LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

 

XII. DEL INCENSARIO A LA HOGUERA


“¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos?”1.



Las Cruzadas a Tierra Santa empiezan siendo extrañas por su finalidad, porque el dogma cristiano establece que Jesús resucitó y que ninguna tumba alberga restos suyos. Cuando su madre María y María Magdalena acuden al depósito para perfumar el cadáver topan según los Evangelios con uno o dos ángeles2, que les reprochan buscar al Mesías donde no está. Ahora, sin embargo, la Iglesia presenta un Jesús que manda a Europa conquistar un sepulcro remoto y vacío.
¿Cui bono? Venecia, Génova y Pisa disponen de barcos y crédito. También hay segundones feudales poderosos que quieren conseguirse dominios propios y, ante todo, un Papado en el cenit de su poderío que aspira al mariscalato internacional. En 1095, cuando el emperador bizantino pide a los cristianos de occidente ayuda para defenderse de la presión turca, no imagina que algo viable como mandarle algunas tropas y suministros pueda desembocar en una iniciativa tan distinta, catastrófica para su pueblo y registrada en nuestros anales como el “monumento más ostensible y duradero a la insensatez”3. Tanta prisa hubo por convertir la ayuda a Bizancio en una conquista del islam que Pedro el Ermitaño y Walter el Sincéntimo (Pennyless) no pudieron esperar a la formación de un ejército, y gritando “¡Dios lo quiere!” se lanzaron a pie hacia Jerusalem al frente de una gran muchedumbre, que iría sucumbiendo o dispersándose antes de llegar a Bulgaria.
En 1098, cuando al fin se ponga en marcha el contingente militar4 los árabes son derrotados, y Jerusalem pasa a ser un reino cristiano –no una provincia de Bizancio como estaba previsto- tras matar allí a todo musulmán y judío, incluyendo viejos, mujeres y niños. Ni uno solo queda para ser vendido como esclavo. Otras dos Cruzadas, con mucha más pena que gloria, dan lugar a una cuarta (1202-1204) inofensiva para los islámicos aunque ruinosa para las relaciones entre europeos y bizantinos, pues funde hasta el último objeto con rastros de oro o plata y acaba destruyendo Constantinopla tras varios incendios, culminados por una orgía de sangre que dura tres días5. Inocencio III promete a a los cruzados de 1204que no pasarán por el Purgatorio6 y está también en el origen de la Cruzada de los Niños, que merece dos palabras7.


1. La cumbre del patetismo
Por Pascua de 1212 toda Francia sabe que cierto pastorcillo –Esteban de Cloyes, con once años a la sazón- ha sido visitado por Jesucristo para que le lleve una carta autógrafa dirigida al rey Felipe Augusto. Aunque este documento se extravió, las crónicas dicen que denunciaba un fervor decaído hasta el punto de olvidar la profanación de sus Santos Lugares, y que el encargo legó a Esteban tanto una arrebatadora elocuencia como un don para hacer milagros, gracias a los cuales viajó desde su aldea hasta París concitando la admiración de multitudes crecientes. Una vez instalado a predicar en la abadía de Saint Denis explicó que Jesucristo le había exigido votos de cruzado, y aclaró que si suficientes niños y niñas le siguieran hasta la costa mediterránea el mar se abriría para permitirles llegar andando a Jerusalem, que a su vez iba a rendirse “no por la fuerza de las armas sino por la del amor y la pureza”.

Pormenores y consecuencias
Sintiéndose apóstoles de Esteban, niños y niñas desde los ocho a los trece años se lanzaron por los caminos franceses en comitivas que iban aumentando al pasar por cada población, y al cabo de pocas semanas las proporciones del fenómeno hicieron que la Universidad de París sugiriera a Felipe Augusto desautorizar la empresa. Siguió a ello un edicto mandando que los infantes regresaran a sus casas, y muchos padres recluyeron físicamente a sus hijos, si bien cuando no podían unirse a la procesión caían gravemente enfermos o “escapaban como aves migratorias”. Estas evidencias hicieron que Inocencio III captara la mano divina, pues “los niños nos reprochan habernos quedado dormidos, mientras ellos vuelan en socorro de Tierra Santa”.
Para entonces el fenómeno francés se había extendido al norte del Rhin, donde el lugar del pastorcillo Esteban lo ocupaba un Nicolás de Colonia aún más joven (tenía diez años) y al parecer de noble cuna. Para llegar al Mediterráneo era necesario cruzar los Alpes, aunque fuese en verano, y dicen las crónicas que cuando partió al frente de veinte mil cruzados su procesión estaba marcada por la desigualdad; algunos llevaban sirvientes y hasta carros con provisiones, otros algún equipo más humilde para hacer frente a la intemperie, y un tercer grupo –seguramente el más numeroso- acudía a la buena de Dios. Añaden las crónicas que a principios del otoño aparecieron por el norte de Italia unos siete mil y fueron mal acogidos, terminando las niñas y niños de porte más agraciado en “casas de abuso”. Trece de cada veinte habían muerto en los pasos alpinos, que en algunos casos se hicieron intransitables por la acumulación de cadáveres insepultos8.
Meses antes de que el primer cruzado infantil germánico llegase a Italia habían confluido en Marsella unos treinta mil niños franceses, y durante algún tiempo su conductor -el pequeño Esteban de Cloyes- esperó a que el mar se abriese. Como no fue así, una parte volvió o trató de volver a casa, ignorando sus votos como cruzados, mientras el resto se puso en manos de dos armadores con nombre quizá seudónimo9, que fletaron siete naves para su traslado a Jerusalem. Los únicos adultos añadidos a la marinería iban a ser unos pocos monjes, pues la carta de Jesucristo insistía en que el infiel sólo se rendiría ante la inocencia del impúber. Dos de los barcos naufragaron en la isla de San Pietro sin dejar supervivientes10; los otros cinco llegaron a Alejandría y vendieron su carga a tratantes árabes. Tantos pueri franceses acabarían llegando a Bagdad que en 1213 unos quince serían ejecutados públicamente allí, por negarse a rezar a Alá.
Europa tardó casi veinte años en enterarse –debido a la indiscreción de un monje-, permitiendo que Nicolás de Colonia y parte del grupo teutónico fuesen embarcados en Génova con el mismo destino eventual de ahogarse o ser vendidos en lonjas norteafricanas de esclavos. Sólo unos doscientos infantes alemanes que no llegaron a tiempo para embarcarse pudieron peregrinar a Roma, y obtener de Inocencio III una exoneración de sus votos como cruzados. Escrita al año siguiente de partir las expediciones, e ignorando su suerte, la Chronica coloniensis describe esta Cruzada como “algo instado por no sé qué espíritu”, entre cuyas consecuencias estuvo que “de muchos miles muy pocos regresaron”. Pasado el arrebato, ningún niño supo explicar por qué se había lanzado con un cirio y un crucifijo hacia Jerusalem.
Inocencio III aprovechó la inquietud creada por los cruzados infantiles para convocar una quinta expedición militar a Tierra Santa, y se aseguró de que ocurriría excomulgando al emperador Federico II mientras no partiese hacia allí. Sin embargo, la Cruzada de los Niños termina de alguna manera con lo magnético del sepulcro divino, y las expediciones adicionales serán progresivamente difíciles de reclutar11. Durante más de un siglo el Papado y la nobleza habían mantenido su protagonismo oponiendo estas empresas sublimes a la pedestre transformación empresarial, y el desánimo ante la cruzada externa será un contratiempo que salvarán con el fervor y los botines promovidos por cruzadas internas. En efecto, meses después de la primera expedición infantil comienza la caza de cátaros y otros herejes comunistas, que se complementa con una cruzada contra la hechicería. Como ya tuvimos ocasión de exponer la persecución de los rebeldes anticlericales, bastarán dos palabras sobre los reos de hechicería.
Reliquias de cultos y remedios paganos, las brujas fueron seres muy infrecuentes hasta que la Santa Sede decidió en 1231 premiar su captura con indulgencia plenaria y confiscación de bienes. El hecho de ser la delación libre, secreta y remunerada no tardó en lograr que el fenómeno pasase a ser pandemia, y hacia 1277 la magia negra interesa ya a “un tercio” de las campesinas francesas12. En 1486 tienta a “todas” las alemanas13 y en 1525 las hogueras del Continente alcanzan su apogeo, pues el descubrimiento de la farmacopea psicoactiva americana hace pensar al inquisidor católico y al protestante que hechiceros aztecas e incas llegan volando a Europa desde el Nuevo Mundo14. Algunos de los inquisidores más activos –como Bodino- pueden ser notables tratadistas de derecho político, pero cuando se trata de cazar y quemar brujas su formación jurídica no les veda un uso sistemático del tormento para obtener confesiones.


2. La evolución económica
Un marco social y político definido por la deserción del siervo anda muy revuelto persiguiendo herejes, infieles y brujas. El proceso emancipador depende de que se mantenga una demanda sostenida de trabajadores libres, y esto lo aseguran no sólo grandes empresarios como la Hansa o las repúblicas italianas sino los novus burgus que prelados y nobles de sangre crean en sus dominios. La revolución comercial ha supuesto para ellos un brote de opulencia que les lleva a contraer enormes deudas, instando una huida hacia delante con otras mayores aún que arruinan a muchos de los primeros banqueros. Pero buena parte de esos despilfarros suponen inversiones para terceros, y la creciente circulación de efectivo teje su tela sin inmutarse demasiado por desfalcos y bancarrotas, suscitando en algunas zonas los primeros nudos financieros. Así como las fábricas pueden aparecer y desaparecer en pocos años, ellos sobreviven siglos por no decir que indefinidamente.

Nuevas empresas
Florencia se dedica desde 1225 a hacer y exportar paños baratos de lana y algodón15, evitando entrar en competencia con los refinados pallia flamencos. En 1300 factura unos seis millones de metros, y en 1330 cambia de política para obtener algo menos pero de mejor calidad. Ese año su industria le produce 1.200.000 florines de oro -una renta superior a la suma de las obtenidas por el rey de Francia y el de Inglaterra-, y su Mercato Nuovo asume funciones bursátiles gestionadas por el Arte del Cambio, un gremio especializado en coordinar movimiento de bienes y de dinero. Aunque las familias dominantes vayan sustituyéndose unas a otras, el complejo de rutas, delegaciones comerciales, fábricas y crédito es en buena medida una organización endógena o retroalimentada, que cambia como el clima y no como los bandos municipales.
Algo muy análogo se observa en Flandes, punto de contacto para mercaderes del Báltico y el Mediterráneo. El comercio y la industria pueden desplazarse, pero cuando alguna ciudad atrae a un número suficiente de sucursales de otras ciudades, como sucede en Amberes, da paso a un centro financiero. Con el comerciante sedentario llegan compañías que ofrecen sus participaciones en compraventa sin dejar de ser rentables, extendidas por muchos países hasta formar conglomerados empresariales cuyo peso político no tarda en ser determinante. Desde 1250 la Santa Sede vive financieramente de banqueros italianos, por ejemplo, y en 1269 el reino de Sicilia cambia de dinastía gracias a un préstamo concertado por Carlos de Anjou con banqueros de Siena, Florencia y Lucca. A partir de entonces ningún jerarca europeo gobierna sin su apoyo, o arrostrando los riesgos de ser un mal pagador.
Fiscalmente, la alternativa es el impuesto directo de los burgos o atraer inversores pasando a un régimen de tasas indirectas (“sisas”), como hacen las repúblicas comerciales italianas. En cualquier caso, la trama surgida con los negocios aprovecha el delirio del sepulcro vacío como oportunidad para aprender, al tiempo que las escuelas de traductores16 abren fisuras en el autismo ideológico ofreciendo álgebra, lógica, astronomía o medicina científica. El alambique, por ejemplo, un descubrimiento originalmente egipcio perfeccionado por los árabes, no acababa de rendir todos sus frutos hasta que a mediados del siglo XII cierto europeo anónimo tuvo la ocurrencia de añadirle un serpentín refrigerado por algún medio frío. A partir de entonces iba a ser posible obtener alcohol puro (aqua ardens), un disolvente que revolucionó el curtido, los tintes, las boticas y hasta la embriaguez, poniendo en circulación los primeros licores (aquae vitae)17.
Lo decisivo es que el Mediterráneo vuelva a ser un mar abierto, pues los musulmanes recobrarán sus territorios pero nunca la hegemonía naval. Esa gran avenida estaba cerrada cuando algunos aventureros se lanzaron a desbrozar los caminos con sus caravanas.


3. Grandes cataclismos
Pero sólo algunas religiones aseguran el futuro, y el comercio apenas depara una semana o dos de suministro normal cuando las circunstancias se tornan adversas. Más o menos tocado ya por lo impetuoso de su propio crecimiento, el desarrollo se frena o detiene con la Gran Hambre de 1315-1317 y la peste o Muerte Negra, que llega a mediados de ese siglo. Como Europa está mejor comunicada entonces que Bizancio en el siglo VI, y que el islam algo más tarde, la plaga mata en algunas zonas a gran parte de una población ya diezmada por la hambruna18, liquidando con creces el excedente demográfico acumulado.
La primavera de 1315 fue como una prolongación del invierno, el verano resultó frío y no menos lluvioso, y para Navidad lo inundado de agua pasó a estar cubierto de espesa nieve, sin que el sol hubiera brillado una semana seguida. Las pésimas cosechas dejaron sin forraje a un ganado que o se sacrificaba en masa o moría de inanición; pero la sal necesaria para curar esas carnes estaba en salinas o depósitos a cielo abierto, y al estado intransitable de los caminos se añadía la imposibilidad de trasladarla y manejarla en estado líquido. Cuando llegó el segundo otoño sin haber dejado de llover se consumieron las últimas simientes, la delincuencia pasó a ser vertiginosa, los abuelos dejaron de comer para que sus nietos tuviesen alguna raíz o corteza que echarse a la boca, y hubo canibalismo.
Ni las oraciones de la Iglesia ni los graneros de la nobleza protegieron al famélico, y cuando volvió el tiempo soleado -en el verano de 1317- los ánimos populares estaban a medio camino entre el desfallecimiento y la furia. Hambrunas generales habían sido fenómenos rutinarios durante el periodo sin negotiatores, y hasta las tierras más fértiles de Europa padecieron una media superior a dos por mes durante el siglo XI19. Pero en el siglo XIV el progreso material ha evocado un sentido cívico que contempla con una mezcla de sorna e ira tanto las facultades supuestamente milagrosas del clero como el solemne voto nobiliario de socorrer al desamparado. Los niveles de suministro tardaron casi una década en restablecerse de la Gran Hambre, y apenas una generación más tarde -en 1348- estallaría la peste:

“…una dolencia que parecía herir a través del aliento y la vista. […] Los miembros de una familia abrían una zanja como mejor podían, sin sacerdote ni oficios sagrados, mientras iban muriendo a cientos de día y de noche, y los perros desenterraban los cuerpos para devorarlos. Y yo, Agnolo di Tura, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos.
Nadie lloraba por muerte alguna, porque todos la esperaban. Y murieron tantos que creí llegado el fin del mundo […] En septiembre habían muerto 36.000 personas en Siena y 28.000 en sus alrededores, dejando en la ciudad menos de 10.000 hombres, pasmados y casi insensibles. Mil cosas se abandonaron, como las minas de plata, oro y cobre. No describiré la crueldad que se adueñó de los campos”20.


Jean de Venette, un carmelita que entonces profesaba en la Universidad de París, describe el mismo fenómeno con una versión clericalmente correcta:


“La plaga, que comenzó entre los infieles [musulmanes] llegó a Italia y alcanzó Avignon, donde atacó a varios cardenales. Con su acostumbrada bondad, Dios se dignó conceder su gracia y por muy repentinamente que muriesen los hombres todos ellos esperaban el tránsito jubilosamente. Tampoco hubo uno solo que muriese sin confesar sus pecados y recibir el sagrado viático. Para mayor beneficio aún de los difuntos el papa Clemente VII otorgó y garantizó absolución del purgatorio a los de muchas ciudades y burgos fortificados. Las personas murieron tanto más voluntariamente por ello, dejando muchas herencias y bienes temporales a iglesias y órdenes monásticas, pues en muchos casos habían visto morir ante ellos a sus herederos y a niños”21.

 

Corto y largo plazo
Un efecto colateral de la Muerte Negra -como ya lo había sido del Gran Hambre-, fue una persecución a gran escala del extraño que lincharía a leprosos y hasta a personas con enfermedades leves de la piel como psoriasis, pero ante todo a forasteros y judíos22. Inocencio III les llamaba “tesoro real” –entiéndase: lacayos de monarcas traidores, prestos a pactar con los burguenses una liquidación del feudalismo-, y ahora la Iglesia les acusa de envenenar pozos, cortar la leche de las vacas e irritar en general a Dios. Como sus mandamientos higiénicos les exponen menos al contagio, la tasa algo inferior de mortalidad se interpreta como pacto con los demonios pestíferos.
Con todo, las repercusiones económicas de estos eventos son llamativas. La gran hambruna hizo que el mercado negro se adueñase de los víveres, mientras los precios enloquecían. La peste -que se mantuvo durante décadas y siguió rebrotando hasta finales del Renacimiento- elevó los salarios, mejorando también en otros aspectos la vida del campesino. Los supervivientes tocaban a bastante más, y ser más imprescindibles para sus señores suponía que la tierra se abaratase para ellos, directa o indirectamente. Algunos pasaron a ser arrendatarios y peones asalariados, otros recibieron parcelas en pago por sus servicios, y dejó de ser necesario hacerse burguense para acceder a la condición de hombre libre. Los arreglos que la plaga impuso entre el señorío y el campesinado fundan el capitalismo en sentido moderno, porque no ya una elite de aventureros y hombres sagaces sino parte considerable de la población pasaba a ser propietaria actual o potencial.
Para la nobleza y los hidalgos, en cambio, el pleno empleo impuso pagar mano de obra demasiado cara para sus rentas, y mientras algunos se amoldaron a la condición de vergonzantes otros la demorarían firmando créditos e hipotecas. Los jerarcas salen en su defensa con normas sobre máximos salariales, que reafirman también la atadura física y profesional del campesino, aunque intentar imponerlo suscita una serie prácticamente ininterrumpida de alzamientos en el Continente. Desde las grandes calamidades cunde el sentimiento de que el señorío no se ha sacrificado por el pueblo, y la lealtad hacia el superior está en entredicho. El mismo fenómeno –la peste- provoca consecuencias casi opuestas en Constantinopla y en Europa: allí trajo inmovilismo y aquí movilidad social.
En muchos burgos –como en Florencia- la nobleza intenta frenar el ascenso político de la clase media aliándose con el populacho, como hicieron los césares romanos desde el Bajo Imperio, y en el campo los predicadores ensayan una adoctrinación del labriego basada sobre la maldad inherente al olvido de la santa pobreza. Las crónicas del siglo XIV describen a campesinos decepcionados por el tipo de fisco que llega con los primeros conatos de Estado nacional, mientras el cronista no desaprovecha ocasión para exponer una propaganda cuyo caballo de batalla es a fin de cuentas nostalgia: cualquier tiempo pasado fue mejor. Los desastres no se habrían producido si el pueblo hubiera evitado novedades sediciosas, presididas por una libertad de conciencia y conducta que sólo puede desembocar en crímenes de lesa majestad como la insumisión política, la herejía o la hechicería.
Por otra parte, presentar las calamidades naturales como castigos divinos es un arma de doble filo, que en un periodo esencialmente “lúgubre”23 puede usarse para predicar lo contrario de la resignación. Reveses insuperables han frenado el crecimiento material, sin duda, pero la amargura tampoco se conforma con el sermón que propone una arrepentida vuelta al ayer. La imagen omnipresente es la Danza Macabra, un cortejo de esqueletos vestidos como personas de alta y baja alcurnia que baila en torno a una Parca provista de su guadaña. No hay nostalgia aquí, sino ironía y desengaño. Con la desaceleración del tráfico llega una oleada de manifestaciones revolucionarias, en las cuales el ideal comunista aparece mediado por distintas circunstancias.

 

NOTAS

 

1 Jesús, a quienes le buscan en el sepulcro; Lucas, 24: 5-6.

2 En ese número reside la principal diferencia entre los relatos de Mateo (28,1-8), Marcos (16:1-8), Lucas (24: 1-8) y Juan (20: 1-2).

3 Hume, en Smith 1982, p. 361.

4 Las fuentes bizantinas hablan de unos 15.000 caballeros y 35.000 infantes, un ejército formidable para la época. El emperador Alejo Comneno quedó “intimidado” al verlo, anticipando quizá futuros horrores.

5 Los cruzados deciden quedarse con Bizancio para siempre –llamándolo Imperio Latino-, y hasta 1261 no logran ser expulsados.

6 Sin perjuicio de indignarse al conocer su combinación de atrocidades contra cristianos y nulidad militar ante los musulmanes.

7 Hay unas cincuenta referencias del propio siglo XIII a esta iniciativa, empezando por la Chronica regiae Coloniensis (1213). Algún historiador ha sugerido que los cruzados infantiles fueron bandas itinerantes de adultos empobrecidos por la revolución comercial, a quienes la época llamó genéricamente pueri (“niños”). En la misma línea se ha mantenido -como algunas ediciones de la Biblia- que los hermanos de Jesús mencionados por el Evangelio podrían ser solo primos, pues el arameo no distingue bien esos parentescos. Las crónicas del periodo se reseñan en Raedts 1977, de donde tomo los datos.

8 Las fuentes hablan de “piñas como las abejas” donde se amontonaban para soportar los fríos nocturnos, aunque muchos amanecieran congelados total o parcialmente.

9 Porcus (“cerdo”) y Ferreus (“de hierro”).

10 Su recuerdo hizo levantar allí una capilla llamada de los Nuevos Párvulos, cuyo vitral se conserva.

11 La última victoria europea será tomar Damietta en 1217 -cinco años después de haber zarpado la cruzada infantil-, aunque ese ejército se rinde al fracasar su conquista de El Cairo.

12 Lo dice Jean de Meung en el versículo 18.624 del Roman de la rose.

13 Huxley 1972, p. 129.

14 Historia, argumentos, procedimientos y sociología de la cruzada contra la hechicería se detallan en Escohotado 1998, p. 275-355.

15 El algodón (del árabe al qutun, origen también del inglés cotton) demanda climas meridionales –en contraste con la lana- y Florencia lo obtiene entonces de España y el norte de África, merced a barcos de Pisa y Génova fundamentalmente. Los datos del cronista florentino Giovanni Villani –publicados hacia 1350- los tomo de Spufford 1995.

16 A la primera -que aparece en Córdoba- siguen las de Toledo y Sicilia, fundadas por dos monarcas excepcionalmente cultos como Alfonso X y Federico Barbarroja.

17 Cf. Crombie 1983, vol. I, p. 126-127.

18 Florencia, que en 1338 tiene unos 100.000 habitantes, pasa a tener la mitad en 1351. Inglaterra, el país más castigado, pierde quizá el 70 por 100 de la población; cf. Wikipedia, voz “Black Death”.

19 Francia, por ejemplo, pasa de 26 hambrunas en ese siglo a 2 en el XII –cuando aparece la letra de cambio- y a 4 en el XIV; cf. Braudel 1992, vol. I, p. 74.

20 Hay diversas versiones online de La Cronaca sienese (c.1351).

21 La Chronica de Venette (c.1350) se encuentra en varias páginas de la misma fuente.

22 En 1351, cuatro años después de declararse la epidemia, han sido exterminadas 210 comunidades judías en Europa occidental y hay noticias de unas 350 masacres adicionales, que promueven el éxodo hacia el este de la rama ashkenazim (asentada hasta entonces en el valle del Rhin y el norte de Francia).

23 North y Thomas 1982, p. 88.


 

© Antonio Escohotado
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
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