehemente idealismo encontramos en Aristóteles, que sin perjuicio de venerar personalmente al maestro75 no puede estar más lejos de proponer alguna solución definitiva o radical para la sociedad humana. Piensa más bien que los ciudadanos no deben aceptar ningún cargo público vitalicio ni que la mayoría quede excluida del voto, simplemente porque ser falibles corresponde poco más o menos a todos. La libertad individual le parece deseable e inevitable al tiempo, y negarlo viene de concebir la polis como un individuo más voluminoso aunque gobernable por una voluntad entre otras, cuando representa una “multitud” de “diversos”76. El programa ascético-comunista sugiere que

“la hacienda sería de todos y en particular de ninguno. Pero al decir todos hay engaño y razón sofística, porque el vocablo dice lo uno y lo otro, lo igual y lo desigual […] Resulta como afirmar que de una manera es bueno, aunque imposible, y que de otra manera es cosa ajena a todo buen entendimiento y a toda concordia”77.

De ahí que los adultos sensatos tengan algunas cosas comunes, no todas. La exclusividad erótica, familiar y patrimonial preserva el sentimiento magnánimo, por ejemplo78, y nada tan urgente y fundamental en política como evitar cegueras demagógicas, aunque provengan del partido oligárquico.

“La legislación que criticamos podrá parecer atractiva y filantrópica, porque quien la escucha cree que de esta manera existirá entre todos una maravillosa convivencia, especialmente si se corrigen los males que aún existen en la ciudad, como los litigios y la adulación al rico.
Con todo, ninguna cosa sucede por no existir comunismo, sino por las malas y perversas costumbres de los hombres. Los que poseen las cosas comúnmente y las comparten entre sí tienen más contiendas que los que tienen repartidas sus haciendas. [...] Y no solamente digamos de cuántos males carecerán los que posean en común, sino también de cuántos bienes gozan los propietarios ahora.
Parece, por tanto, que es del todo imposible el pasar la vida de esta suerte […] La polis conviene que sea una en cierta manera, pero no absolutamente una”79.



4. La singularidad ateniense
Acusada de preferir la belleza al bien y afecta a un brillo que no soporta envejecer80, Atenas entregó su reforma política a Solón (630-560 a.C.), un eupátrida que alternaba la poesía y el comercio antes de ser magistrado supremo en 594. Sugirió nuevas ocupaciones, fomentó la exportación de los productos óptimos (aceite de oliva y cerámica) y aprovechó unas pequeñas minas de oro y plata del Ática para lanzarse a acuñar moneda. Ya lo había hecho a pequeña escala un reino vecino –Lidia-, y el producto fue bienvenido en un área acostumbrada a medios de trueque que eran incómodos o inexactos por peso y medida, abriendo de paso la puerta a relaciones comerciales con Persia, Egipto y otros Estados.
Jurídicamente, el conflicto social partía de que los patricios monopolizaban las mejores tierras y el gobierno, manteniendo al resto de la población en la alternativa de trabajar para ellos o granjearse una esclavitud por impago de créditos. Solón hace frente a esto llamándolo “mal público”, prohibiendo todo préstamo garantizado por la persona del prestatario y sentando un hito en la historia del derecho como es abolir cualquier esclavitud derivada de empréstitos. Por lo demás, mantiene el resto de las deudas y sus intereses, cancelando sólo el sexto del producto que el cliente debía tradicionalmente al noble. No quiso atender a la insistente petición de redistribuir la tierra, convencido de bastaría suprimir privilegios para que fuese “plantada toda”.
Querer que el peso de la cuna fuese equilibrado por la prudencia y otros méritos le llevó a repartir la ciudadanía en cuatro niveles de ingreso81, creando un consejo -el de los Cuatrocientos (cien diputados por cada nivel)- encargado de preparar las decisiones sometidas a la Asamblea. Atenas seguía siendo una oligarquía, ya que las magistraturas superiores estaban reservadas a los dos niveles más altos de renta, pero su decisión no dejaba de ser un recorte capital para las prerrogativas hereditarias que estimuló a los emprendedores y redujo los peores focos de miseria. Aunque la nobleza entendió que había sido traicionada por uno de los suyos, y los humildes se consideraron igualmente excluidos, unos y otros coincidieron en estimar que sus nuevas leyes debían seguir vigentes durante un siglo.
Días después de ausentarse Solón entra en escena Pisístrato, quizá efebo suyo, que interrumpe formalmente el esquema constitucional con su tiranía aunque mantiene gran parte de sus instituciones y fomenta vigorosamente la prosperidad82. Fue odiado como usurpador a la vez que respetado como persona, y cuando desapareció los ciudadanos recordarían aquellos años como la era de Cronos, una edad de oro83. Sólo entonces empiezan a ser preponderantes en el Ática las clases medias, mientras el Pireo pasa a ser el puerto más activo del Mediterráneo; la cerámica que se embarca allí no sólo traslada vino y aceite griego sino una industria de vasos pintados que deslumbra lo mismo en Odessa que en Libia. Falta poco para que llegue el democrático Consejo de los Quinientos, donde el nivel de renta es indiferente a efectos de votar y ser elegible para cualquier magistratura.
A Pisístrato se debe la iniciativa de importar papiro egipcio para poner por escrito los poemas homéricos y venderlos. Este germen de una industria editorial no deja de crecer desde entonces, coordinado con certámenes de teatro y poesía donde emergen la tragedia y la comedia como géneros. La variedad de textos acumula formas expresivas, técnicas y saber de un modo exponencialmente superior a todo lo conocido, y bastará siglo y medio para que el proyecto científico futuro quede delineado y en gran medida expuesto, merced a monumentos como la obra de Euclides o el Corpus aristotélico.
De ahora en adelante la amenaza para Atenas no es la miseria sino una opulencia odiosa para su rival griego84, Esparta, que odia la escritura y alardea de no haber conocido tiranos. El ateniense vive de su ingenio, y Esparta de esclavizar a un país siete veces más poblado que ella –Mesenia-, cuyos hombres arden en deseos de revancha aunque deban esperar cuatro siglos para lograrlo. Los persas saquean Atenas brevemente en el 480, poco antes de ser derrotados, pero la presión espartana acaba obligando a que la ciudad viva durante años como si fuese una isla, refugiada su población entre los Grandes Muros y unida al mundo tan solo por mar. A pesar de ello, allí el trabajo es digno y se ha dividido. Sumado al estipendio que recibe de otras polis por defenderlas de Persia, basta eso para tener a raya el guerracivilismo.
Con Pericles (495-429), almirante y campeón del partido democratikós, Atenas es un imperio comercial que emprende colosales obras públicas sin perder de vista la reducción del paro. Carece de precedente en la Antigüedad que estos trabajos estuviesen vedados al esclavo, reservándose todas las labores a hombres libres. Pericles fue capaz también de liquidar con superávit los presupuestos durante periodos largos, y aprovechar que Atenas atrajese no sólo a hombres de negocios, vecinos y curiosos sino a un millar largo de peregrinos -entre los cuales no faltaban reyes y otros notables- llegados de todo el mundo para iniciarse cada otoño en Eleusis. Pericles redondeó el esplendor de estas ceremonias, presentando la llanura ateniense como origen del cereal granado y, en consecuencia, de la civilización. Cuando empiecen las hostilidades con Esparta, su discurso combina descripción y análisis:

“Hemos convertido nuestra ciudad en la más autogobernada [...] pues nuestra constitución democrática no depende de unos pocos sino de los más. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos [...] Gobernamos liberalmente lo relativo a la comunidad, y –en la suspicacia cotidiana recíproca- ni sentimos envidia del vecino si hace algo por gusto ni añadimos molestias nuevas [...] Nos hemos procurado frecuentes descansos para el espíritu, sirviéndonos de certámenes y festividades, y de decorosas casas particulares cuyo disfrute diario aleja las penas [...] En efecto, amamos la belleza con economía, y usamos la prosperidad más como ocasión de obrar que como jactancia. […] Arraigada está entre nosotros la preocupación por los asuntos privados y también por los públicos. Somos los únicos en considerar que quien no participa de estas cosas es no sólo un confiado (idiotés) sino un inútil”.85


El ateniense enseña al resto del mundo la libertad como autocontrol. Esto es inseparable de que su ciudad-Estado sea comercial desde los orígenes, y prefiera siempre la negociación al reclutamiento. En la cúspide de su influencia llegó a convertir a los aliados en algo próximo al súbdito, pero jamás fantaseó con un destino mejor que ir viviendo de intercambiar bienes y servicios86. Sus logros dependieron “del arte de poseer […] con vistas a la abundancia de aquellas cosas de las cuales se puedan sacar dineros, necesarios para pasar la vida y tan útiles para conservar la compañía así civil como militar”87.
Ni siquiera perder la Guerra del Peloponeso cambia su Constitución, que en el 401 a.C. prohíbe someter a la Asamblea propuestas demagógicas, una regla imitada luego por la Confederación Corintia y Creta. Décadas después de la derrota, en plena decadencia, el censo de los atenienses -unos 15.000- revela que sólo un tercio carece de parcela agrícola y casa propia88.

La singularidad espartana
Al hacer la biografía de Licurgo cuenta Plutarco que dividió Esparta en lotes idénticos, prohibiendo su enajenación para asegurar la igualdad89. Sin embargo, en tiempos no legendarios la mayoría de la tierra estaba en manos de veinte o treinta individuos, incomparablemente menos distribuida que en Atenas90. Algo análogo puede decirse del Estado como educador del ciudadano en la virtud, pues –como declara Tirteo, su poeta nacional- “pueblo” es la comunidad del ejército, y se entiende por formación cívica la vida del cuartel. Su desequilibrio entre mini y latifundios remite a que heredaban tanto hombres como mujeres, pero sobre todo a factores perfectamente desconocidos, pues ninguna cultura ha venerado tanto el secreto y el misterio. Para asegurarse la más absoluta arbitrariedad, Esparta nunca puso sus leyes por escrito; y para demostrar que despreciaba tanto el comercio como la industria prohibió otra moneda que la acuñada en hierro, un dinero nada bienvenido por sus vecinos.
Lo mismo cabe decir de la violencia innecesaria o cruel, pues ciertos días del año sus reclutas jóvenes cazaban y exterminaban por deporte a sus vasallos. Para curtir bélicamente a los niños los separaban las madres desde los siete años, sometiéndoles a intemperie y hambre. También estimulaban en ellos el robo y el engaño como recursos “viriles”, siempre que lograsen evitar la captura in flagranti. El matrimonio y la adopción dependían de obtener un permiso expreso de alguno de los dos reyes en funciones. Como sugería molicie y afeminamiento, el esposo no podía dormir con su esposa –debía hacerlo junto a sus compañeros de armas-, y para yacer con ella verificaba un simulacro de asalto nocturno seguido por violación en su propia casa. Los varones almorzaban en común e idéntica comida todos, si bien esa solidaridad de barracón no llegaba al extremo de compartir con el que no tuviera doblones de hierro en ese preciso momento.
Aunque finalmente llamaban virtud (areté) a vivir en un estado de belicosidad continua, aterrorizando a los demás, los cronistas coinciden en que uno a uno resultaban fáciles de sobornar debido a su avidez de dinero. Criticaban a los atenienses por libertinos, cuando sus maltratadas mujeres tenían fama de ser las griegas más “disolutas”, y también les reprochaban ser avaros, aunque cobrasen un sexto del producto agrícola a sus clientes y ellos exigían la mitad a los suyos91. De Esparta viene anteponer siempre lo público a lo privado, una actitud incongruente con el secreto que reinaba allí, y en particular con el derecho a la información que consagraron Atenas y otras polis.
Sin embargo, esta supremacía de la costumbre y lo supuestamente colectivo ejerce una atracción magnética en momentos de crisis para las democracias. Platón y Jenofonte, ven en la politeia espartana una especie de “revelación primordial”92, y habrá ocasión de comprobar que en el Medievo y hasta finales del siglo XVIII las turbulencias inherentes a una soberanía popular hacen volver los ojos una y otra vez hacia su antídoto contra el “individualismo”. Por lo demás, cuando agredir resultaba arriesgado recurrían a la traición. Así, para derrotar a Atenas se aliaron con Persia, que décadas antes había devastado su propio país. Les resultaba sentimentalmente sencillo, pues su gobierno era más afín al despotismo asiático que al espíritu helénico. Al hacerse hegemónicos excitaron la reacción oligárquica en toda Grecia, con los resultados previsibles de masacre y regresión política. Poco más tarde, para devolver el dinero y los barcos recibidos del rey persa le entregaron todos los enclaves griegos en Asia Menor.
Su breve hegemonía fue abortada por Tebas, cuya victoria militar desencadenó la liberación de Mesenia, y andando el tiempo la nación militar se convirtió en una especie de circo barato para el invasor romano. Por unas pocas monedas algunos jóvenes escenificaban los ritos sagrados de sus ancestros, luchando entre sí hasta mutilarse e incluso morir. Incapaz de saquear, la severidad autoritaria había desembocado en una pantomima lindante con el martirio, excitada a su vez por hambre endémica. Laboralmente nulos, los guerreros otrora altivos disputaban a perros y otros animales las sobras del campamento ocupado por cada legión romana. “Teniendo guerra libraban bien y al ser señores se perdieron, porque no sabían vivir en paz”93.
La visita actual al Museo de Esparta tampoco resulta estimulante, pues depara una total ausencia de arte clásico. De la rudeza arcaica salta a “obras uniformes y sin inspiración de los periodos helenístico y romano”94. El deslumbrante genio griego pasa de largo por todas las salas del recinto.

 

4. Grecia como precedente revolucionario
Hoy sabemos que sin información libre la misma catástrofe se cobra más víctimas95, o que ninguna materia prima es un activo económico comparable siquiera sea vagamente con la inventiva. Los griegos calculaban el patrimonio por medidas de grano, aceite y vino, y aún así osaron cambiar su sistema de castas por otro donde el mestizaje resulta inevitable. Esto sucedió mientras crecían comercial e industrialmente, poniendo en práctica algo tan poco especulativo como las ventajas de la exogamia. Los polinizadores multiplican la fertilidad de un campo al permitir que las plantas se crucen salvando distancias, y el autogobierno inventa una cohesión que transforma enclaves minúsculos en las grandes potencias de su época. Por otra parte, la producción va entregándose al desmotivado, y toda reforma habrá de ceñirse a la distribución.

Miseria y redención
La clase media ha dado paso a bolsas de personas libres castigadas por el paro y la competencia servil en cada menester, alimentando una lucha de clases concretada en la expropiación como programa, con líderes que reclaman poderes absolutos para llevarla a cabo. Pero la civilización griega es todo menos enemiga del comercio, y embarcarse en aventuras fratricidas no modifica su criterio de que el superior en areté (“virtud”) merece más riqueza, más posición social y más autoridad política96. Demagogos lúcidos y enérgicos como Pisístrato pudieron fortalecer al estamento intermedio o pueblo propiamente dicho, mientras sucesores con menos margen de maniobra se verán llevados a profundizar en la desunión.
Como repite Polibio, cada guerra civil griega traslada patrimonios y ni un solo demos se plantea abolir genéricamente la propiedad privada. Los espartanos, que según su tradición repartieron originalmente la tierra en lotes iguales, son quienes la tienen más desigualmente repartida. La República de Platón circunscribe la comunidad de bienes a la minoría gobernante, partiendo de una mística órfico-pitagórica que ha importado de Oriente la transmigración de las almas y un rechazo de la “carne”. Fuera de ese estrecho círculo los poetas y filósofos celebran una vida consagrada a refinar el ocio con placer sensual e intelectual, y será difícil encontrar cultura más ajena a ideales de renuncia y auto-mortificación.
En una arqueología del comunismo como sentimiento y proyecto político los helénicos sólo aportan la lucha de clases, a su vez un efecto de haber desbaratado el sistema ancestral de castas. Solón prefigura el camino que seguirán Atenas y otras polis insistiendo en no disociar ocio y negocio, aunque en su tiempo no resulta contradictorio honrar el trabajo del hombre libre, y es precisamente eso lo que irá haciéndose inviable por caminos tan indirectos como seguros. Por una parte, Grecia enseña al mundo las ventajas de una movilidad social que recorta la hegemonía del linaje y la espada, exaltando méritos capaces de mejorar la posición del ser humano en un medio físico indiferente siempre a su necesidad. Por otra coagula ese dinamismo y sus ventajas, incorporando una explotación de la servidumbre que la acerca estructuralmente a sociedades no democráticas.
El gobierno pacífico de la mayoría pide una renta incompatible con desmoralizar al trabajo. Cuando la erosión del estímulo se haya realimentado en medida bastante las polis están maduras para caer en manos de Macedonia, con un Alejandro que usa su cosmopolitismo para fundar el primer imperio de Occidente. Desde ese momento el Estado necesita que el poder de la sangre y las armas sea de alguna manera atemperado por la justicia, y tan difícil es acercarse a ello que sólo puede asumirlo el pueblo con un umbral de dolor más alto, cuyo nombre –Rhome- significa “fuerza bruta” en la lengua de Homero.
Grecia y sus colonias han traído el primer florecimiento autónomo del comercio, que complementa la libertad política incorporando relaciones voluntarias al marco de las heredadas. Roma desprecia lo mercantil, como el resto de los Imperios tradicionales. Pero la semilla del comunismo ha sido sembrada con la del humanismo, y brota como una enemistad radical hacia los negocios inseparable de una veneración por su opuesto, la indigencia. El propio auge de la esclavitud no tarda en hacer que hombres y mujeres libres afluyan a los mercados para venderse a cambio de algún techo y sobras, cuyo patrono eventual será una religión de pobres espirituales y materiales. El rechazo de la riqueza deja de constituir una veleidad -dependiente de ser uno pobre por nacimiento, o por causas sobrevenidas-, para convertirse en batalla del ideal contra una realidad inadecuada.
La opulencia mancha, la miseria purifica. Los esclavos, observó Nietzsche, han convertido en vicios las virtudes del amo; competencia, orgullo y autonomía son pecados capitales para la moralidad “verdadera”. Desde una perspectiva más pedestre, los ciudadanos se habrán depauperado hasta el extremo de odiar la existencia, uniéndose así de corazón a la masa carente de ciudadanía y hasta de entidad humana.

 

Antonio Escohotado
Marzo, 2007

 


NOTAS

32 Capítulo primero de Los enemigos del comercio. Origen y desarrollo del movimiento comunista. Manuscrito inédito.

33 Hume 1993, p. 31.

34 Cf. infra, p.

35 Arendt 1993, p. 45.

36 Polibio, Hist. IV, 17.

37 Por no decir grecorromana, indoeuropea y universal, ya que el culto a los antepasados se encuentra prácticamente en todas las sociedades de Oriente y Occidente.

38 Entre otros nombres, conocidos en latín como lares, manes y penates.

39 El nexus romano fue un esclavo estatal, que Tito Livio describe de modo minucioso (Anales II, caps. 23-32). Uno de estos “vinculados” –centurión precisamente- echó en cara al Senado no haber podido pagar el préstamo para pagar la contribución porque su granja fue saqueada, privándole de la cosecha, mientras él se distinguía luchando con una legión en otro frente. Las continuas guerras de Roma con sus vecinos hicieron que esos casos no fuesen para nada excepcionales, y el clamor popular resultante produjo la rebelión del Monte Sacro, cuyo principal fruto fue el tribunado de la plebe.

40 Esquilo, Agamenón 158-164.

41 Aristóteles, Política 1365a. Uso la versión renacentista de Pedro Simón Abril.

42 De demos (“pueblo”) y agó (“conducir”).

43 Cf. Jaeger 1957, p. 217. Dos de los Siete Sabios de Grecia –Pítaco de Mitilene y Periandro de Corinto- son tyrannoi.

44 Euménides 976-980.

45 India deroga oficialmente su sistema de castas en 1949, y aún hoy los miembros de la cuarta (o “intocables”) padecen agresiones y hasta masacres ocasionales por pretextos ligados al viejo orden, como haber matado una vaca o acercarse demasiado a algún miembro de la primera.

46 Cf. Murray 1988, vol. I, p. 257-258.

47 Fustel 1984, p.332.

48 Cf. Rostovtzeff 1967, vol. I, p. 370-393.

49 En tiempos de Solón van del 12 al 18 por ciento anual en préstamos ordinarios, aunque puedan elevarse al 60 en el arriesgado préstamo marítimo o a la gruesa. El Código de Hammurabi (XX a.C.), por ejemplo, fija el 33 por ciento para cereales y del 12 al 20 para metales. La ley romana de las Doce Tablas, típica de un país con circulación monetaria muy insuficiente, fija un interés algo superior al 8 por ciento mensual, que al año equivale a muy poco menos del 100. Cf. De Martino 1985, vol. I, p. 188-189.

50 Fustel 1984, p. 335.

51 Rostovtzeff 1998, vol II, p. 1.110.

52 Aristóteles, Política 1270b.

53 En Atenas los miembros de la Asamblea y los tribunales recibían 3 óbolos por comparecencia, y los del Consejo 5. Los cargos más codiciados eran judiciales –los correspondientes al actual jurado-, que implicaban reuniones casi diarias.

54 Platón, República 569 b. “La democracia surge cuando los pobres, victoriosos, matan a algunos del partido opuesto y destierran a otros, compartiendo igualitariamente gobierno y empleos públicos” (Ibíd. 557 a).

55 Pseudo-Jenofonte 1971, p. 5.

56 Cf. Musti 2000, p. 82.

57 Cf. Engels 1970, p. 149.

58 Aristóteles, Política 1310a.

59 Jenofonte, Helénicas II, 4, 21.

60 Ibid, II, 4, 22.

61 “En Cos sucumbió la democracia cuando empezaron a surgir demagogos rastreros, que hicieron unirse a los notables de todo tipo. En Rodas querían cobrar un estipendio mientras vetaban la devolución de lo suyo a los trierarcos, pues éstos –ante los juicios que se emprendieron contra ellos- se vieron obligados a unirse y derrocar la democracia. También fue disuelta la democracia en Heraclea inmediatamente después de su fundación, pues los principales a quienes se perseguía sin equidad acabaron siendo desterrados, y agrupándose todos volvieron y cambiaron de régimen. Lo mismo acabaría con la democracia de Megara: el partido popular se apoderó del poder y empezó confiscando los bienes de algunas familias ricas, pero lanzado ya por ese camino no le fue posible parar; cada día hubo necesidad de nuevas víctimas, y el número de ricos despojados y desterrados fue tan grande que alcanzó a formar un ejército, con el cual vencieron por las armas, para establecer una oligarquía en lo sucesivo. Ocurrió lo mismo en Cumas” (Política, 1304b–1305a).

61 Ibid, II, 4, 22.

62 Política 1305a.

63 Heráclides Póntico, en Ateneo XII, 26.

64 República, 373 d.

65 El programa pedagógico comprende sucesivamente aritmética, geometría plana, geometría del espacio, astronomía, armonía musical y metafísica (“dialéctica”), hasta comprobar que el seleccionado ya no desea sino “la ciencia inmune a error”. En ese momento se le impone –como sacrificio- la entrega al servicio público.

66 República 457c-d. Platón fue célibe toda su vida; cf. Jaeger 1957, p. 639.

67 Sus estipulaciones implican dejar morir por “abandono” no sólo a cualquier tullido de nacimiento, sino a los que nazcan de “hombres inferiores” o de uniones “no vigiladas por el Estado”. Criar a los niños desde el principio en asilos públicos aseguraría una generalizada devoción de los adultos hacia ellos (pues los de cierta edad podrían ser hijos suyos), y el correspondiente respeto de éstos hacia aquellos (pues podrían ser sus padres). Así se asegura también que todos reciban idénticos cuidados y educación.

68 República 422 a.

69 Eso explica de paso que se conserven varias ediciones impecables de su obra, y sólo un amasijo muy incompleto de la aristotélica, por no mencionar la destrucción total de legados tan copiosos como los de Demócrito o Epicuro. Véase., por ejemplo, el prólogo a la traducción francesa de sus Obras completas hecha por Robin y Moreau, 1950, p. XIV-XVII.

70 Por ejemplo, castigaría al “ateo” con pena de muerte, supervisaría las artes plásticas y propone desterrar la poesía, la tragedia, la comedia y hasta la mitología, entendiendo que contienen ficciones “no pedagógicas”. Los trágicos y los cómicos excitan “pasiones violentas, descompuestas; lágrimas y risa inmoderada”. Tanto como la música “sensual”, el poeta debe ser acallado cuando no componga himnos a dioses y héroes.

71 República 555 d.

72 Ibíd 557 a.

73 942 b-c.

74 La tradición cuenta que fue comprado y emancipado por su amigo Aniceris en 361, y que fundó la Academia de Atenas al poco de regresar.

75 El epitafio de Platón, redactado por él, decía: “Enseñó cómo ser sabio y bueno al mismo tiempo”.

76 Política II, 1261a - 1261b.

77 Ibíd., 1262b.

78 “Los que desean hacer muy una la ciudad […] destruyen dos virtudes, que son la templanza acerca de las mujeres y la liberalidad acerca de las posesiones. Porque ni se mostrará nadie liberal, ni realizará acto alguno liberal, por cuanto el ejercicio de esa virtud consiste en el uso de las posesiones”. Ibíd 1263b.

79 Ibíd.

80 Se atribuye al primer Aristóteles, cuyos Diálogos no se conservan, haber completado un pensamiento del poeta Teognis diciendo que “lo mejor es no haber nacido, y en otro caso morir joven”.

81 Fijados por medidas de aceite, grano y vino, de manera que quien tuviera otros bienes –dinero, por ejemplo- los reconvertía a medidas de aceite, grano y vino para saber cuál era su grupo político.

82 Financiándose con un nuevo impuesto sobre rentas agrícolas y aranceles portuarios, amplía sustancialmente la cámara subterránea donde se celebraban los Misterios eleusinos, construye el gran acueducto, promueve el cultivo de vid y la industria del vino, otorga créditos al campesino para adquirir equipo y estimula los intercambios comerciales de Atenas con países y particulares.

83 Aristóteles, Constitución de Atenas, 13-17.

84 Los espartanos eran dorios, y los atenienses aqueos, dos ramas de un pueblo ario que invadió los territorios luego llamados griegos en tiempos remotos, desde luego antes del XI a.C.

85 Tucídides, Historia de las guerras del Peloponeso, II, 36-40.

86 Cf. Hansen 1991, p. 80.

87 Aristóteles, Política 1256 b.

88 Dionisio de Halicarnaso, De Lysia, 32.

89 Concretamente, habría concedido 9.000 parcelas a los espartanos urbanos, y 30.000 a los rurales o lacedemonios.

90 “En Esparta hay varios que tienen haciendas extremadamente grandes, y muchos otros muy pequeñas y hasta miserables” (Política 1270 a).

91 Cf. Tirteo, frag. 5 (Diehl).

92 Jaeger 1957, p. 86.

93 Aristóteles, Política 1271 b.

94 Toynbee 1970, I/IV, p. 274.

95 Cf. Sen 2000, passim.

96 Por ejemplo, cf. Finley 1986, p. 48-49.

 

 

 

© Antonio Escohotado 2007
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
http://www.escohotado.org



Development Sciences Network Presence
www.catalanhost.com