LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

 

XI. CONVULSIONES INTERNAS

 

“En el otoño de la Edad Media florece como nunca la insinceridad consigo mismo”164.

 

La rebelión de Cambrai (1077), primer burgo aforado, ocurre un año después de que el Sínodo de Roma prohíba la venta de cargos eclesiásticos (“simonía”) y el matrimonio o concubinato de clérigos (“nicolaitismo”), con una autodepuración conocida como reforma gregoriana. La decisión del Sínodo trae consigo que Gregorio VII y el emperador Enrique IV se depongan el uno al otro, consumando una larga escisión en el monolito clerical-militar –el Conflicto de las Investiduras- justamente cuando los burguenses necesitan crecer sin demasiadas presiones. El hecho de que estén enfrentados no sólo les permite ir limando sus taras serviles, como hasta entonces, sino ser imprescindibles como abastecedores para cada bando en liza.
Por su parte, la reforma gregoriana se gesta doctrinalmente en monasterios165 de acuerdo con principios expuestos algo después por el De contemptu mundi166, un poema con varios miles de versos que compila hacia 1140 el último gran abad de Cluny, san Bernardo. Nostálgico y airado, amenaza con vívidas descripciones del fuego eterno a los “señores de este mundo”, una comitiva de prelados y nobles que aprovecharon el florecimiento del comercio para sembrar dudas sobre lo santo de la humildad. A su juicio, el alto clero ha olvidado tanto al siervo como a los reyes y a la propia Santa Sede, transformando sus votos de pobreza, obediencia y castidad en oportunidades para enriquecerse, medrar y fornicar. Los que profesan votos nobiliarios167 padecen a menudo la misma corrupción, y es preciso volver a recordar que Dios y el Dinero son tan incompatibles como amar al más allá y apegarse al más acá.
No inquieta a san Bernardo, en cambio, el contraste entre lo incómodo de la existencia terrenal y la comodidad de los medios arbitrados para acceder a la celestial, bien sea pagando misas, mandando a otro como peregrino o comprando bulas santificantes. Estos atajos al más allá forman parte de la racionalidad burocrática que la Iglesia ha ido estableciendo, y el disconforme con ellos arriesga una excomunión que equivale a muerte civil168. Con todo, el revival ascético es paralelo al alivio en las condiciones de miseria que trae la revolución comercial, y tanto el clero bajo como los grupos de nuevos ciudadanos son un terreno fértil para herejías que reclaman bastantes más cambios.
La misa, por ejemplo, reserva ahora el vino –sangre del Cristo- al oficiante, imponiendo a los fieles que se limiten a una hostia de pan ácimo; las no consumidas siguen siendo carne del Cristo, y su condición de fetiche determina que tocarlas sin ser clérigo constituya sacrilegio169. Al igual que el bautismo de recién nacidos, o la libre interpretación del Evangelio, puntos innegociables para la Santa Sede como esos se convierten en caballo de batalla para el espíritu que llega con los nuevos tiempos. El reformismo clerical quiere recobrar el fervor de la conciencia infeliz, que se siente manchada por lo concupiscente del mundo, y en el reformismo popular despunta una aspiración a reconciliarse con el más acá, donde la Paz de Dios ya no sea incompatible con sociedades orientadas a canalizar sus energías en la construcción de un bienestar material.
Concretamente, Gregorio VII pretende “independencia de la Iglesia con respecto a las autoridades civiles, y al tiempo una ampliación de sus derechos territoriales y principescos”170. Si sus deseos se cumplieran la Santa Sede pasaría a ser el mayor propietario europeo -con mucho-, una perspectiva que no le parece inquietante mientras sus administradores estén atados por voto de pobreza. Esta línea se diría idónea para frenar el sentimiento de hostilidad hacia el clero señorial que llega con el crecimiento económico, pues los milenaristas empiezan defendiendo una Iglesia propietaria y administradora de todo, como la descrita en Hechos de los apóstoles. Por otra parte, los aliados laicos resucitan la fe anárquica del cristiano primitivo, y desandan uno a uno los pasos que transformaron a la secta ebionita inicial en gran señora de este mundo. A veces su celo les lleva a tropezar primero con las autoridades temporales o espirituales que tomaron partido por el Imperio, como les acontece a los patarinos de Milán, Parma y Florencia, a quienes Gregorio VII tiene en particular estima. Pero ni ellos ni ningún otro grupo regeneracionista se librarán de excomunión, y del paso ulterior que el Papado está descubriendo para luchar contra sus peores adversarios: la cruzada seguida por actuaciones inquisitoriales. El pobrismo de esos rebeldes presenta la novedad de no ser tanto anticomercial como anticlerical.

 

1. Herejías comunistas
Hacia el año 1000 ningún europeo dudaba de que los monasterios fuesen la forma perfecta de vida en común. Lo suscribían razones puramente espirituales y también prosaicas, al ser -con los castillos- el único espacio a cubierto de hambrunas y saqueos. Si a ello añadimos permisividad sexual, y un legendario gusto por la buena mesa y el buen vino, para los parámetros altomedievales residir temporal o permanentemente en abadías resultaba envidiable. Con frailes o monjas de primera y segunda clase, estos últimos equiparables a sirvientes, la aristocracia usaba sus recintos como reformatorios para hijos díscolos, asilos para progenitores quebrantados y casas de reposo para el resto, donde lo equivalente a educación, custodia o tratamiento era la propia regla ascético-contemplativa de cada orden.
Tanto más ilustrativo resulta observar que a finales de ese siglo la laxitud de frailes y monjas provoca vergüenza, odio e incluso actos de violencia fulminante. El Nuevo Testamento profetiza que “al cumplirse el reino de los mil años” cesa el encadenamiento del Diablo171, y releer esas líneas inspira una vuelta al horizonte findemundista en medios rurales y urbanos mediante “humillados”, “flagelantes” y otros “pobres para Cristo”, a cuyo juicio quienes no viven en la pobreza pecan y pueden ser destruidos. Todos han jurado “una vida de desprecio por el mundo”, como observa un cronista hacia 1150172, y aunque algunos practican la mansedumbre más extrema otros se mueven al grito de “¡Muera quien hable en contra!”173.

El punto de partida
Los primeros grupos europeos heréticos son cristiano-maniqueos y parten de una secta búlgara, detectada por cronistas bizantinos tras la predicación de cierto Bogomil en 930174. Profesan un dualismo moderado175 -donde Jesús representa a un emisario angélico que simplemente “pareció” morir-, rechazan todo tipo de jerarquías mundanas y consideran especialmente despreciable una Iglesia que pretende monopolizar la gracia divina con un supuesto poder sacramental. Ven en monjes y monjas de clausura a personas manipuladas por un poder anti-igualitario, que pretende dominar al resto fingiéndose más recto. Creen también que la riqueza es tan pecaminosa como virtuosa la pobreza, pues cuanta menos materia rodee a cada persona más alma tendrá. La filantropía convive con aversión hacia el no sectario, y suele destacarse su “desconcertante falta de unidad doctrinal”176.
Tampoco hay unidad doctrinal en el evangelio de san Marcos, el más antiguo de los canónicos, y resulta quizá más preciso decir que los nuevos fieles son un calco de los paleocristianos, sin el pulido de ortodoxia y aparato litúrgico que aporta la institución eclesiástica. Su entusiasmo brota de un credo sencillo y populista, que conmueve en Europa como conmovió en Palestina o Persia la predicación original de Jesús y Manes. Esas ideas han aprovechado las rutas comerciales recién abiertas, y en 1130 hay comunas suyas en Cambrai y otros burgos importantes del norte177, así como un foco muy activo en el Piamonte, que de alguna manera estimulan su posterior arraigo en el centro y el sur de Francia. Allí aparecerán sectas exclusivamente cristianas que son el gran evento intelectual de la época, semillero para las posteriores rebeliones del campo y la ciudad.
Una generación más tarde esas sectas apostólicas han pasado de la nada al favor popular en una ancha franja que va de los Balcanes a los Pirineos, con comunas en Flandes, el oeste de Alemania y Lombardía, donde están concentrados el comercio y la industria. Aunque sean sectas bastante distintas, tienen en común interpretar literalmente el Sermón de la Montaña.


2. Pobres y laicos
Una espesa bruma envuelve a los patarinos lombardos, citados por todas las fuentes como pioneros pero reducidos al dato de tres hermanos –los caballeros Arialdo y Erlembaldo, el clérigo Arnulfo- brutalmente asesinados en luchas con el arzobispo de su ciudad, a quien acusan de comprado y fornicario. El texto conocido como Historia de Milán es un fragmento que sólo cubre hechos ocurridos poco más tarde, cuando otro miembro de esta castigada familia -el diácono Litprando, “propietario de la iglesia de San Paolo”- ha visto cortadas su nariz y sus orejas178 pero no ceja en la denuncia del arzobispo. A partir de aquí cunde el surrealismo, pues el prelado es un demagogo sostenido por “la turba” que llega cubierto de harapos y sigue así, a quien el propio Litprando recomienda vestir de modo acorde con la importancia excepcional de su archidiócesis. Curiosamente, patarino viene de pates (“andrajos”), y Pataria era una calle frecuentada por los mendigos de la ciudad. El andrajoso prelado niega ser corrupto179, y el relato termina con una ordalía de fuego superada milagrosamente por su acusador.
Bastante más información hay sobre los cátaros o “puros”180, que partiendo de burgos septentrionales y lombardos se consolidan en el Languedoc, donde son tolerados e incluso apoyados por la nobleza y el alto clero. Sintiéndose herederos de los patarinos, dividieron su sociedad en “perfectos” (con votos perpetuos de ascetismo, pobreza y castidad) y simples “oyentes”. El matrimonio les parecía maligno, pues aspiraban a provocar el advenimiento de la Luz y el fin de la Materia con un suicidio colectivo (la “sagrada Endura”) consumado por restricción de natalidad. Parte importante de su éxito popular puede atribuirse a que las obligaciones del no perfecto acababan siendo abstenerse de violencia (sacrificio de animales, servicio militar, pena capital) y sostener a sus perfectos. Fuera de ello su código de conducta consagraba la libertad de conciencia, núcleo del Evangelio y a la vez algo incompatible con la ortodoxia. Santo Domingo –testigo de primera mano durante una década- afirma que los predicadores cátaros procedían “con celo, humildad y austeridad”181.
Las comunas de Albi y Toulouse, llamadas albigenses, tenían menos contacto que otras zonas con el comercio y empezaron a vivir el anti-materialismo como un ensayo de amoldar novedad y tradición, entregado en gran medida al arbitrio de cada cual. Sin filósofos ni cronistas siquiera, con esta autonomía prosperaron y fueron respetadas hasta 1207, cuando la Santa Sede declaró que toda propiedad cátara era confiscable y convocó una Cruzada interna. Invitaba así a los señores francos del norte, que se lanzaron sobre su presa desde 1208 a 1244 y obtuvieron un enorme botín en tierras y otros bienes. Los supervivientes fueron entregados a una Inquisición recién constituida, que les sometió a la hoguera no por crueldad sino para que tuviesen ocasión de purificarse con el arrepentimiento, y ardieran unos pocos minutos en vez de ser condenados al fuego eterno. Roma había advertido sobre sus intenciones ya en 1190, al equiparar un canon papal al hereje con el reo de lesa maiestas o alta traición, cuyo castigo sólo puede ser un “tormento sin reserva de pruebas” consumado por la eventual muerte.
Se dice que poco antes de ser destruidas las comunas albigenses creían en una Edad de Oro, y la vecindad de Cataluña y el Languedoc ha hecho que algún cronista imaginativo retrotraiga a ellas el anarquismo ibérico182. Como detestaban la materia en todas sus manifestaciones, si algo les acerca a Durruti es su propensión a destruir títulos de propiedad, que simbolizan lo perdurable del mundo material. Singularmente desapasionada es la descripción de los cátaros hecha por el dominico Gui, hacia 1300: “Dicen de sí mismos que son buenos cristianos […] que ocupan el lugar de los apóstoles, y que por eso mismo son perseguidos”183.
A diferencia de los cátaros, que aborrecían toda forma de violencia, algunos grupos e individuos asaltan monasterios e iglesias antes incluso de que los cristiano-maniqueos aparezcan en las crónicas. Hacia 1050 un expolio limitado a dominios eclesiásticos es atribuido a “turbas campesinas” de Arras, y en 1112 se corona como rey-mesías cierto Tanchelmo de Amberes, del que sólo consta que derogó el diezmo eclesiástico y reinó efectivamente sobre parte de Flandes, hasta ser asesinado en 1115. La misma trayectoria sigue Eon de l’Etoile en Bretaña. Su divisa de robar al clero para repartir esos bienes entre los pobres recuerda la leyenda de Robin Hood, aunque difiere de ella por centrar sus ataques sobre iglesias, abadías y ermitas. El punto álgido de esa resistencia armada llega con los flagelanti o apostolici, que dirigidos por fra Dolcino construyen una fortaleza para dar asilo a los saqueadores de propiedad eclesiástica, y sólo se rinden tras un asedio en toda regla.

El proto-protestantismo
Muchos más enjundiosas conceptualmente resultan las herejías de enricianos y petrobusianos, que siendo coetáneas y diseminándose en comarcas contiguas o próximas muestran hasta qué punto la comunicación oxigena el entendimiento, produciendo alternativas no fanáticas para una conciencia resuelta a decidir autónomamente. Enrique el Monje -muerto en cárceles eclesiásticas hacia 1149- andaba descalzo en invierno, destacaba por su grandioso porte y convencía con la elocuencia del sentido común. Acabó defendiendo tres puntos: a) la Iglesia carece de poder doctrinal y disciplinario; b) el Evangelio debe ser objeto de libre interpretación; c) conviene interrumpir, por supersticioso, cualquier acto de culto.
Antes de que muera en mazmorras ha fascinado a todo tipo de feligresías en zonas cátaras y un territorio bastante mayor, que va de Montpellier a Burdeos. Pobristas y racionalistas a la vez, sus sermones hacen que las damas regalen sus joyas y vestidos, que los caballeros célibes se casen con prostitutas para redimirlas y que, en general, crezca el apoyo al libre examen de los asuntos religiosos. Lanzar a la Inquisición contra los enricianos no evita que sus opiniones sean inextirpables, y sigan luchando hasta conseguir en 1598 el Edicto de Nantes sobre libertad religiosa.
No menos analítico fue Peter de Bruy o Buy, probable maestro de Enrique el Monje y clérigo también, que podría ser el primer europeo en criticar sistemáticamente no sólo el ropaje litúrgico sino cualquier aspecto mágico del credo cristiano. Dentro de la magia incluyó el valor del bautismo -cuando el bautizado no tiene pleno uso de razón y lo solicita-, la transubstanciación de la hostia, la santidad del celibato y el truculento símbolo de la cruz. Quería “desmaterializar” a la Iglesia para “que Dios y el hombre se acercasen”. Sus enemigos184 le acusaron de algunos actos violentos, como promover la ocupación de monasterios ricos para repartir sus bienes entre los indigentes, e imponer el matrimonio a ciertos clérigos (los ya unidos por previo concubinato). Santo para muchos, fue preso en 1126 y quemado vivo –con fuego de cruces hechas por él mismo- en 1130.
También en 1130 aparece la Historia de mis cuitas del monje Pedro Abelardo (1079-1142), “el hombre más sutil e instruido de su tiempo, escuchado por toda Europa”185, referente intelectual para Enrique el Monje y Pedro de Bruys que forma personalmente a Arnoldo de Brescia, nuestro próximo rebelde. Abelardo evita comprometerse con el pobrismo apostólico, aunque su obra filosófica –varios tratados sobre lógica y dialéctica- influye en que se funde una Universidad en París. El prestigio alcanzado por este estudioso de Aristóteles indica que empieza a respetarse la inteligencia en y por sí misma, como si la Sabiduría comenzase a recobrar terrenos abandonados por una Profecía institucionalizada, que ha ido produciendo en su propio seno tal antídoto. Junto a la auctoritas aparece una razón observante que exhuma las ciencias lo mismo que inventa la notaría o el molino de viento, osando incluso irrumpir en la ciudadela supuestamente inexpugnable del dogma.
Entretanto, la Iglesia se desgarra en realidades opuestas. Una es el conjunto de los fieles o “buenos cristianos”, el corpus mysticum, y otra una institución despótica que reclamando un universal desinterés hospeda al más ávido de los interesados.
Arnoldo de Brescia (1090-1155), un monje que por dones personales habría destacado en cualquier actividad, abandera un comunismo donde no se pide restitución al rico en general sino un reparto inmediato de los dominios eclesiásticos. Como otros burgos lombardos, Brescia padecía la férula de su obispo –propietario de casi todo-, y Arnoldo colabora en 1139 con el ayuntamiento para acelerar un traspaso de competencias que convierta a la ciudad en una república democrática. A su juicio:

“Es imposible que se salven clérigos que tengan propiedades, obispos que mantengan regalías y monjes con posesiones. Todas estas cosas pertenecen al príncipe, que sólo puede disponer de ellas a favor de los laicos”186.


Cabe observar que la Iglesia convivía bien con estructuras económicas en recesión aguda o muy aguda, y que el panorama cambia cuando cunde el crecimiento. La contundente forma que tiene Arnoldo de tomar partido por los laicos es empezar negando que un clero “propietario” administre los sacramentos, tesis que le vale el destierro de Brescia y la orden papal de “guardar perfecto silencio”. Pero llegando a Roma descubre la misma trama de burguenses maniatados por un obispo, y vuelve a ponerse al mando de la insurrección civil. Como ahora tiene experiencia en tales asuntos, se desempeña con tal eficacia que el papa Eugenio III le excomulga aunque no puede evitar el exilio187. Tres años más tarde sufre la humillación adicional de regresar teniendo a Arnoldo como primer magistrado de una democracia próspera.
Esta audacia suspende momentáneamente las hostilidades entre Imperio y Santa Sede, que actuando unidos logran deponerle y algo después ahorcarle188. Su legado es que la Iglesia “primitiva” no está en guerra con el civismo –como aún pensaban los apostólicos de Cambrai- sino con la Iglesia señorial, y cifra su progreso en ahorrarle al laico el yugo clerical-militar. Limitando su afán expropiador al alto clero, el pobrismo de arnoldistas, enricianos y petrobusianos ya no es tanto el negativo de previsión y diligencia como una adaptación del fiel a la fábrica y otras instituciones nacidas con los burgos. Eso explica que confluyan todos en el movimiento comunista más duradero y civilizado, cuyo origen es un magnate de la industria textil parecido por antecedentes y filantropía a Robert Owen.


3. El movimiento valdense
Hacia 1173 uno de los empresarios más prósperos de Lyón, Petrus Valdes (también Pierre de Vaux, y Waldo), reparte su dinero y su fábrica de hilaturas de manera que algo le quede a su esposa e hijas aunque no a él, comprometido desde entonces con un estricto voto de pobreza. Su primera urgencia es traducir la Biblia a lengua romance, para poder estudiarla y comentarla, y pronto hay una secta de pauperes o indigentes, también llamados pauvres d’esprit, que a despecho de ese nombre dan muestras de perspicacia con su proyecto de “armonizar el ideal religioso y un orden civil independiente”189.
Valdes, al que vemos luego abriendo un comedor comunitario, supo quizá desde el principio que estaba abocado a la herejía. Pero se impuso ser ortodoxo y dócil con la jerarquía en todo, salvo renunciar a un celo misionero orientado a reformar la Iglesia por caminos democráticos graduales, con un movimiento de abajo a arriba. La Santa Sede no pudo oponerse, confirmó su voto solemne de pobreza y añadió que él y los discípulos sólo estarían autorizados a predicar cuando así lo pidiese cada diócesis y parroquia. Antes de que se acumularan las denuncias por desobedecer esta norma, en apenas una década, los valdenses tienen tiempo para arraigar en burgos antiguos y de nueva planta, especialmente entre tejedores, artesanos y hombres de negocios, sin perjuicio de atraer también al bajo clero, la clientela del noble y muchos campesinos.
La excomunión les llega en 1184, cuando viven divididos en perfectos y discípulos (estos últimos sin voto de pobreza y castidad) y se agrupan en dos ramas; los “pobres de Lyón” son moderados, mientras los “pobres de Lombardía” o humiliati se inclinan al radicalismo. Una vez excomulgados los valdenses carecen de estímulo para seguir velando sus divergencias doctrinales, y modifican entonces la liturgia190. Llaman abiertamente “crimen” a la Inquisición, añadiendo que el alto clero es apóstata desde los tiempos del papa Silvestre y Constantino, cuando la conversión del cristianismo en culto oficial enajenó su troquel ebionita. El periodo transcurrido desde entonces sería la crónica de una progresiva traición a sí mismo y al conjunto de los laicos, cuyo desarrollo entorpece con un culto a la limosna. El precepto de compartir sólo es obligatorio para Iglesia señorial, no para una sociedad secular que bastante tiene con defenderse de las inclemencias naturales.
Cuando esta postura acabe de perfilarse, a mediados del siglo XIII, sus comunas se multiplican y prosperan por toda Europa, lo mismo en las cuencas del Ródano y el Po que en las del Rhin y el Danubio. Una vez más, el atestado menos melodramático de sus progresos y apoyos lo encontramos en un inquisidor:

“Entre todas las sectas que existen o han existido no hay ninguna más perniciosa que la de los lyoneses; y por tres razones […] La segunda porque es la más extendida, y apenas si hay un país donde no exista. La tercera porque todas las demás sectas despiertan horror y repulsa por sus blasfemias contra Dios, mientras ella exhibe una gran semblanza de piedad […] Solamente blasfeman de la Iglesia y del clero romanos, y por esto tan grandes multitudes de laicos les prestan atención"191.

Los inquisidores transforman la excomunión papal en ejecución y confiscación de bienes, desde luego, pero derrotar a los valdenses supone una Cruzada tan interminable como insatisfactoria en sus resultados. Valdes no es capturado, algunos de sus discípulos resisten en Bohemia -hasta desencadenar la posterior rebelión husita-, y su núcleo suizo acaba fundando una de las primeras iglesias protestantes, que tras acogerse a la profesión de fe calvinista mantiene sus enclaves antiguos y se disemina por América del norte y el Río de la Plata.
En 1250 un acta inquisitorial ha alegado que “como estudian tanto, rezan poco”192. Este rasgo ayuda a entender que aún hoy –reunidos por una Tavola o asamblea ecuménica anual- sigan fieles a su comunismo cívico, viviendo sin apreturas una vocación de frugalidad y mutuo auxilio.

El pobrismo ortodoxo
Santo Domingo de Caleruega (1170-1221) y san Francisco de Asís (1182-1226) son personalidades afines, aunque las circunstancias les impusiesen destinos dispares. Del primero se cuenta que siendo estudiante de teología en Palencia intentó dos veces venderse como esclavo para dar ese dinero en limosnas, y que vivió “sumido en trance contemplativo” los nueve años de su estancia como canónigo en Burgo de Osma. Luego se convertiría en amigo íntimo de Simón de Monfort, jefe de la cruzada anti-albigense, y vio la necesidad de “combatir la herejía propagando la verdad” usando las mismas armas de humildad y vocación apostólica desplegadas por los herejes. Roma sancionó sus esfuerzos aprobando la orden de predicadores o dominica, que de modo espontáneo asumiría las funciones inquisitoriales, mientras él siguió dando ejemplo de extraordinaria austeridad hasta su última hora193.
Francisco de Asís –el “santo seráfico”- nació como santo Domingo en el seno de una familia distinguida. Se orientó inicialmente hacia la carrera de las armas, hasta que cierto día oyó a Cristo decirle desde una cruz: “Ve y repara mi ruinosa casa”. Vende entonces su guardarropa y el caballo, trata de entregar el dinero a una parroquia, rompe el corazón de su padre –un empresario textil que le acusará ante tribunales civiles y eclesiásticos- y acaba haciendo lo que él mismo propone a los jueces, que es abrazar la santa pobreza como su “dama” y “prometida”. Ningún texto evangélico le impresiona tanto como el que dice “no toméis oro ni plata ni dinero en vuestros cintos, ni impedimenta para ir de viaje”194. Aunque sea autodidacta, un par de años más tarde ha reclutado once “hermanos apostólicos”, y presenta en Roma la regula vitae para una orden mendicante cuya finalidad será “caminar sobre las huellas de Jesucristo.”
Dichas huellas restauran la conciencia infeliz en estado de prístina pureza, con un ánimo de hermandad hacia todo que sólo excluye libido y confort. El Hermano Asno –así llama a su cuerpo- carga con toda suerte de penalidades, pero él le pide perdón con ternura, porque nada concupiscente obtendrá. Una intensa visión del Crucificado, ocurrida en 1224, le deja estigmas permanentes de clavos en manos y pies, trastorno al que pronto se suma la ceguera. Su fama se ha propagado con gran celeridad, y para entonces hay unos diez mil franciscanos dedicados a la predicación mendicante. Aunque tiene prisa por pasar al más allá, Francesco se somete a varios tratamientos médicos infructuosos y muere dos años después entre grandes dolores, que agradece como posibilidad de repetir la Pasión.
El ebionismo teológico franciscano brilla en san Egidio, uno de los primeros discípulos, que “reprochaba a las hormigas su excesivo afán por acumular provisiones”195. Merecían amor, como todas las criaturas de Dios, aunque habrían sido perfectas confiando más en la Providencia. Precisamente ese desprendimiento absoluto hacia lo mundanal fascinó como un nuevo destino, imponiendo -ya en vida del fundador- un noviciado que permitiese seleccionar entre la masa de aspirantes. Más difícil aún fue aceptar las importantes dádivas de tierras, edificios y otros objetos, pues su regla excluye terminantemente cualquier forma de propiedad. Los canonistas romanos solventaron el problema jurídico arbitrando que la orden tendría un usufructo perpetuo de muebles e inmuebles.
También era factible convertir en limosna esas dádivas, regresando de pensamiento y obra a la primera comuna de Jerusalem. Acatar o no la solución papal separó a los “conventuales” de los “espirituales” o poverelli, que acabarían excomulgados por Juan XXII. Dos escritos papales196 refutan esa herejía comunista alegando –entre otras razones- que Jesús y los apóstoles fueron propietarios. En realidad, hay tantos grupos deseosos de confiscar propiedad eclesiástica que el legado franciscano puede considerarse un esfuerzo por desactivar el rencor a pie de obra. Hasta su mansedumbre es vehemente, con todo, y el santo seráfico viaja a Tierra Santa para dirigir a los cruzados; una cosa es negarse a matar una mosca y otra dejar vivir impune al infiel.
El pobrismo ortodoxo completa el cuadro de vocaciones apostólicas en una época rebosante de predicadores y sermones, para un pueblo que podría considerarse muy revuelto si no estuviera al mismo tiempo renaciendo como ente cívico. La libertad de conciencia y expresión, centro del estrépito, remite al proceso silencioso en cuya virtud ciertos individuos fueron logrando libertad de hecho, sin escatimar energías para construirse estaciones urbanas seguras, y el panorama de insurgentes deparado por el otoño de la Edad Media no se completa sin mencionar su variante más conceptual, que por eso mismo resulta la más ajena al desgarramiento entre más acá y más allá.


4. Los herejes panteístas
Si la Hansa e instituciones paralelas –como la banca italiana- reflejan un comercio no ya resucitado sino nuevo, al que corresponde otro sentido del trabajo, el retroceso general del vasallaje se manifiesta también en una recuperación del discurso filosófico. Tras el ya mencionado Abelardo, la Sorbona sirve de altavoz para sucesores aún más capaces por formación como David de Dinant y Amalric de Bène, dos aristotélicos que florecen hacia 1200. Dinant tuvo la prudencia de desaparecer sin dejar rastro tras haber propuesto a sus alumnos: “Una sola substancia son la materia, la mente y Dios”197. Discípulo suyo, o quizá simple colega en la Universidad de París, Amalric de Bène enunció otra enormidad herética al proponer que nunca se sustantivara lo malo y lo bueno.
Sobre Amalric (también Amaury) sabemos apenas que su lectura de Aristóteles le indujo superar el simplismo dualista con una búsqueda tenaz y llana del término medio en cada dimensión. Gracias a ella formula una filosofía cristiana de la historia descargada de elementos milenaristas198, donde la etapa final es una continuación del ahora, mientras su contemporáneo Joaquín de Fiore construye grandiosas profecías cosmogónicas. Expuso además que Dios y el universo son la misma cosa, que el ser humano debe sentirse parte de ese “cuerpo”, y que quien persevere en amar a la inteligencia formadora del mundo no puede cometer pecado.
Como amar a Dios y querer conocer son la misma cosa, el cristiano obrará con rectitud si en vez de orar se afana en “estudiar” toda suerte de asuntos. No importa tanto qué estudie cuanto aplicarse a ello con la mayor hondura e imparcialidad a su alcance. Así abandonará virtudes sólo supuestas como “la fe y la esperanza”, que atan a ideas supersticiosas sobre salvación y resurrección. Acumular conocimiento objetivo es lo único que “salva” cotidianamente, pues cada hallazgo –grande o pequeño- hace presente cierta verdad intemporal y nos “resucita”. Pedirle a la vida algo más satisfactorio sería preferir el autoengaño y el dogmatismo a la inagotable alegría del descubrimiento.

Amalricianos y adanitas
Dichas nociones se propagaron con lentitud y discreción, en un círculo de docentes y alumnos al cual se añadirían algunas damas atraidas por la ciencia. Ninguno se sentía llamado al sacrificio expiatorio, y aunque la libre investigación les entusiasmase sólo fue posible descubrir sus reuniones y criterios gracias a un topo, sufragado por el obispo de París. Cuando los hechos llegaron a Inocencio III se dice que exclamó: “¡No son herejes, sino dementes!”. Pero la demencia no constituye excusa, y en 1210 nueve amalricianos son pasados por la hoguera en París. Los huesos del fundador, que reposaban desde 1206 en el cementerio de la Universidad, se desentierran para esparcirse por terreno no consagrado. Aparte de rechazar el dualismo, se imputa a la secta encontrar el paraíso en placeres terrenales (especialmente los lúbricos), “prometer que los pecados no serán castigados” y confundir a Dios con el mundo. Gracias al escándalo generado por la persecución llegan a las crónicas algunos de sus lemas:

“Tanto como en la hostia está Dios en cada piedra y cada miembro del cuerpo”.
“El edén está dentro de nosotros”.
“La ignorancia es el infierno”199.

El rechazo unánime era previsible ante un ultraje semejante a la pobreza de espíritu. Pero se descubren herejes antiguos tanto como nuevos adeptos, y en 1215 la Santa Sede ataca la raíz del mal prohibiendo la lectura o posesión de escritos aristotélicos. La propia Sorbona -a cuyo juicio el Estagirita se lee “distorsionado para apoyar a estos rebeldes”- abre camino a otras Universidades y bibliotecas procediendo a quemar todas sus existencias. Tanta impiedad parece delirio y, con todo, resulta muy difícil de reprimir cuando recluta adeptos sin vocación martirológica, que sencillamente refuerzan sus medidas de cautela ante la persecución. En la Champaña, que es entonces la zona más próspera del Continente, descubren los inquisidores el último círculo de estos herejes.
No podemos precisar en qué momento los amalricianos se empezaron a considerar hijos espirituales de los adanitas, una secta paleocristiana acusada por cierto Padre de la Iglesia griega de “profesar un misticismo sensual que ignora las convenciones morales”200. El hecho de que las únicas noticias sobre ellos vengan de sus perseguidores impide saber si evolucionaron luego hacia una postura análoga a la del tantrismo o insistieron en la perspectiva legada por Amaury, donde la libertad erótica parece un apoyo entre otros para la meta de acumular “nuevas verdades”. Del movimiento sólo constan rasgos como el nudismo ritual o la vocación investigadora, que irán reapareciendo por Europa en distintos lugares y momentos como Fraternidad del Libre Espíritu.
Hacia 1340 los adanitas de Bruselas son conocidos como sabios (homines intelligentiae) y no evocan persecución, aunque poco después pasan por la hoguera Walter de Colonia y unos cincuenta de sus seguidores beghards, acusados por el esposo de una adanita. Ese querellante alega que “celebran las misas desnudos, glorificando el coito como deleite paradisíaco”. El último adanita capturado por la Inquisición es un anciano suizo llamado Löffler, que en 1357 -viendo cómo el verdugo apila leña para quemarle- hace una observación digna del propio Amalric: “No encontrarás madera bastante para prenderle fuego al azar, señor del mundo”201.

 

NOTAS

 

164 Huizinga 1962, p. 21.

165 De Francia central (Cluny) y Lorena (Brogne y Gorz)

166 “Del desprecio hacia el mundo”.

167 En 1090 Bonizon de Sutri cifra el código del caballero cristiano en “sumisión a su señor, renuncia al botín, pelear contra los herejes, proteger a pobres, viudas y huérfanos y profesar amor platónico por la dama”; cf. Bloch 1961, p. 76.

168 Para Graciano -compilador del Código de derecho canónico- y para su papa, Urbano II, no es homicidio matar al excomulgado si lo dicta un “celo por la Iglesia”. Gregorio IX excomulgaba hasta la séptima generación; cf. Troeltsch 1992, vol. I, p. 391.

169 Por san Pablo (Epístola a los gálatas 5:19-31), y por vasos hallados en las catacumbas de Roma con la inscripción bibe in pace (“bebe tranquilamente”), sabemos que la ingesta de vino al comulgar inducía a veces reacciones afines al entusiasmo báquico cuando los fieles se habían preparado con ayunos severos, pues un vaso basta para embriagar a quien lleve días tomando sólo pan y agua. Tales accesos de cordialidad “carnal” escandalizaron tanto más cuanto que el vino estaba vedado en la civilización grecorromana a mujeres que no fuesen de vida alegre. Todavía a mediados del siglo III el obispo Novaciano distingue entre “presentar un sacrificio al Hacedor” y permitirse con ese pretexto “diversiones estrepitosas, afines al fornicio y la impureza”. Sobre la evolución del rito eucarístico, y sus nexos con el culto dionisiaco, cf. Escohotado 1989, p. 230-233.

170 Troeltsch ibíd., p. 224.

171 “Un Ángel dominó al dragón Satán […] y le lanzó al abismo hasta el cumplimiento de los mil años” (Apocalipsis 20:1-3).

172 Landulfo de San Paolo, en su Historia de Milán (MGH Script. vol. 20, 17-49). La versión online es cortesía de la Universidad de Stanford, con traducción inglesa de Ph. Buc.

173 Ibíd., 8.

174 Cf. Eliade 1983, vol. III/1, p. 191-194. Los bogomiles son paulicianos armenios, herederos a su vez de los elcasaítas o ebionitas persas. Los paulicianos fueron objeto de feroces persecuciones por parte de de Bizancio, que empezaron lapidando a su portavoz en 690 e hicieron que la secta se desplazara a zonas controladas por gobernantes islámicos. Los bogomiles serían deportados en masa a los Balcanes a mediados del siglo IX por nuevos emperadores bizantinos, bajo la acusación de sostener que el único sacramento verdadero es “escuchar la palabra de Jesús”. En 1837 un obispo de la Iglesia ortodoxa define a los grupos supervivientes en Armenia como “pre-protestantes”; cf. Catholic Encyclopaedia, voz. “paulicians”. Sigue habiendo paulicianos allí, y unos diez mil bogomiles declarados en la actual Serbia.

175 El mal es un ángel traidor a Dios, no un igual a Dios. Tampoco falta una subsecta –los dragovitsianos- que siguiendo derroteros gnósticos identifica al Príncipe de las Tinieblas con YHWH, “el dios malvado del Antiguo Testamento”.

176 Eliade 1983, vol. II, p. 195.

177 Goslar, Lieja, Gante y Colonia fundamentalmente.

178 Landulfo de Saint Paul, sobrino de Litprando, cuenta que Gregorio VII le recibió diciendo: “Tu forma visible avergüenza más, pero la imagen de Dios es la de la justicia, y eres más hermoso” (Hist. Mediolanum, 9). Litprando “portaba una gran cruz, no para calmar la belicosidad, sino para .llamar a la guerra” (Ibíd, 3).

179 “Juró públicamente sobre los santos Evangelios que desde el día que salió del vientre materno no había cometido polución ni envilecido su carne con nadie” (Landulfo ibíd., 12).

180 Del griego catharoi, como “catarsis”.

181 Cf. Catholic Encyclopaedia, voz “Saint Dominic”.

182 Cf. Bécarud y Lapouge 1972.

183 En Robinson 1903, p. 381.

184 Fundamentalmente Pedro el Venerable, abad de Cluny, en su Adversus petrobrusianus (c. 1130).

185 Lo dice un discípulo como el obispo Otto de Freising, introductor de Aristóteles en Alemania, en su Gesta Friderici I imperatoris (1156).

186 Cf. Catholic Encyclopaedia, voz “Arnold of Brescia”.

187 De este pontífice –el menos belicoso del periodo- dijo que “le ocupa más llenarse el cuerpo y el bolsillo que imitar el celo de los apóstoles, y no vacila en defenderlo con homicidios”.

188 El cadáver es incinerado a continuación, esparciéndose las cenizas por el Tíber para evitar santuarios dedicados a sus restos. Que se le ahorrase morir abrasado, y que no fuera reo de herejía sino de rebelión, indica hasta qué punto evocó algo parecido a temor reverencial en su propio estamento, y admiración entre los laicos.

189 Troeltsch vol. I, p. 358.

190 Devuelven a los fieles la ingesta de vino en la misa, tienen sus propios ministros, no bautizan antes de la mayoría de edad, y tampoco confiesan con clérigos oficiales.

191 Lo alega Reinarius Saccho, en su crónica Sobre las sectas de los herejes modernos (1254).

192 Cf. Fetscher 1977, p. 26.

193 De día y de noche le ceñía un grueso cilicio, y ni siquiera agonizante aceptó la comodidad de una cama, prefiriendo tumbarse en el suelo sobre unas arpilleras. La Catholic Encyclopaedia le llama “atleta de Cristo” y enumera algunos de los muchos milagros que justificaron su rápida canonización. El primero es que un escrito suyo a los cátaros no ardió, aunque el pergamino fuese arrojado por dos veces al fuego.

194 Mateo, 10:9.

195 Cf. Mises 1968, p. 417.

196 Las Decretales Ad conditorem canonum (1322) y Cum inter nonnulos (1323).

197 Tomás de Aquino, Summa Theologica, I, Q. 32, iii, a. 8.

198 Su concepto es un proceso emancipador del ser humano articulado sobre tres etapas. La primera, reino del Padre o de la ley, cristaliza en la figura de Abraham. La segunda, reino del Hijo o del amor, tiene como figura prototípica a María. La tercera es el reino democrático del Espíritu Santo, que Amalric considera iniciado en el siglo XII (con la “civilización”) y durará sempiternamente, pues lo divino está ya “en todo miembro de la especie humana”; cf. Catholic Encyclopaedia, voz “Amalricians”.

199 Un catálogo más amplio de expresiones ofrecen Wakefield y Austin 1991.

200 Teodoreto de Cirro (393-457) en su Haereticarum fabularum compendium (I, 6).

201 Encycl.Cath., loc. cit. El artículo sobre los amalricianos concluye diciendo que ”su extirpación completa no puede considerarse inoportuna o destemplada”. Pero es de justicia reconocer que antes ha expuesto sus tesis con objetividad y finura conceptual.

 

© Antonio Escohotado
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
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