LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO

 

 

XV. BELICOSOS, PACIFISTAS Y UTÓPICOS

“El prepucio de Cristo lo he visto yo personalmente en Roma, Burgos y Amberes (al parecer existen un total de 14 ejemplares), y tan solo en Francia hay ya 500 dientes del niño Jesús. En muchos lugares se conserva la leche de la Virgen y en otros las plumas del Espíritu Santo”87.

 

La reforma luterana nace en una nación que tardará siglos en unificarse estatalmente, donde el Emperador está sujeto a la supervisión de un consejo formado por siete príncipes “electores” y las instituciones feudales se mantienen vigentes en gran medida. Hacia 1500 apenas un diez por ciento de la población vive en ciudades, y sólo tres de ellas –Ausburgo, Colonia y Nüremberg- superan los 30.000 habitantes88. Salvo en el nordeste, que sigue sujeto a la Orden de los Caballeros Teutónicos y dispone de grandes dominios hasta cierto punto rentables para sus magnates (aunque limitados a un monocultivo cerealero), el sur y el suroeste están fragmentados en dominios “enanos” cuya nobleza tanto laica como eclesiástica no se repone del encarecimiento en la mano de obra que suscitó la peste, cuyos rebrotes mantienen a la baja el crecimiento de la población.
El anacronismo político tiene su reflejo en economías no exentas de hallazgos industriales, como los primeros molinos de papel, aunque arrastradas al estancamiento. El impulso original de la Liga Hanseática fructifica en herederos como la Gran Compañía de Ravensburg, que se crea en 1380 y un siglo más tarde concentra el tráfico continental de minerales, además de tener una red de tiendas y delegaciones por toda Europa que comercian con papel, especias y otros productos. Sin embargo, es incapaz de resistir la competencia holandesa y las trabas internas derivadas del feudalismo reinante, desapareciendo en 1530. Cuando Lutero tiene dos años la codicia fiscal del arzobispo de Salzburgo le ha valido una violenta insurrección, por ejemplo, y la escasez de recursos determina que buena parte de la pequeña nobleza se encuentre en situación desesperada; unos hidalgos sobreviven vendiendo sus servicios como mercenarios en todo tipo de guerras, y otros –amparados bajo distintos pretextos y nombres- se han convertido en simples salteadores89.

 

1. El comunismo alemán
Mientras en los Países Bajos “las mercancías han empezado a viajar solas”90, y el profesional del campo o la ciudad gana pacíficamente terreno, en Alemania la llegada de la sociedad comercial evoca una resistencia que no puede ser sino explosiva. Allí la vida del campesino está sometida a condiciones tan inclementes como en Cataluña hasta Fernando el Católico, y aplicar la llamada ley civil de Roma hace que el mejor buey y el mejor caballo, el mejor traje y el mejor apero sean heredados automáticamente por el señor al morir cada uno de sus siervos. Además de normas sobre salarios máximos, análogas al Statute of Labourers inglés, el señorío reacciona a su crisis estructural con medidas como privatizar prados comunales, o negar al villano su tradicional derecho de acceso a bosques y arroyos. Sin embargo, la servidumbre tiene tal arraigo que los líderes de las guerras campesinas son teólogos, y no hay voz de labriego, minero o jornalero añadida a la suya, una diferencia digna de mención cuando se compara con un fenómeno como la Jacquerie francesa, ocurrido más de siglo y medio antes.
Según Engels, los insurgentes se aproximaron a 300.000 y un tercio perecería91, cosa no muy improbable considerando que la población alemana rondaba entonces los doce millones, y nueve de cada diez personas vivían en aldeas y granjas. Salvo Baviera y el nordeste, todo el país acabará alzándose a partir de un foco inicial localizado en la Selva Negra, que empieza con ataques a castillos y abadías y cobra fuerza al apoderarse de algunos burgos. El lema de los insurrectos es la “libertad del cristiano” reivindicada por Lutero, y lo borroso de sus movimientos concretos contrasta con la nítida figura de su primer líder.

El profeta clérigo
Thomas Müntzer (1489-1525) leía griego y hebreo, y tuvo su primer encargo como pastor por recomendación de Lutero. Quizá ser “airado, anticlerical y apocalíptico” hizo que no congeniase con su feligresía, y tras pasar algún tiempo en Praga -entre taboritas- volvió a Alemania para pronunciar su Sermón a los príncipes alemanes (1524), donde se presenta como “el nuevo profeta Daniel”. Ese mismo año publica su Apología, que dedica “Al Señor Jesucristo y a su afligida y única esposa, la Iglesia de los pobres”. Allí define al pobre en términos básicamente extraeconómicos, como “aquel que ha sufrido, que no vive de la avaricia ni para la lujuria y desprecia los bienes de este mundo”92.
Un año le basta para redactar en alemán la primera liturgia completa de la Iglesia reformada, crear una Liga de los Elegidos que estimule la insurgencia y apoderarse en 1525 de Mülhausen, una de las ciudades imperiales, donde sustituye el ayuntamiento civil por una Liga Divina Eterna. Melanchton, testigo presencial, escribe a Lutero para contarle que ejerce allí poderes ilimitados y practica la comunidad de bienes: “Donde hace falta grano o tejido se acude a un rico y se le exige en nombre del derecho cristiano.” Sus aliados son bandas de labriegos que se han lanzado espontáneamente al asalto de propiedades laicas y eclesiásticas, cuyos zarpazos de furia podrían ser irresistibles si se coordinasen.
Confiando en sus dones proféticos, y en el número de los revolucionarios, Müntzer asume funciones de caudillo militar para hacer frente ese mismo verano al ejército que apresuradamente han formado algunos de los príncipes93. Pero el tiempo ha corrido a gran velocidad no sólo para plantear la revolución sino para resolverla, y el ejército campesino es puesto en fuga a la vez que su mariscal pierde la compostura. Como se le descubre escondido bajo una cama, los príncipes prefieren desacreditarle a tomar la venganza acostumbrada: podrá morir decapitado, en vez de sometido a tormento, si acepta recibir la comunión católica y abjura públicamente de sus ideas. Müntzer acepta ambas condiciones, firmando una retractación solemne de cualquier tesis reformista que desmoraliza a sus partidarios.
Los vencedores han temido muy seriamente perder la guerra, y su ansiedad se refleja en el panfleto llamado Contra las hordas asesinas y ladronas, un sermón de Lutero donde denuncia a “los profetas celestiales de la guerra santa” argumentando que reforma no es revolución, y que el mundo terrenal es inseparable de desigualdades. Anticipa allí que la corriente de quienes predican un segundo bautismo desembocará en nuevos e inútiles derramamientos de sangre, dentro de una convulsa atmósfera donde no pocos de sus mejores amigos y colegas se han convertido en “peligrosos sectarios”94.

Los profetas burgueses
Desde sus primeras manifestaciones medievales -cátaros, petrobusianos, enricianos, valdenses- la Iglesia de los pobres se aviene mal con el bautismo infantil. Ahora, con todo, los representantes de esa Iglesia alegan categóricamente que el sacramento así administrado es inútil, y que cada fiel sólo puede remediarlo bautizándose de nuevo. Se percibe en ello que el valor de la libertad y el de la conducta racional han crecido, pues el fundamento de esta nueva herejía consiste en reclamar que la fe se abrace de modo consciente, algo imposible sin uso de razón y conocimiento de las Escrituras.
Por otra parte, con los primeros anabaptistas llega un milenarismo muy puro que traduce a los profetas judíos sin interesarse por el resto de la Biblia, para el cual rebautismo y comunismo son inseparables. Los campesinos siguen sin producir dirigentes, y los protagonistas del segundo estallido revolucionario son pequeños comerciantes, que han visto cómo el primero se desvanecía casi en un abrir y cerrar de ojos. Diez años después de que Müntzer publique su Sermón a los príncipes alemanes los anabaptistas se diseminan por una franja que va desde Austria y Suiza hasta Holanda cruzando el sur de Alemania, están siendo objeto de una persecución implacable95 y reabren la guerra civil religiosa tomando en febrero de 1534 la importante ciudad de Münster, donde fundan “un reino de terror e indescriptibles orgías al declarar que las mujeres son tan comunes como el resto de los bienes”96.
Algo semejante suena a estereotipo y debe ponerse en duda hasta disponer de más datos, que por lo demás hallamos en abundancia. Quienes se apoderan del burgo son seguidores de un peletero muy viajado (Hofmann), y forman una cúpula de “profetas del reino de los mil años” integrada básicamente por un capellán (Rothman), un mercero (Knipperdolinck), un panadero (Mathiessen) y un sastre holandés (Jan de Leiden). Al llegar el otoño, con la experiencia que otorgan nueve meses de gobierno, promulgan un edicto que entre otras cosas establece:

“Llegó el tiempo de vivir el amor mutuo, la perfecta igualdad y el desinterés. Queda abolido entre nosotros, por el poder del amor y la comunidad, todo aquello que hasta ahora había servido al provecho egoísta y la propiedad privada; por ejemplo, comprar y vender, trabajar por salario, cobrar interés, comer y beber del sudor de los pobres”97.

La contundencia de estos asertos explica que el anarco-comunismo se remita a ellos como origen98, pues otra parte de sus disposiciones ordena o sanciona quemar registros inmobiliarios, archivos notariales y demás libros que “por su carácter mundano y vano mancillen el espíritu del cristianismo auténtico”99. La economía monetaria cesa, los bienes de consumo desaparecen y cuando emerge la hambruna ese resultado se atribuye al sabotaje del rico. Por lo demás, dicho contratiempo no deriva de tibieza o componendas, pues ya en febrero -inmediatamente después de asumir el poder- los Profetas han formado una “inmensa pira” con cualquier texto distinto de la Biblia, y al calor de sus llamas el antiguo panadero Mathiessen da ejemplo de compromiso revolucionario matando personalmente al primer objetor.
Leiden, que se ha convertido en rey de la ciudad y su comarca (concretamente “nuevo rey David de la Nueva Sión”), alega la poligamia de Abraham y sus descendientes para hacerse con 16 esposas, sin aclarar cómo se concilia ese acto de apropiación exclusiva con el acervo común de mujeres. El trono pudo trastornarle el juicio, pues –según se comprobó luego- atesoraba en los sótanos de su palacio buena parte de los víveres requisados a la población, y tenía reservas para alimentar a su Corte medio año más. Del trastorno ocasionado por la eminencia personal deriva también, quizá, que a la hora de defender sus conquistas sociales los Profetas den pruebas no ya de ineficacia sino de ambigüedad moral.
En vez de prepararse para soportar o romper el previsible cerco, sus enemigos irrumpen inadvertidamente en el perímetro –gracias al concurso de los hambrientos ciudadanos, por supuesto- cuando Leiden y su cúpula estaban pensando prender fuego a la ciudad “para rechazarlos”, un plan cuya profundidad estratégica no parece ajena a las ventajas del humo para huir. Su gobierno ha durado año y medio, exterminando a muchos por muy diversas razones que no siempre fueron sabotear el proyecto comunista. Idénticos a Müntzer en esto, como ni él ni sus ministros optan por morir luchando acaban presos y luego abrasados a fuego lento, dentro una gran jaula de hierro que aún se exhibe en la catedral de Münster.
Al igual que sucediera siglos antes con los franciscanos rebeldes, el destino del anabaptista revolucionario será formar bandas como la de Jan van Batenburg, un bastardo de la nobleza que no ve nada anticristiano en vivir del robo y la extorsión a “infieles”. Tras pasar por la hoguera, en 1538, sus batenburgers quedan bajo el mando de Cornelis Appelman el Juez, alguien más imperioso aún; quiso casarse con una hija, y viendo que la madre protestaba ejecutó a ambas por desacato100.


2. Puritanismo y civismo
A medida que las ciencias, las técnicas y el comercio civilizan a Europa el cristiano trata de recobrar su raíz originaria y construir al tiempo una ética acorde con la propia civilización, pues no siendo ya estructuralmente esclavista tampoco puede ser moralmente pobrista. Brillar en empeños civiles “aumenta la gloria de Dios”, como repite Calvino, y bastante antes los luteranos escandalizan al Concilio de Trento –el gran cónclave de la Iglesia señorial- argumentando: “Quien por su clase es pobre debe soportarlo, pero quien promete seguir siéndolo hace lo mismo que si jurase estar siempre enfermo o tener mala fama”101. Este principio lo trasladan al terreno práctico todas las sectas protestantes, que oponen caridad y limosna (giving alms is no charity) y montan casas de labor para disuadir al inactivo, ya sea por paro profesional o vocación.
Richard Baxter -capellán de Cromwell y autor de un Christian Directory que codifica la moral puritana- es más sensible al carisma de la pobreza evangélica que el calvinismo, pero evita su denotación victimista. Sea cual fuere la santidad atribuida por el Nuevo Testamento a la indigencia, el mundo impone ser laborioso tanto al rico como al humilde: “La riqueza puede excusarte de algún tipo sórdido de trabajo, haciéndote más útil para otro, aunque no por eso te excusa del servicio laboral más que al más mísero de los hombres”102. La rama pietista enarbola la pobreza como ideal y se diría una excepción, pero cristaliza bastante después –cuando no hay apóstoles ebionitas-, y defiende con su proverbial dulzura tesis tan abominables para esa tradición como “experimentar la bienaventuranza ya en esta vida”, o una Iglesia donde los fieles no sean separados “por pequeñas diferencias de fe”.

Los bautistas apacibles
Cuando ser fiel al origen no implica un esfuerzo paralelo por residir sin desgarramiento en el más acá, y perfeccionarlo humildemente, el comunismo piadoso puede suscitar protagonistas como Müntzer, Mathiessen o Jan de Leiden. Pero dentro del universo religioso la causa del anabaptismo se adapta bien al cambio social y político, algo demostrado por su pervivencia y diseminación bajo ese nombre y otros muchos, empezando por el de Iglesia bautista103. Aligerado de violencia, insistir en todo cristiano conozca las Escrituras y tenga uso de razón para abrazar su credo casa bien con sociedades cívicas, y será en este círculo de fieles donde la conciencia infeliz cuestionada por luteranos y calvinistas acabe rechazándose de modo expreso. El troquel de venganza apocalíptica unido al precepto de compartir desaparece cuando se percibe en ello un acto tan voluntario como el propio bautismo.
Así lo afirma el holandés Meno Simon (c. 1496-1561), un clérigo católico que meses después de ser vencidos los anabaptistas deja sus hábitos para convertirse en “pastor de ese rebaño descarriado, cuya sangre llegaba demasiado caliente para mi corazón”104. Su hermano ha muerto luchando por uno de los Profetas, y la decisión de Meno supone vivir escondido desde entonces, con la cabeza puesta a precio por católicos y protestantes. Lejos de sentirse martillo divino, sin embargo, se esfuerza en denunciar el fanatismo místico, la profecía incendiaria y cualquier recurso a la fuerza. Tanto aboga por una absoluta libertad de conciencia que no sólo la propone para cualquier confesión, y funda la propia sobre una autonomía absoluta para cada feligresía local.
Sus cuatro puntos105 resumen lo teórico para una regla de vida basada sobre la sencillez y el auxilio mutuo, que se liga por vocación al marco rural y será lo común a menonitas holandeses, huteritas austriacos, amish suizos y bautistas ingleses106. Característicamente fiables y laboriosos, se verán llevados a migrar de un país a otro por intolerancia religiosa o por negarse al reclutamiento; pero donde no son perseguidos prosperan dentro del austero límite que ellos mismos se imponen, y evocan el respeto de sus vecinos. Esto ocurre lo mismo en Crimea que en Kansas o Paraguay, hace tres siglos y ahora mismo.
Son para el cristiano occidental el equivalente a los Hermanos Moravos en el movimiento husita, fuente de inspiración para el fundador del metodismo:

“La religión produce industria y frugalidad, cosas que no pueden originar sino riqueza. Y una vez que esta riqueza aumenta, crecen la soberbia, la pasión y el amor al mundo en todas sus formas.
Hemos de hallar algún camino que impida esta decadencia continuada de la religión pura. Pero no debemos impedir que las gentes sean laboriosas y ahorrativas. Todos los cristianos deben ser adoctrinados en su obligación y su derecho a ganar cuanto puedan, y a ahorrar lo que puedan; es decir, en suma, a hacerse ricos”107.


Aceptando el más acá
Lo mismo que acaba con la servidumbre como relación fulmina al sacerdote como mago, abriendo dentro de cada fiel un espacio de arbitrio solitario y vacilación. Sin mediadores entre ellos y su Dios, los miembros de las nuevas Iglesias siguen esperando salvación eterna en una vida venidera, pero el sentido crítico veda liturgias milagrosas. Cualquier parafernalia de esa índole les parece tan útil para tranquilizar a pobres de espíritu como tramposa para quienes empiezan a salir de la miseria material con trabajo y conocimiento. Rodeados de progresos seculares, aspiran a descubrir y retener el God within del primer cuáquero, la fuente de divino entusiasmo que fecunda e ilumina los logros terrenales.
El hecho de estar diseminados por toda Europa -aunque el temperamento y la geopolítica les concentren en el noroeste- no modifica que coincidan en lo básico; a saber, que cada cual deba practicar la probidad –y compartir sus bienes- aún faltando nada remotamente parecido a seguridades sobre una recompensa celestial. Las comparsas ávidas de milagros y revancha que siguieron a Juan Bautista o Jesús se habrían dispersado oyendo algo parejo, pero una civilización orientada hacia el trabajo inventivo puede permitírselo. Toda la duda se centra en si hay predestinación o más bien libertad para construir cada cual su destino, un modo indirecto de optar entre Dios como voluntad omnipotente o como ley de la Naturaleza. Sea como fuere, son indicios del favor divino sobresalir en el oficio, y los sentimientos de benevolencia que cada individuo suscite en su círculo.
YHWH castigó la rebeldía de Adán y Eva condenándoles a morir y sufrir108, algo que no se entiende del mismo modo después del reloj y el telescopio, cuando en algunas zonas la situación de intemperie empieza a mitigarse de un modo insólito por democrático. Milton, el coloso poético del puritanismo, remata su Paraíso perdido con un arcángel Miguel que adelanta a Adán el bien derivado de “tanto mal”. En esencia, “abandonando este Paraíso te harás con otro, interior, de lejos más feliz”109. Seguirá siendo preciso trabajar, desde luego, con la muerte como término; pero haber desarrollado inteligencia habría sido imposible en otro caso, y con tal implemento el ser humano dispone de un sí mismo.
Cuando la Biblia puede narrarse con acentos y ritmo homérico, como hace Milton, los denuestos milenaristas han cedido ante el deber de ser próspero, y trabajar a disgusto se considera una prueba de que falta en esa persona el estado de gracia. Herederos últimos de un entusiasmo religioso surgido a finales del siglo XII -cuando aparecían también la contabilidad por partida doble y el pagaré ejecutivo-, los puritanos combinan su aspiración al desahogo con una “coacción ascética al ahorro”, y allí donde el lucro sólo está limitado por las figuras del Código penal activan “la más poderosa palanca imaginable para lo que hemos llamado espíritu del capitalismo”110.
Aquí cabe, no obstante, un equívoco. Si por capital se entiende lo objetivo del caso -aquella parte del producto o las existencias que no ha de consumirse inmediatamente-, va de suyo que el capitalismo sólo falta en grupos como los extintos nambicuara del Mato Grosso, que en invierno nunca apilaban suficiente leña para no pasar frío y cada noche iban acercándose a las brasas hasta amanecer embadurnados de ceniza111. Allí donde un grupo humano puede importar y exportar hay ya un sistema capitalizador, y “espíritu del capitalismo” alude a un régimen político donde la parte del producto que no exige ser consumida inmediatamente puede en principio corresponder a cualquiera, y cambiar de manos. La tiranía y la eventual ruina de Imperios como el chino o el romano no son separables de que sus emperadores fuesen propietarios de todos los bienes comprendidos en sus dominios.
Si Europa puede en el siglo XVII descubrir y poner en relación todo el globo terráqueo es porque las ciudades han frenado las requisas y chantajes de autócratas. A fin de cuentas, entre la Atenas de Pericles y la Ámsterdam de Spinoza la estructura de negocio sólo difiere en que el trabajo ya no resulta monopolizado por siervos hereditarios. Atenas era pagana mientras Europa es cristiana, y el proceso que hemos seguido desde la crisis de Roma hasta la sociedad comercial exhibe sucesivas versiones en la interpretación del Nuevo Testamento, tantas como preciso fuere para pasar de una pequeña secta hostil a la propiedad privada y la previsión hasta la clase media más amplia y previsora de los anales.
Aunque los Evangelios prometen vengar al pobre del rico, el cristianismo más fervoroso ha dejado de ser ajeno al merecimiento singular y a una lógica del beneficio inseparable del hallazgo como motor económico. La conciencia infeliz cumple así un ciclo paralelo al auge, ocaso y extinción de la sociedad esclavista, sin que dejar de reinar suponga una catástrofe para la fe cristiana. “Y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”, su expresión sublime, padece una erosión proporcional al grado en que mejora la residencia humana en la Tierra. Pero el mensaje originario no carece de sempiternidad, y su crepúsculo es también preparación del nuevo día. “Restituir”, lo esencial, se prolonga en los primeros pasos de un comunismo acorde con los nuevos tiempos, apoyado sobre fundamentos no tanto religiosos como políticos y de sentido común.


3. El alba de las utopías
La versión europea más antigua del igualitarismo material como sociedad perfecta aparece en 1515, cuando está gestándose la revolución comunista en Alemania, y es un opúsculo de santo Tomás Moro que edita en forma anónima su amigo Erasmo de Rotterdam, con el subtítulo Libro verdaderamente áureo y tan salvador como juicioso sobre la mejor constitución estatal. La omisión de autoría se explica por las altas responsabilidades políticas de Moro, que acaba siendo lord canciller de Inglaterra y es el último mártir católico inglés, decapitado por Enrique VIII cuando se opone a su primer divorcio.
Moro empieza diciendo allí que en la isla Utopia (del griego ou topos, “no lugar”) justicia y opulencia se consideran cosas antagónicas, que no hay propiedad particular y que el dinero sólo se usa para sostener un ejército de mercenarios o sobornar a posibles invasores. Su democracia tiene un jefe del Estado vitalicio que eligen dos tipos de representantes (“filarcas” y “protofilarcas”), a su vez elegidos cada año, y los temas imprevistos se resuelven consultando al pueblo mediante plebiscitos. Los utópicos concentran sus energías en cubrir las necesidades mínimas de todos, y la preocupación pública es por eso que “nadie pida más de lo necesario”. Como los bienes son limitados, aquello que uno tenga en exceso merma las existencias de otro u otros.
Repartir las necesidades es fruto de una cuidadosa planificación. Uniformes en atuendo y comida, el tiempo libre de los utópicos se aprovecha para asistir a conferencias científicas, participar en actividades musicales y practicar el ajedrez, ya que los juegos de azar están prohibidos. El orden en materia de espacio, por ejemplo, parte de que “ninguna familia pueda tener ni menos de 10 ni más de 16 personas”, y el económico en una jornada laboral de seis horas los siete días de cada semana, idéntica para todos aunque adaptada al sexo y la edad de cada uno. Moro no se expresa con la vehemencia del iluminado sino a menudo con humor y guardando una distancia estética, como al terminar el opúsculo: “No puedo adherirme a todo lo que acaba de ser contado sobre la isla de Utopia, pero reconozco que allí ocurren cosas que me gustaría ver imitadas por nuestras sociedades”.
No encontramos sentido del humor en la jornada laboral, sin embargo. Dos siglos más tarde un espíritu tan analítico como Cantillon observa que aproximadamente la mitad de los ingleses apenas trabaja112, a pesar de lo cual el país va permitiéndose cada vez más “las cosas superfluas que hacen agradable la vida”. Moro no podía ignorar un absentismo muy superior en su tiempo, y es tanto más significativo que considere digna de imitación una jornada obligatoria de 180 horas mensuales para todos, cuando tener cubiertas “las necesidades” impone al conjunto una “frugalidad extrema”. ¿Acaso ha anticipado –en tal caso genialmente- los efectos prácticos de una planificación centralizada? Parece más verosímil atribuir esa carga indiscriminada de labor a una condena moral del ocio, que es un modo indirecto de seguir siendo fiel al pobrismo. Con el tiempo realmente libre podría llegar un cuestionamiento de aquello en lo cual coincide por completo con su contemporáneo Müntzer, que es la oposición irreconciliable entre justicia y prosperidad:

“De hecho, me parece […] que donde haya propiedad privada, donde todo se mide con el valor del dinero, no será nunca posible llevar a cabo una política justa con éxito”113.


La prolongación del monasterio
No encontramos una nueva sociedad perfecta hasta La ciudad del Sol (1606), otra isla racional descrita por Tomás Campanella, un eclesiástico que pasó treinta años encarcelado por herejía. Como Moro, Campanella considera nuclear que “nadie tenga más de lo necesario” y los lujos estén prohibidos, pues la prosperidad de unos implica pobreza para otros. El jerarca máximo de los solarios controla producción y consumo con normas sobre alimentación, ropa y reparto de incumbencias laborales. No hay familias sino una “comunidad femenina” encargada de la función reproductiva, que evita pugnas entre intereses de clan y fomenta desapego hacia las posesiones. Los domicilios, por ejemplo, se intercambian cada seis meses y la mujer ya no puede elegir fecundador, pero el sentimiento simultáneo de desposesión y comunidad compensa esa pérdida:

“Eran todos ricos y pobres al mismo tiempo; ricos porque todos tenían lo necesario, y pobres porque ninguno poseía nada. Pero no servían a las cosas, sino las cosas a ellos”114.

Marx propondrá controlar la economía, en vez de ser controlados por ella, y Campanella muestra también un tono combativo inexistente en Moro, pues “antes de que lleguemos a plantar y construir es preciso destruir y derribar muchas cosas.” Como media casi un siglo entre ambas obras, puede considerarse un eco del progreso técnico que las seis horas diarias de trabajo social obligatorio en Utopía se reduzcan a cuatro en La ciudad del sol. Los solarios viven unos doscientos años por término medio, gracias a su regla dietético-gimnástica y la evitación de vicios.
Al comparar los dos proyectos observamos que el punto de partida común, y también el término al que ambos abocan tras las oportunas reformas, es la sociedad feudal y el régimen monástico donde se formaron. En sus proyectos de comunidades perfectas no aparecen las modificaciones que el tejido económico ha ido experimentando en Europa, y eso “explica la influencia antisocial atribuida a la riqueza”115. Sólo perciben amenaza en el hecho de que la relación voluntaria se haya multiplicado a expensas de la involuntaria –credo, territorio, cuna-, abriendo el horizonte a resultados imprevisibles.
Quizá por ello no volvemos a oír sobre sociedades propiamente utópicas hasta siglo y medio más tarde, cuando en vez de una alegoría expuesta con seriedad y esperanza –al modo de Moro y Campanella- florezca un género literario de viajes fantásticos a repúblicas sin propiedad privada, invariablemente insulares, donde la edificación moral tiene mucho menos peso que elementos novelescos. Entre ese género y el escueto elenco de textos renacentistas y barrocos sobre comunismo no hay quizá más secuela intermedia que el movimiento inglés de los niveladores o levellers, también conocidos como diggers116. Bajo dicha rúbrica se encuadran manifestaciones muy diversas, algunas afines incluso a una especie de protoliberalismo político, aunque para nuestra historia sólo sea procedente aludir a su rama anticomercial.
El origen de dicha tendencia es una ocupación de tierras comunales en Surrey, verificada hacia 1650, que termina con el desahucio pacífico de los ocupantes poco después. La guerra civil ha coincidido en Inglaterra con la transformación de muchos labrantíos en tierras de pasto para ovejas y reses, los productos agrícolas se han encarecido bruscamente y a la voz de “¿por qué no adviene ahora el reino de los mil años?” algunos líderes de la nivelación reclaman a Cromwell que la muerte del rey sea seguida por un reparto de sus regalías entre los “oprimidos, esclavos, siervos y mendigos.” Gerrard Winstanley sistematiza sus puntos de vista en La ley de la libertad en una plataforma, o la magistratura restaurada (1652), donde leemos:

“¿Son la compra y la venta un honrado derecho natural? No, es una ley de conquistadores. ¿Cómo puede resultar honesta una patraña? ¿No es acaso habitual que cuando se tiene un caballo malo, una vaca mala o cualquier clase de mala mercancía se lleve al mercado para tratar de engañar a cualquier incauto, y luego reírse abiertamente en sus barbas? Cuando la Humanidad comenzó a comprar y vender perdió su estado de inocencia. Nadie puede ser rico sino mediante el trabajo de los demás”117.

En la sociedad nivelada será obligatorio trabajar duro hasta los cuarenta años, y a partir de entonces el empleo se irá adaptando al envejecimiento. El suministro en general lo verifican “almacenes estatales”, y el trabajo asalariado queda prohibido, al igual que cualquier compraventa privada. Walwyn, otro leveller, asegura que “si hubiera comunismo habría menos necesidad de un gobierno, porque no existirían ladrones ni hombres avariciosos”118. Algunas décadas más tarde encontramos un paralelo francés en el cura de aldea J.Meslier, que prefigura la teología de la liberación en Mi testamento, donde propone abolición de la propiedad privada y trabajo obligatorio universal.
Inglaterra se acerca entonces a las turbulencias que preceden a la Revolución Gloriosa, con la victoria de los liberales (whigs) sobre los conservadores (tories), y las tesis niveladoras coinciden con un país que sigue otros caminos119. Aquello que Winstanley llama “un honrado derecho natural”, también “derecho cristiano” para los Profetas alemanes, se eclipsa ante la interposición de un cuerpo tan opaco como el desarrollo económico a gran escala.
Exponer la evolución del ideal comunista y sus reflejos prácticos, que es el propósito de este libro, bien podría saltar casi dos siglos sin omitir informaciones pertinentes al respecto. Sin embargo, el movimiento que resurge con formidable vitalidad y elocuencia en 1848 depende crucialmente de lo acontecido y pensado durante la fase de eclipse, y debemos perfilar siquiera sea sus líneas más generales para estar en condiciones de retomarlo sin amnesia.

 

NOTAS

 

87 Alfonso de Valdés, secretario de Carlos V, carta fechada en 1526. Cf. Deschner 2003, p. 66.

88 Cf. Encyclopaedia Britannica, 15ª ed., voz “Germany, history of”, p. 86.

89 Ibíd, p. 87.

90 Braudel 1992, vol. I, p. 419.

91 Cf. Bloch 2002, en quien me baso para la vida de Müntzer.

92 Cf. Bloch 2002, p. 39.

93 Los de Sajonia, Hesse y Brunswick (Prusia).

94 Es el caso de su director de tesis –el teólogo y canonista Andreas Karlstadt-, por ejemplo, que tras celebrar en 1521 la primera misa reformada (donde los fieles se sirven ellos mismos el pan y el vino) pasa en 1524 a vestirse de campesino pobre y practicar la iconoclastia, destruyendo los ornamentos de su parroquia.

95 La persecución del anabaptista empieza dentro de la Iglesia reformada, cuando en 1527 arde el primero por orden de Zwinglio, el Lutero suizo. Los católicos continentales no se quedan atrás, si bien creen que el “antídoto óptimo” es ahogar a esos herejes. Sólo Inglaterra prefiere seguir purificándolos con fuego.

96 Cf. Cath. Encycl., voz “Anabaptists”, c).

97 Cf. Troeltsch 1992, vol. II, p. 694.

98 Es la tesis de Kropotkin en su artículo “Anarchism” para la Encyclopaedia Británica (edición de 1910).

99 Cf. Gómez Casas 1988, p. 45.

100 Cuando Appelman perezca sus sucesores se fragmentan en pequeños grupos, cuyo último acto registrado será degollar a 126 vacas de cierto monasterio, en 1580. Cf. Wikipedia, voz “Jan van Batenburg”.

101 Profesión de fe de Wittenberg; cf. Weber 1998, vol. I, p. 175, n. 44.

102 Baxter en Weber ibíd, p. 170.

103 Los bautistas parten del menonita inglés John Smyth, que muere en 1621 tras sentar las bases de los General Baptists o bautistas arminianos. Al igual que el teólogo holandés Jakob Arminius (1560-1609), postulan una redención general en vez de limitada a los “elegidos”, como piensa el calvinista.

104 Cf. Mennonite Encyclopaedia, voz “Menno”.

105 1. Autoridad suprema de la Escritura. 2. Bautismo basado en la profesión de fe. 3. Pacifismo riguroso. 4. Separación total entre Estado e Iglesia.

106 La huella de su espíritu puede prolongarse hasta la Religious Society of Friends o secta cuáquera, fundada por George Fox en 1648 e indirectamente decisiva para la Constitución norteamericana (gracias al estatuto del posterior estado de Pennsylvania que redacta William Penn, un ferviente amigo de Fox).

107 John Wesley, en Weber 1998, vol. I, p. 193.

108 “Dijo a la mujer: “Incrementaré los pesares de tu fecundidad, parirás hijos con dolor, sentirás ansia de tu esposo y él será tu amo. Al hombre le dijo: Maldita sea la tierra por tu causa. Con esfuerzo te ganarás el alimento todos los días de tu vida, porque la tierra producirá espinas y cardos, dándote sólo plantas salvajes para comer. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, porque eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3:16-20).

109 Then wilt thou not be loath/ To leave this Paradise, but shall possess/ A Paradise within thee, happier far”. Milton nunca aceptó, por cierto, la idea de los “elegidos”. Cuando se le preguntó sobre el Dios de Calvino repuso: “Podré ir al infierno, pero un Dios semejante nunca tendrá mi respeto”.

110 Weber 1998, vol. I, p. 189.

111 Cf. Lévi-Strauss 1997, p. 271-329.

112 Essai… XVI, 2.

113 Moro, en Fetscher 1977, p. 44.

114 Campanella, en Fetscher 1977, p. 47.

115 Durkheim 1982, p. 128.

116 En el sentido de los que cavan (dig) de un modo u otro, empezando por el arado. Sus representantes rurales empiezan arando y sembrando terrenos no propios.

117 En Fetscher 1977, p. 54.

118 Ibíd, p. 51.

119 El transporte acuático se ha abaratado, gracias a mejoras en la red de canales y en construcción naval que aumentan las relaciones entre ciudades costeras y del interior. Hay un consumo en rápido ascenso de azúcar, té, café y tabaco, así como mercados boyantes para queso, mantequilla, cerveza, cereales, carne, cuero y leguminosas. Causan revuelo nuevos tejidos venidos del Este, y las ciudades provinciales se empiezan a reconstruir a una escala propia de patricios, mientras núcleos de hombres ricos -muy ligados a cierta localidad y a la vez con intereses en todo el país- promueven buenas oportunidades para invertir a corto plazo. La propiedad crece en tamaño, el instrumento hipotecario se prolonga y desarrolla... Cf. Plumb 1967, cap. I.

 

 

© Antonio Escohotado
LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
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